“El sismo del 19-S trastocó las fibras más sensibles de los habitantes de la CDMX, Morelos y Puebla -entre otras entidades- por su condición inesperada, fuerza y consecuencias, haciendo palpable su efecto emocional…” Foto: Isabel Mateos, Cuartoscuro

Por Alejandro de la Peña Rodríguez
Subcoordinador del área de atención psicosocial

El pasado 10 de octubre de 2017 se conmemoró el Día Mundial de la Salud Mental, que en esta edición tiene como tema central “Salud Mental en el Trabajo”(1), basándose en la idea de de que la Salud Mental trata sobre la conciencia y puesta en práctica de las capacidades individuales que cada persona tiene para afrontar las tensiones de la vida cotidiana y su aporte a la comunidad, situación que produce y fortalece su bienestar integral –físico, mental y social (2).

Ante ello toca preguntarnos sobre como en nuestro entorno hemos logrado crear herramientas para que las personas potencien sus capacidades en el enfrentamiento de las tensiones diarias y su involucramiento activo en el desarrollo de sus sociedades. Esta reflexión resulta actual hoy que se llama de forma casi unánime a la re-construcción ante hechos inenarrables como catástrofes naturales o la violencia contra minorías nacionales, expresadas en frases como la “reconstrucción de la nación” o “reconstruir el tejido social”, por mencionar un par.

Reconstruir ¿Cómo? ¿Desde dónde?

En el documento de presentación de la OMS sobre el Día Mundial de la Salud Mental 2017 destacan dos señalamientos: los contextos de estrés –como el de las relaciones laborales actuales- se vinculan significativamente con el aumento de trastornos mentales, como la depresión; asimismo, estos trastornos son uno de los principales factores que afectan la productividad de las personas –elemento importantísimo para el desarrollo social. De ambas nociones destaca una relación entre situación de estrés, trastorno mental y desarrollo social, triada que es necesario explorar para entender sus implicaciones.

Entre otras, podemos ubicar dos tipos de situaciones estresantes: aquellas derivadas de las circunstancias biológicas que nos rodean, como lo son las enfermedades o los desastres naturales; y las que surgen a partir de fenómenos sociales o formas particulares de relación entre seres humanos. Podemos ilustrar ambas situaciones con ejemplos cercanos a nuestro entorno: por un lado, el sismo del pasado 19 de septiembre de 2017; por otro, el alto grado de violencia –en niveles casi incomprensibles- que azota a las personas migrantes México.

El sismo del 19-S trastocó las fibras más sensibles de los habitantes de la CDMX, Morelos y Puebla -entre otras entidades- por su condición inesperada, fuerza y consecuencias, haciendo palpable su efecto emocional en reacciones como retraimiento social, insomnio, ansiedad, obsesión por la seguridad o un impulso casi irrefrenable por retomar el control de nuestras circunstancias, todas ellas formas ayudan a paliar los efectos derivados de la experiencia vivida y, también, pueden llevarnos a un estado de permanente estrés que mina nuestros bienestar físico, emocional y social.

Por otra parte, en un estudio reciente que elaboramos en Sin Fronteras IAP, observamos que la mayoría de las personas que hemos acompañado en sus procesos de integración y que entrevistamos para ese proyecto presentan de forma generalizada síntomas vinculados con sus experiencias de violencia durante el tránsito o establecimiento en México (3). Nuestra experiencia de trabajo nos ha permitido captar se tratan de episodios de extorsión, secuestro, agresiones físicas y verbales o de discriminación en el empleo, la vivienda o el espacio público que afectan tanto la situación social y –especialmente- la vida anímica de quienes las vivencian.

La pregunta lógica que se deriva de ambos ejemplos es ¿Cómo enfrentar estas situaciones y sus consecuencias para evitar sus consecuencias más dañinas?

Evidentemente la prevención y la intervención especializada son fundamentales, sin embargo, una vez sucedidos, la experiencia nos demuestra la importancia socioemocional de la vinculación/acción ciudadana y comunitaria.

La experiencia del 19-S es ilustrativa: la reacción de la ciudadanía y especialmente el sentimiento de potencia brindada por la asociación con el vecino, amigo, familiar o conciudadano sirvió no solo como vía practica para resolver las situaciones acuciantes luego del sismo, sino que la empatía y compañía actualizaron las relaciones comunitarias, creando una herramienta que ayudo a lidiar –en cierta medida- con la convulsa vida anímica que un número importante de las personas experimentamos, en un efecto en cierta medida catártico.

Por su parte, el estudio de Sin Fronteras IAP al que hemos hecho referencia, muestra un fenómeno similar: las personas migrantes y sujetas de protección internacional con vínculos familiares y comunitarios solidos presentan menor número de síntomas emocionales asociados a las experiencias de violencia, evidenciando la importancia que estas relaciones tienen en función del cuidado de la Salud Mental y bienestar integral de las personas.

A la luz de estas ideas: ante la violencia y ante las catástrofes hablamos de reconstruir ¿Cómo? ¿Desde dónde?

Por un lado, creemos que el reto de la reconstrucción –ya sea ante la violencia o la catástrofe- implica la protección de aquellos que se encuentran en una situación de mayor riesgo y vulnerabilidad, lo cual es posible si –y solo si- las autoridades reconocen su papel de garantes de las personas en la protección y acceso a sus derechos: significa crear la infraestructura social, urbana, jurídica y social que permita crear las condiciones de desarrollo para las mayorías en desventaja y, con mayor énfasis, para las minorías étnicas, raciales o de género, entre otras, en favor del logro del bienestar integral de todos y todas.

Se trata también de reconstruir desde nuestras relaciones más básicas: es reconocer que esa sociedad civil que surge ante cada catástrofe es un musculo solido en nuestro país, que se erige como espacio de desarrollo y protección de sus participantes en favor de su bienestar físico, emocional y social. Con ello abogamos por reconocernos como sujetos activos en la trasformación de nuestro entorno, aprovechando los vínculos más fundamentales como vehículo de acción y también como espacio de resguardo –tal como los ejemplos que hemos brindado nos muestran.

Reconstruyamos nuestras relaciones con los diferentes, desde la diferencia, de abajo a arriba, desde la comunidad, para convertir los afectos más escalofriantes que hemos sentido en la potencia misma para el cambio de nuestro mundo.

  1. Organización Mundial de la Salud (2017) “Día Mundial de la Salud Mental 2017: Salud mental en el trabajo”. Consultado el 20 de octubre de 2017 en: http://www.paho.org/hq/index.php?option=com_content&view=article&id=13739%3Aworld-mental-health-day-2017&catid=9485%3Amental-health-day&Itemid=42130&lang=es
  2. Organización Mundial de la Salud (2013) “Salud mental: un estado de bienestar”. Consultado el 20 de octubre de 2017 en: http://www.who.int/features/factfiles/mental_health/es/
  3. De la Peña, A & Scalisse, V. (2017) La situación emocional de las personas centroamericanas en México: una descripción de la sintomatología de algunos usuarios de Sin Fronteras y los factores que influyen En: A. De la Peña “Salud mental y movilidad humana: 20 años de experiencia, reflexiones desde Sin Fronteras IAP” Pp. 10-40. México: Sin Fronteras IAP.