Los tabúes en torno a esta enfermedad impiden detectarla a tiempo. Los médicos recomiendan a los hombres, desde niños incluso –y como hacen las mujeres con las mamas–, autoexplorarse para detectar este cáncer, tan poco difundido en México.


Primero fue un cansancio extremo. Se enfermaba igual de una gripa que de un malestar psicológico. Así empezó todo. Alejandro recuerda 2006 como el inicio de un largo proceso. A partir de ese año, y hasta 2008, no tenía certeza de su salud, pese a los exámenes clínicos que le diagnosticaban un sinfín de enfermedades. Pero un día se percató que uno de sus testículos crecía. El miedo lo condujo con el urólogo. Después vendría el diagnóstico real, y con él una lucha constante por aferrarse a la vida: cáncer testicular.

Alejandro, de 27 años, asegura que su cuerpo le pedía a gritos atención y cuidado. El agotamiento, las enfermedades, dice, eran síntoma de una situación límite. “Cuando me dijeron que tenía cáncer, sentí alivio. Después de dos años de no saber nada, por fin tenía un diagnóstico”, pero aquella supuesta tranquilidad, era una forma de no asimilar la noticia. Él mismo lo recuerda: “Vino un proceso de negación, no me caía el 20. Sobre todo porque esta enfermedad está como un reloj en contratiempo, si no te atiendes, estalla”.

Jair, de 25 años, supo que tenía cáncer testicular en 2007. Un buen día sintió su cuerpo raro. Luego de sentir dos granos en un testículo, acudió a realizarse las pruebas correspondientes. Corría el mes de enero. Un tiempo frío y yerto, donde Jair tuvo que asumir su enfermedad. Lo hizo solo, porque su familia vivía en provincia. Así que él tuvo que ir al Hospital General en la Ciudad de México. Recuerda esos días como el inicio de su peor año.

Fue hasta el 30 de abril que le extirparon el testículo; es decir, tres meses después del diagnóstico. Entre trabas burocráticas y la demanda excesiva, Jair se realizó la tomografía a finales de mayo. Los resultados salieron en junio. Para entonces su cáncer hizo metástasis, el foco cancerígeno se propagó a otras partes del cuerpo. En el caso de Alejandro, la metástasis se diseminó hasta los riñones y un pulmón.

Ambos casos no sólo comparten la misma enfermedad, sino el duelo físico y emocional, la burocracia en el sector salud público, el desgaste que se vive durante el tratamiento, “y sobre todo, que el cáncer no es una enfermedad sólo de uno, sino también contagia a las personas que están a nuestro alrededor”, cuenta Alejandro.

En México, el pasado 4 de febrero, Día Mundial contra el Cáncer, comenzó por primera vez la campaña Bolas en juego: hombres unidos contra el cáncer testicular, la cual invita a autoexplorarse, además de visibilizar que en el país no hay cifras claras sobre esta enfermedad. Sin embargo, la agencia encargada de esta campaña, Dowerman y Reymerth, asegura que por cada mil hombres, seis padecen cáncer testicular.


La Organización Mundial de la Salud (OMS) precisó que, hasta 2011, el cáncer testicular sólo se registra entre el 1 y 1.5% de los hombres en todo el mundo. Pero cifras del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) en el Distrito Federal, también de 2011, plantean que este tipo de cáncer ha aumentado casi 30% en los últimos 10 años.

El blanco principal son los jóvenes. Los especialistas coinciden en que esta enfermedad es más propensa en hombres de 15 a 30 años, aunque hay casos, y no pocos, donde abarca otras edades, asegura el oncólogo Víctor Manuel Vázquez Rivera, uno de los especialistas en el tema más importantes en México.

POCA INFORMACIÓN Y MÁS VÍCTIMAS

A veces todo comienza por una sensación extraña. Pero si ponemos más atención en qué parte es la que registra un cambio, entonces encontramos que uno de nuestros testículos pesa más. Si palpamos con calma, a lo mejor encontramos un granito. Muchas veces no duele, aunque dice Jair que a él sí le causaba cierto malestar. Luego, al paso de los días descubrimos que el testículo crece. Si tienes 12 años, a lo mejor crees que se debe a tu edad; aunque a veces es un arma de doble filo, y puede ser otra causa.

En el caso de Alejandro y Jair, luego de percatarse, acudieron al doctor. Sin embargo, dice el oncólogo pediatra Armando Martínez Ávalos, “muchos niños comienzan a sentir que uno de sus testículos crece más, y de manera rápida. Como en esta sociedad nos enseñan a los hombres que entre más grandes tengas tus genitales, más hombre eres, no dicen nada. O también lo callan por pudor. Pero cuando se dan cuenta que es otra causa y se lo cuentan a los padres, el cáncer avanzó con gran velocidad”.

Martínez Ávalos atiende a hombres de cero a 18 años, y advierte que si el cáncer se detecta a tiempo permitirá un mejor tratamiento. También considera que la probabilidad de curar el cáncer testicular en niños y adolescentes es aproximadamente de 90 por ciento. En el caso de personas más grandes, dice el doctor Víctor Manuel Vázquez, cirujano oncólogo en el hospital Médica Sur, es teóricamente de 100 por ciento.

Vázquez Rivera, quien estuvo al frente del tratamiento de Jair durante medio año, considera que el cáncer testicular abarca de los 15 a los 50 años de edad. Cuando se le pregunta si hay causas y cuáles son, el especialista dice:

“Si un niño, a los dos años o más, no le han descendido los testículos por el canal inguinal, el tejido no madura. Esto puede ser una causa de cáncer testicular en un tiempo más”, por lo que el oncólogo sugiere a los padres que acudan con un especialista y no con un médico general. Es más, “a veces ni lo pediatras están preparados sobre el cáncer. A veces se comenten errores, por eso es importante, desde mi punto de vista, que acudan directamente con un oncólogo”.

Para diagnosticar el cáncer testicular, coinciden los especialistas consultados, además de la autoexploración mensual, el paciente puede notar que uno de los testículos crece más; y aunque no duele, el crecimiento es rápido y notorio. Luego de acudir al oncólogo y de diagnosticar el cáncer, se programa una cirugía para quitar el testículo (cirugía de rescate). Vendrán más exámenes. Por ejemplo, a través de pruebas de sangre se tendrá mayor evidencia de los marcadores tumorales del paciente.

El doctor Vázquez Rivera aclara que luego de la cirugía de rescate, es un patólogo quien determina si el cáncer testicular es de tipo germinal o no germinal. “A través de tomografías se puede determinar si el cáncer ha hecho metástasis. Por ejemplo, si encontramos un teratoma –tumor de origen embrionario– se localizará en órganos que están en la parte del tórax; los tumores endodérmicos, en la parte del pecho y corazón; pero los más peligrosos son los de tipo cariocarcinoma, que pueden aparecer en el cerebro. Los tratamientos con quimioterapia dependerán de los resultados que den las tomografías”.

Actualmente los pacientes son atendidos a través de quimioterapias sintéticas, las cuales se utilizan a través de medicamentos suministrados vía intravenosa o pastillas. Éstas entran al cuerpo mediante el torrente sanguíneo y atacan las células que se dividen con rapidez.

EL SISTEMA DE SALUD: EL OTRO CÁNCER


Tuvieron que pasar tres meses para que a Jair le hicieran la cirugía de rescate. Y otros dos más, hasta que por fin tuvieron los resultados de la tomografía. El cáncer, para entonces hizo metástasis. “Yo fui atendido en EL Hospital General, pero lo que no pude soportar fue cuando entré al pabellón de los enfermos y vi a tanta gente, como yo, enferma de cáncer, deprimida. En ese momento pensé que si me quedaba ahí, moriría de tristeza”, recuerda Jair.

Se dice afortunado, pues su papá contaba con un seguro de gastos médicos mayores, y fue así como pudo llegar a Médica Sur, donde fue atendido enseguida por el doctor Vázquez Rivera. Sin embargo, Jair vivió solo aquella enfermedad: buscar el hospital, tramitar el seguro, pactar la cita, enterarse de cómo iba a vivir los siguientes meses. Mientras tanto, el reloj marchaba a en su contra. A más de medio año de que se le diagnosticó cáncer testicular, en agosto de 2007, recibió su primera sesión de quimioterapia. Comenzaba otra etapa de la enfermedad.

Alejandro, en cambio, no tuvo tanta suerte. Aunado a problemas familiares –su madre cayó enferma, una tía muy querida sufrió un accidente, y su hermana quedó embarazada–, su proceso de quimioterapia comenzó en medio de trabas burocráticas. Dejó casi a medias la carrera de Médico Veterinario en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Fue 2008 el año en que Alejandro conoció el infierno. Dentro de lo malo, un doctor movió contactos, hasta que lo canalizaron al Hospital de Oncología en Centro Médico Siglo XXI. El tratamiento duró hasta 2009.

La primera quimioterapia no tuvo mayores complicaciones, pero después de la tercera, Alejandro padeció los cambios físicos: se le cayeron el cabello y las cejas, comenzó a adelgazar, a sentirse débil, triste. “Lo menos importante fueron todos esos cambios, los físicos. Lo importante era juntar fuerzas de mi interior para seguir adelante. Tuve que darme tiempo, aceptar la ayuda de quienes me rodeaban. El cáncer, por muy fuerte que seas, no puedes llevarlo solo”.

Jair no tuvo que pasar por la odisea burocrática que vivió Alejandro. Aunque está consciente que sin el seguro de gastos médicos mayores de su padre quizá no habría tenido opción. “Yo no quise rendirme, ni sentir que por tener cáncer, me iba a dejar caer. Reuní fuerzas e hice de cuenta que mi enfermedad era como una gripa”. A él se le caía el cabello progresivamente, pero al final decidió raparse. Las cejas quedaron intactas, “así que podía disimular un poco. Sólo sabían las personas cercanas a mí, quienes nunca me trataron como enfermo. Eso me ayudó”, cuenta.

Lo difícil, para ambos, fue el espejo. Frente a él, podían verse los cambios físicos. Aunque el oncólogo Víctor Manuel Vázquez manifiesta que las secuelas que deja una quimioterapia sólo es durante el proceso de su aplicación. Alejandro, por ejemplo, se desconoció. Hubo un tiempo donde pensó que saldría avante. Vomitaba la comida, el agua. Tiempo atrás se desmayó. Sentía morirse. Y la fuerza que reunía, en poco tiempo, volvía a desaparecer. Así, todos los días.


Alejandro tenía que despertarse desde temprano para ir a su quimioterapia. Cuatro horas de tratamiento y luego, tras un agotamiento indescriptible, debía esperar dos horas más para tramitar su siguiente cita. Conoció gente en situaciones más lamentables, aunque recuerda que su enfermedad fue tan límite que tuvieron que “ponerme un catéter en los huesos, porque ya no tenía ni siquiera venas”.

El 26 de agosto de 2007 es para Jair la fecha en que comenzó a cambiar todo en él. Dos días al mes, cada 21 días, durante seis meses: tiempo en que batalló con su enfermedad. El 3 de enero de 2008, casi un año después que descubrió los tumores en su testículo, por fin las tomografías indicaban que Jair estaba bien, “aunque una persona que tuvo cáncer, nunca está dada de alta”, reconoce.

Vázquez Rivera aclara que los pacientes que superaron la enfermedad, deben revisarse constantemente. “Sobre todo durante los cinco años después del tratamiento. Con estudios realizados periódicamente, después de los cinco años y hasta los 10, debe llevar un control, por si el cáncer vuelve. Depende mucho del paciente, igual el tratamiento que lleve, aunque por lo regular es poco frecuente que un hombre que haya tenido cáncer testicular, vuelva a manifestarlo, aunque en medicina nada se descarta”.

Los ojos de Alejandro se desbordan. Recuerda que en la etapa más crítica de su enfermedad, pensó en suicidarse. En el preciso momento en que lo haría, fue salvado por un ángel. Para entonces su hermana había tenido una niña, y fue ella quien ingresó a la habitación de Alejandro. “Cuando la vi, supe que ella me necesitaba en ese momento. Reuní fuerzas, fue como si esa niña me regresara las ganas. Y acá estoy”, platica Alejandro, quien en diciembre del año pasado notificaron que el cáncer estaba prácticamente vencido. “En los últimos resultados salí muy bien, aunque sólo encontraron algunas calcificaciones. Pueden desarrollar un cáncer posterior, pero en estos momentos estoy bien, y quiero aprovechar la vida”.

LLEGAR A LA CIMA


Tanto Jair como Alejandro retomaron sus actividades, luego de aquel proceso. El cáncer testicular les dio tal viraje que ahora viven de otra manera. Jair, por ejemplo, empezó una maestría y trabaja de jueves a sábado. Acaba de conocer a una persona con la que hay posibilidades de formalizar un noviazgo. Alejandro no tiene pareja, para él sus intereses cambiaron: ya no sufre por estar solo, intenta que esa fuerza interna, tras el cáncer, lo mantenga de pie.

Sin embargo, queda un cabo suelto al hablar de estos temas… la sexualidad. ¿Qué sucede erótica y físicamente en los hombres que  tuvieron cáncer testicular? Mitos y realidades, de igual manera se presentan en ellos. Porque sí, hay cambios y es evidente pero, ¿son físicos,  psicológicos o ambos?

Para el oncólogo pediatra Armando Martínez Ávalos, “70% de los hombres con tumores germinales serán estériles”, lo mismo, aunque sin dar cifra, sostiene el sexólogo y médico Juan Miguel Espinoza: “Físicamente las quimioterapias y cualquier otro tratamiento contra el cáncer afecta la reproductividad. Termina con las células que producen espermatozoides, lo que conocemos como espermatogenesis”, explica.

Alejandro está consciente de que no puede tener hijos. “Aunque sí me gustaría, lo más importante es estar bien. Además, antes me gustaría saber qué riegos implica tenerlos. No me gustaría que genéticamente un hijo mío pasara por lo mismo que yo”, cuenta. Jair, en cambio, asegura que su sexualidad se vio afectada tras el tratamiento. Desde problemas con su erección, hasta eyaculación precoz.

“Es raro que el tratamiento de quimioterapias o radioterapias afecten la erección, o provoque eyaculación precoz. Aquí hablaríamos que el saber que ya no tengo una parte de mi cuerpo, como es el testículo, donde además nos enseñan que sólo genitalmente concentramos nuestro placer, repercute en mi autoestima, sobre todo en mi autoimagen”, apuntala Miguel Ángel Espinoza, también integrante de la Fundación Mexicana para la Planificación Sexual, AC (Mexfam).

Jair dice que vivió un proceso de duelo, tras verse sin un testículo. Él lo relaciona con la sensación de una mujer cuando le quitan un seno, después de un tratamiento de cáncer mamario. “Te sientes incompleto, inseguro. Tuve que ir al psicólogo para vivir esa pérdida y asumirme como tal”.

Por otro lado, Alejandro cuenta que conoció a una chica, pero cuando él le platicó que vivió con cáncer testicular y que no podría tener hijos, “se volvió distante. Cambió conmigo, y supongo que es porque me resta cualidades. Yo creo que todos los que pasamos por esto, nos relacionamos mejor con nuestro cuerpo, pero también cuesta asumir la pérdida”.


Miguel Ángel Espinoza cree que los hombres que padecieron esta enfermedad viven un duelo, porque “cambia mi percepción de integridad de mi cuerpo. Luego vienen cuestionamientos duros, exigencias. Sobre todo una autobservación constante. Qué tanto rindo, qué tanto duro, qué tan bueno soy, y esas exigencias con mi cuerpo, con mi erotismo, repercuten en mi sexualidad”, acota.

El también miembro del Comité Académico de Oncología de la UNAM, Armando Martínez Ávalos, añade que si muchos niños o jóvenes no se autoexploran, es porque socialmente hay tabúes respecto a la sexualidad. “Por ejemplo, lo vemos en las campañas contra el cáncer. Qué bueno que haya una donde se aborde el cáncer testicular, pero no está enfocada hacia los niños o púberes, y es por este motivo. Los niños no se tocan a sí mismos, porque es considerado como algo malo”, explica.

Lo que asegura Juan Miguel Espinoza, de que son los adolescentes los más afectados en cuanto al cáncer testicular, y por ende quienes viven repercusiones en la etapa donde hay más intensidad sexual,  eso a Jair y a Alejandro les queda muy claro. Ellos tuvieron que resignificar su vida, su cuerpo, sus relaciones:

“Yo no veo el cáncer como una maldición, sino como una agradecimiento, porque a raíz de eso, empecé a vivir. Ni modo, tuvo que pasar así”. Por su parte, Jair recomienda a todos los hombres “que nos toquemos. Eso nos salva la vida, nos ayuda a prevenir o ir a tiempo al doctor. No hay que temerle a nuestro cuerpo”, y sonríe.