Las lesbianas en México luchan porque la libertad se escriba con “v” de visibilidad. No figuran en las cifras de discriminación ni criminalidad homofóbica. Su estigma es doble: mujeres y homosexuales, resume la socióloga Gloria Careaga.

Karla, Sonia, Patricia, Megan y Lorena no se conocen, viven en distintos lugares, tienen gustos diferentes, sus edades son variadas y sus oficios también. Pero comparten una misma historia: son lesbianas.

Y no sólo comparten la misma orientación sexual, sino lo que implica ser lesbiana en México. No son parte de las campañas de salud sexual en el país, no aparecen en las portadas de espectáculos, la publicidad tampoco las requiere, no figuran en las cifras de discriminación ni mucho menos en los crímenes de odio por orientación sexual. En pocas palabras, las cuatro protagonistas de este reportaje son invisibles para muchos, incluso para sus familias y amigos.

Pero sus historias de vida guardan algunas similitudes. Por ejemplo: se les exige, como a toda mujer, tener hijos y un hombre al lado; se les señala por ciertos estereotipos. “Las lesbianas somos vistas como gordas, feas y agresivas. Si tienes treinta años, como es mi caso, olvídate de encontrar ligue… ya eres una anciana para todas”, dice Megan, quien desde hace tiempo tiene novia, y juntas trabajan en un grupo de lesbianas.

Karla, quien acaba de cumplir los 27, dice que no encuentra pareja fácilmente. Hace tiempo asistió a grupos de lesbianas y bisexuales, pero no encontró ni siquiera amigas. “Quizá soy un poco insegura. Las mujeres no somos tan aventadas, y no me gustaba abordar a las chicas; tomar la iniciativa. Ahora que quiero, no sé cómo hacerlo”.

Lo cierto es que ser lesbiana cambia, según el lugar y la cultura. Patricia es un nombre inventado por ella misma. No quiere revelar su identidad y suplica que los datos personales se mantengan en secreto. Estas peticiones son porque Patricia, de 42 años, vive en un pueblo en el estado de Hidalgo. Es doctora en un hospital regional, aunque fuera de su trabajo sólo intima con cuatro o cinco personas a lo sumo. “En provincia ser lesbiana es un pecado. Aunque con sólo mirarme, ya está todo dicho”, sonríe.

Sonia es abiertamente lesbiana. Desde los 16 años salió del clóset. Su aspecto andrógino le ha provocado desde ligues en los antros, hasta discriminación laboral, incluso en su propia casa. Tiene 25 años y ella manifiesta que el rechazo, sobre todo, viene de su familia. Sólo su madre la apoya, porque sus hermanos y demás parientes ni siquiera la saludan.

Lorena, en cambio, tiene el apoyo familiar. Pero su pareja, con quien lleva ocho años viviendo, no quiere que nadie más sepa de su relación. Ante los demás son amigas. Pero tras puertas cerradas, su relación transcurre entre películas en los domingos, reuniones con amigos en común y espacios compartidos.“Pero hemos tenido muchos problemas, porque ella no quiere salir del clóset. Es difícil vivir en secreto algo que no es delito”, confiesa con cierta indignación.

Ellas viven una doble discriminación: son mujeres… ¡Y lesbianas! Para Paulina Martínez, coordinadora del grupo lésbico Musas de Metal, el que una mujer se descubra lesbiana en cualquier momento de su vida, “puede ser un punto a su favor, porque puede revisar su cuerpo y su vida en general. A los 50 años es posible que no estés cuidando a tus nietos. Tal vez estés en un antro o haciendo otras cosas que muchas mujeres, por el hecho de serlo, creen que no pueden”.

INVISIBLE, EL ESTIGMA

Cuando el domingo 13 de enero pasado, la actriz Judie Foster salió del armario públicamente, no sólo provocó polémica: también ayudó a visibilizar a las lesbianas, como una orientación sexual más. Para Paulina Martínez este hecho, que podría ser algo trivial y mediático, representa una forma de “decir que las lesbianas existimos. Que no sólo figuras como Ricky Martin, al salir del clóset, ayudan a que la gente vea que los hombres gay son parte de la sociedad… también las lesbianas lo somos”.

La coordinadora de Musas de Metal asegura que si otras figuras públicas o con gran reconocimiento social, externaran su orientación sexual, ayudaría a visibilizarlas. Sin embargo, Paulina Martínez piensa que lo más grave es que la discriminación hacia lesbianas, no sólo es por su orientación sexual: “También porque somos mujeres. Vivimos en un mundo dominado por los hombres y esto se replica en el colectivo lésbico, gay, bisexual, trans e intersexual (LGBTTTI)”.

Aún recuerda Sonia las palabras de un tío paterno que se mofó de ella: “¿Qué chingados pueden hacer dos viejas?”. Aquella frase hace eco en la memoria de Sonia, quien a partir de entonces rompió relación con sus familiares. Su madre, dice, es cuestionada por otros parientes, incluso señalada como la responsable de que Sonia sea lesbiana. “También en el trabajo, unos compañeros hablaban en tono de burla: vamos a quitarle lo machorra. No supe si se referían a mí, pero me sentí muy aludida”.

Para la psicóloga social de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y cofundadora del Programa de Estudios de Género, Gloria Careaga Pérez, “en nuestra sociedad prevalece una cultura patriarcal. Hay esta idea de que como las mujeres no tenemos pene, qué podemos hacer juntas. Esto quiere decir que en el fondo es intrascendente una relación entre mujeres”.

Paulina Martínez comparte su experiencia como activista de la diversidad sexual. Musas de Metal cumplirá 18 años de brindar un espacio para muchas lesbianas, por lo que su organización es un referente en el sector lésbico del país. Cuando Paulina se reúne con otros activistas, son los hombres gay “quienes toman la palabra. Abiertamente me han dicho algunos compañeros gay que son misóginos y que no les gusta trabajar con nosotras. Esto pasa todavía”, señala.

La invisibilización viene de varias partes, y eso lo reconoce Megan, quien además de encargarse del área virtual y difusión de Musas de Metal, se ha topado con comentarios lesbófobos dentro del activismo político LGBTTI: “Nos dicen que las lesbianas peleamos por todo, que somos difíciles, un sinfín de estereotipos. Es común que activistas gay digan que con nosotras no pueden trabajar.

El principal problema es la invisibilización de nosotras las lesbianas, a nivel institucional y social. Es cierto que en la ciudad de México se lograron algunas leyes, esfuerzo de años por parte del movimiento LGBTTI, pero también existe una fantasía de que ya tenemos victoria. Vivimos como en un islote donde se cree que los derechos del colectivo LGBTTTI están ganados, cuando no es cierto: en materia de políticas públicas en el D.F., no hay nada. En provincia, menos”, añade y comparte una experiencia que tuvo con el Centro Nacional para la Prevención y el Control del VIH-Sida (Censida):

“En un afán de visibilizar que las lesbianas también tenemos riesgos de Infecciones de Transmisión Sexual y VIH-Sida, gestionamos durante cuatro años para que Censida emprendiera acciones e hiciera un registro de lesbianas que contrajeron el virus. A pesar de que en Censida tenemos amigos, la propuesta les pareció una locura. Es una muestra de que las lesbianas no existimos en el plano institucional y social”, apuntala Careaga Pérez.

Lo que dice la especialista, se sustenta en las cifras oficiales de los crímenes de odio por homofobia. Tan sólo en 2012 la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) registró 648 homicidios por homofobia, durante 2010, aunque estos datos sólo se circunscriben a 17 de los 32 entidades del país. En dicho informe, la CNDH no precisa si las muertes en sus cifras figuran las lesbianas.

Sin embargo, la Comisión Ciudadana Contra de Crímenes de Odio por Homofobia (CCCCOH), de la organización civil Letra S, el año pasado dio a conocer que del 28 de enero de 1995 al 30 de junio de 2012, se contabilizaron, a través de una investigación hemerográfica, 976 asesinatos, donde sí se desagregan las cifras: 818 cometidos hacia hombres; 129, a transgéneros; y 29 contra mujeres.

Y aunque estos crímenes por odio se caracterizan por tortura y vejación previo al asesinato, lo que el informe no detalla es si en hombres o mujeres se aplica la misma saña. Por eso Paulina Martínez indica que cuando se hace un estudio acerca de la homosexualidad, “las lesbianas quedamos fuera o en segundo plano al de los hombres”. Por su parte, Gloria Careaga destaca que la CCCCOH tiene varios años presentando informes ante la opinión pública, “pero no queda claro cuáles son sus acciones concretas”.

SER LESBIANA EN PROVINCIA

Cuando no trabaja en el hospital, Patricia viste con pantalones de mezclilla, camisas de manga larga, a veces un chaleco en los días de frío, zapatos negros o tenis, el cabello engominado, echado hacia atrás, recién cortado. “Lo que se ve, no se juzga”, su carcajada también es fuerte. Pero hay en los ojos de Patricia un toque triste. A sus 42 años vive sola, en medio de discos y muebles. Hace un esfuerzo por recordar desde hace cuánto no tiene pareja… bueno, ni siquiera una amante.

“Ya no estoy para amantes… Tendrá como seis años. Incluso dos meses antes de que viniera a este lugar, terminamos la relación”, hasta ahí, sin más detalles. Lo que sí tiene más presente es que en ese pueblo donde vive, su vida erótica y amorosa, incluso la amistosa, están casi descartadas. “Desde que llegué, no han dejado de inventarme chismes. Las mujeres, sobre todo jóvenes, son las pobres víctimas de mi orientación sexual. Dicen que yo las seduzco, que las acoso… dicen tantas cosas de mí”.

A veces viaja al Distrito Federal para encontrarse con familia y amigos, quienes miran a Patricia como una “mujer incompleta. Sin hijos, sin hombre y sin futuro”, alza los hombros, resignada.

Patricia Martínez asegura que afuera del Distrito Federal, las lesbianas casi son inexistentes. “Si como mujer es mal visto que uses cierta ropa o te comportes como quieras, si eres lesbiana es peor. Hay mujeres que se sienten atraídas por otras mujeres, pero es algo que evitan tocar. En los estados, y más en los pueblos, la posibilidad de vivir tu orientación sexual es casi imposible”. La coordinadora de Musas de Metal considera que desde hace 15 o 10 años, hay más información sobre temas y grupos lésbicos, cuando en su juventud sólo existían revistas homoeróticas o dirigidas a los hombres. “En provincia es otro mundo”, añade.

Megan, en cambio, es otro caso. Es originaria de Toluca y se dice sorprendida que estando tan cerca de la capital, en su ciudad no existían ni siquiera antros gay. “Se abría uno, muy escondido y clandestino, y luego lo cerraban. En Toluca no había información de nada, por eso me vine al D.F.”. Cuenta que ahora ya existen grupos de gay y lesbianas, pero muchos de ellos, incluso en la Marcha del Orgullo Gay de su estado, “están ligados por grupos priístas. Por la tradición conservadora y partidista de mi entidad, también los grupos LGBTTTI dependen de lo que a veces dicte el PRI. Cuando se hablan de temas como aborto o bodas entre personas del mismo género, el PRI se echa para atrás”, dice.

Las pocas amistades que tiene Patricia acuden a su casa, y a veces escuchan música o platican. Aunque advierte que los vecinos la vigilan, observan quién sale o quién entra a su casa. “Por suerte, en el hospital tengo plaza. Me va bien, pero hay veces que hasta los pacientes me miran feo”. Se le pregunta si en algún momento ha sufrido discriminación laboral: “No, porque soy la única oculista aquí. Pero he tenido pacientes que ni siquiera quieren que los toque. No me lo dicen, pero su mirada habla más”.

La investigadora de la UNAM e integrante del Comité de Dirección de Sexuality Policy Watch, Gloria Careaga, asevera que en provincia comienza a proliferar más resistencia LGBTTI, y aunque considera que son los hombres gay y mujeres trans son los más visibles, muchas organizaciones de estos sectores han logrado visibilización. “Sobre todo en Puebla, Aguascalientes y a veces en Monterrey. Ya se planea la primera Marcha en Guanajuato, uno de los estados más conservadores. Esto es importante para generar cambios”; sin embargo, cuando se le pregunta a la especialista por qué las lesbianas son invisibilizadas, responde:

Quisiera decir que las lesbianas somos poco atractivas para el mercado y la publicidad, a diferencia de los hombres gay. Esto por las condiciones económicas. Las mujeres ganamos salarios más bajos, tenemos más trabas para ascender en un puesto, y las lesbianas, ante todo, son mujeres y viven en el mismo esquema. Por ejemplo: acá en la ciudad de México, los jueves son días de antro para lesbianas. ¿Por qué sólo un día para lesbianas cuando los hombres gay tienen toda la semana? Porque además de que se cree que las mujeres somos para estar en la casa, no tenemos el poder adquisitivo que sí lo tienen muchos hombres”, aclara.

EL MUNDO VIRTUAL: UN GUETO

Chuminis, Lesbicienta y La Lencha son los sobrenombres de tres lesbianas “virtuales”. Una es de Yucatán, la otra ironiza cuando dice que proviene del Gran Papayal, mientras que la última sólo informa que es de México. Las tres tienen un blog conocido como Memorias de una Lencha, término coloquial en el ambiente lésbico.

Reza su perfil: “Somos tres amigas, de diferentes partes de México, que comparten lo que viven, sienten y piensan como lenchas”, además de tener contacto con otras usuarias, escriben de forma sardónica algunas anécdotas o comentarios referentes a la lesbiandad. Megan, por ejemplo, dio con ellas hace tiempo. Se conocieron a partir del ciberespacio e intercambiaron ideas e información. Hoy, este blog es frecuentado por otras chicas de provincia y la capital que, ante la lesbofobia, encuentran un refugio seguro y discreto.

Karla no conocía este blog, aunque le parece interesante. Confiesa que en Facebook ha encontrado algunos ligues, incluso ha conocido en persona a un par de chicas. “Es otra forma de conocer gente, aunque cuando ya nos vemos en persona algo cambia”, no lo sabe a ciencia cierta, aunque Megan afirma que muchas lesbianas son discriminadas por tres razones principales: el sobrepeso, la edad y “si eres machorra, estás fuera de toda posibilidad”… Karla vive con sobrepeso, aunque asegura que “las mujeres somos muy difíciles, yo creo que es por eso”.

Gracias al manejo de las redes sociales e Internet, Megan sabe que muchas lesbianas, sobre todo jóvenes, “utilizan el mundo virtual donde pueden aparentar ser femeninas o de buen cuerpo, porque en la realidad saben que serán discriminadas por otras. Hay, de un tiempo para acá, una moda de chicas lesbianas muy femeninas”.

Paulina Martínez notó que con el auge del Facebook y el Twitter, muchas lesbianas dejaron de acudir a Musas de Metal y conocerse en persona. El mundo virtual hizo que las chicas se conocieran a partir de una cita por internet. “Más que visibilizarse como lesbianas, se crean guetos. Pierdes el sentido de lo político. Además de que se pierde el compartir ideas y experiencias como grupo. Creo que es un cambio generacional a partir de Internet”.

ESTEREOTIPOS Y PREJUICIOS, UNA TRAMPA

Lo primero que le llamó la atención a Lorena fueron los ojos grandes de esa chica, que meses después sería su pareja. Jamás pensó que ella pudiera ser lesbiana. “Como era femenina y una viene con la idea de que ser lesbiana es ser machorra”, cuenta Lorena, quien al principio también se enfrentó a la disyuntiva de cómo tomar la iniciativa.

En el ambiente lésbico, y sobre todo gay, la palabra activo y pasivo responden a los roles sexuales del que penetra o es penetrado, respectivamente. Aunque, asegura Megan, también se refiere a que la persona activa es quien hace el rol de “hombre” y “pasivo” el rol de mujer. Paulina remata: es una idea heteronormativa, es decir, basada en la pareja heterosexual. “En lesbianas, incluso en las más jóvenes, se acentúo más el hecho de que la activa paga y toma la iniciativa, y la pasiva es la que es cortejada y protegida”, explica.

Gloria Careaga cree que en un mundo donde prevalecen los hombres y donde todas las personas crecemos en el esquema heterosexual, “también las lesbianas y parte del colectivo LGBTTTI replicamos estos estereotipos. Por ejemplo: si hay un niño o niña en la familia, cualquiera da por hecho que cuando crezca se relacionará afectiva y eróticamente con una persona del otro género. Si no cambiamos esa forma de pensar, será difícil lograr transformaciones en nuestro presente”.

La pareja de Lorena la presenta como su amiga o compañera de departamento. Ante los demás son dos mujeres solteras, “pero a mi novia le afecta mucho cuando nos hacen bromas de que somos pareja. Enseguida cambia su cara. Una vez, luego de que hicieron la broma, ella me pidió que dejara de usar tantos pantalones y me pusiera aretes”.

En Musas de Metal se ofrecen talleres cada tercer domingo al  mes. Información sobre violencia de género u orientación sexual, debates, acompañamiento o consejerías… servicios que ayudan a muchas mujeres, “aunque algunas van para conocer a otras chicas y tener contacto. Muchas de ellas replican roles como ser mantenidas, protegidas por su pareja, desean ser madres, casarse y tampoco es malo porque así lo viven”, señala Paulina Martínez.

El grupo lésbico El Clóset de Sor Juana, donde Careaga Pérez es cofundadora, lanzó un convocatoria para conformar un ensamble de todas las mujeres diversas, sobre todo lesbianas y transexuales, con el fin, dice la investigadora: “De buscar alternativas viables y novedosas para construir un mundo diverso. Las mujeres aún vivimos discriminación por serlo, pero las lesbianas sufrimos un doble estigma: ser mujeres y ser lesbianas”, finaliza.