Ahora los ojos están puestos en la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México. Foto: Antonio Cruz, SinEmbargo.

El bien más preciado a conservar por cualquier órgano autónomo de derechos humanos es sin duda LA AUTONOMÍA. Misma que de conservarse y fortalecerse permite que las instituciones realmente logren colocarse como un contrapeso al gobierno y un aliado de las víctimas. Ser defensor del pueblo es posible solo si se tiene la capacidad de acercarse y escuchar a las víctimas, de hacer lo necesario para que los actos de violación no queden impunes, de adelantarse a identificar las problemáticas que puedan presentarse resultado de acciones u omisiones de gobierno y de contribuir a que las autoridades interioricen el enfoque de derechos humanos que deben aplicar en cada uno de sus actos. Además de todas las acciones de promoción que deben realizarse para que sociedad y gobierno conozcan de la agenda de derechos humanos.

Existe una crítica muy fuerte que ha venido de la propia ciudadanía de si los organismos autónomos realmente funcionan o si simplemente se han vuelto elefantes blancos que implican un fuerte gasto público para muchos casos injustificado. Para citar ejemplos nacionales, tenemos a la Comisión Nacional de Derechos Humanos fuertemente criticada durante las administraciones de  José Luis Soberanes. Fue objeto constante de denuncias de organizaciones pero también fue observada en 2003 por ejemplo, por la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, por obstaculizar iniciativas de promoción de los derechos humanos
y el fortalecimiento de los organismos públicos de derechos humanos.

Ahora los ojos están puestos en la Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México. Por el procesos de elección de la Presidencia que se avecina, pero también por una serie de denuncias y desencantos que se han venido dando en los últimos años. No se ha alcanzado la expectativa y a la voz algunas víctimas y organizaciones se ha retrocedido y se percibe un alejamiento y falta de interés en defender, acompañar y acompañarse de quienes han sido parte de la construcción y funcionamiento de esta institución. Se reclama que la autonomía está en riesgo.

Son graves las denuncias y habrá que dar un seguimiento puntual a cada uno de los temas que se han planteado públicamente. Pero no menos importante es el papel de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal que  por acción u omisión ha permitido que se realicen procesos poco transparentes que más bien se traducen en conciliaciones y repartos partidistas, que además se  hacen de manera expedita, impidiendo una participación efectiva de las organizaciones sociales y civiles de esta Ciudad.  Esta situación no sólo ocurre en los procesos de cambios de presidencia de la Comisión, también en los procesos de elección de su cuerpo de  consejeros, como muestra, la elección pasada, donde no han sido convocados a tomar protesta ninguna de las personas electas.

Es fundamental el papel que juega la Asamblea Legislativa en este momento, para garantizar un proceso de elección fiable, transparente y equitativo. Un compromiso de los partidos políticos con la agenda de derechos humanos de la Ciudad y por ende de fortalecer este organismo con la designación que hagan. De Jefatura de Gobierno de ver en la autonomía de la Comisión una fortaleza en su propia gestión y un distintivo de esta Ciudad.