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Julieta Cardona

25/03/2017 - 2:22 pm

Empacar parejo, parte III

Agarré una mochila al hombro –unas de esas de campista– y ya sin contemplaciones, ni llanto ni medias tintas, agarré parejo: un par de tenis, un par de jeans, playeras, brasieres, calzones, una toalla, una chamarra casual, otra para el frío, el bikini, la botellita con agua de jazmín que me regaló una tía sabia, […]

Qué lejos, en serio, estoy de la mujer que quise ser. Foto: Julieta Cardona

Agarré una mochila al hombro –unas de esas de campista– y ya sin contemplaciones, ni llanto ni medias tintas, agarré parejo: un par de tenis, un par de jeans, playeras, brasieres, calzones, una toalla, una chamarra casual, otra para el frío, el bikini, la botellita con agua de jazmín que me regaló una tía sabia, la pulsera huichol, otra que me trajeron de Manhattan, un reloj, un cinturón de dos caras –ja–, un collar y una pipa de parota.

Compré esa pipa para regalarla. Alguien, del otro lado del mundo, me abrazará la sangre y a cambio le daré esa joya de parota, le diré «la compré para ti porque sabía que me sobarías el corazón». Lo sé.

Los que nacimos y crecimos un buen tiempo en el norte hablamos así: agarra parejo, parriba y luego pal cielo: cómete el cielo. Por eso me tatué «eat the sky», para que no se me olvide a qué vine y por qué me voy.

Me llevé también, tres libros, los elegí entre un montón. En la dedicatoria de uno dice “Para Julieta, ella misma una númera prima donna”. El libro va de una niña (Elisa) que odia esquiar y una mañana se caga en su padre y su entrenador y sus pantalones, sucede en la cima de una montaña con nieve y niebla. Luego, sin querer queriendo, cae al precipicio. Ahí, tirada boca arriba, encima de nieve y envuelta en niebla, comienza a sentir calor. Calor. Fuego. Hasta ahí voy en la lectura.

Empaqué parejo: ropa, un tatuaje y una pipa. Soy frágil, soy ansiosa, soy ruidosa, voy vulnerable. Tengo el corazón, la furia, la fuerza, todo junto, al borde del llanto, al borde de un abismo hermoso. Qué lejos, en serio, estoy de la mujer que quise ser. Y qué rico se siente romper aquella idea: romperla toda.

 

 

 

 

 

 

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