Una estudiante desaparece y cuando la encuentran, días después, la Procuraduría determina –sin mostrar evidencia–: “fue suicidio”. Una mujer acude tres veces al Ministerio Público a denunciar violencia familiar, y no hay cuarta: el esposo la asesina. Una adolescente es violada por dos hombres que la amenazan para que cierre la boca; cuando va a las autoridades, herida por dentro, le dicen que no es un ataque porque no puso resistencia. Otra joven es tundida por un individuo –que hoy está libre– porque se negó a dejar que la ultrajara sexualmente.

La constante es una: las autoridades se niegan a reconocer que se trata de violencia contra las mujeres. Le dan la vuelta a los casos para que no se sumen a las estadísticas, dicen organizaciones. Así, un posible feminicidio pasa con facilidad a “suicidio”.

Por eso, las cifras son tan distintas entre las organizaciones civiles y el gobierno del Estado. Por eso, el Gobernador habla de “12 casos” y los activistas de 60 muertes. Por eso, Miguel Márquez Márquez no ve motivo para alarmarse mientras los grupos defensores de los derechos de las mujeres alertan: Guanajuato vive la hora más negra y 2013 es, ya, el peor año del que se tenga memoria…

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Diana Fabiola Tejeda Rivera. Foto: Humberto Padgett

Cuando la noticia estuvo dada, el capitán contestó:
–Muy bien. Ahora nomás te hace falta que se mueran las otras trece para enterrarlas en el corral.

–Las muertas, de Jorge Ibargüengoitia

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Guanajuato, 28 de octubre (SinEmbargo).– Cristina jadea frente a la bolsa de plástico negro. El saco se expande y afloja siguiendo las líneas de un cuerpo o, peor, de pedazos de un cuerpo. La mujer tiene la absoluta certeza de que Fabiola, su hija desaparecida está ahí, con la mirada paralizada por el miedo antes de quedar sin vida.

Cristina Tejeda Rivera intenta recuperar el aire. Ha caminado durante buena parte de la mañana oteando la ribera del Río Santa Ana y alrededores del río donde vieron por última ocasión a Fabiola, la mayor de sus hijas y madre de dos niños.

La joven mujer llegó ahí perseguida por la pobreza y encandilada por una ilusión. Días atrás, un hombre joven y de tono educado en la escritura respondió a una de sus decenas de solicitudes de trabajo.

La oferta parecía inmejorable: su futuro patrón, un empresario que se presentaba de Monterrey, quería abrir un hotel en la ciudad y estaba interesado en que Fabiola se hiciera  cargo del negocio. Tendría un carro para trasladarse por la ciudad y alrededores. El contacto ocurrió a través de Facebook. Fabiola había descrito a su empleador a partir de la fotografía colocada en la red social: un hombre de edad mediana, bien parecido, con mirada resuelta, porte elegante y recargado con soltura en un auto lujoso. Había nombre: José Ibarra.

¿Qué más podía pedirle al futuro si la noche anterior había acostado a sus hijos en un colchón forrado de plástico para aislarlos de los orines de quién sabe quién?

Se citaron, pero al encuentro no llegó el empresario de peinado perfecto, sino un sujeto joven con gorra beisbolera negra que se presentó como familiar de aquél. “Nos alcanzará más al rato, pero mientras vamos a comenzar tú y yo la entrevista”, dijo el muchacho

Cristina, su madre, habla varias ocasiones al teléfono celular. Entra la llamada, pero quien contestaba sólo respira con violencia por la bocina y luego cuelga. Luego ni eso. Busca con todos los conocidos de su hija.

Un primo y una amiga de Fabiola detallan que la mujer no confiaba del todo en tanta buena suerte y les pidió que la siguieran con discreción y de lejos, vigilancia que procuraron hasta que se internaron en la maleza del río, momento en que Fabiola escribió por su celular que no hacía falta más compañía.

Desde entonces estaba desaparecida.

Cristina llega el viernes temprano a la orilla del río. Camina buscando cualquier cosa, el bolso negro con blanco, alguno de los zapatos negros, un trozo de la tela del vestido con que su hija salió a la cita de trabajo.

“¡Fabiola! ¡Fabiola! ¡Fabiola!”, grita Cristina de vez en cuando. Los hermanos de Cristina, unidos a la búsqueda, repiten el nombre. La madre avanza hacia un claro en la hierba y descubre una bolsa para la basura. El plástico negro se estira y alisa conforme lo que parecen piernas y brazos y cabeza acomodados en un extraño orden adentro del saco. Cristina endereza el palo que tomó horas antes para apoyarse en el suelo blando y abrir la maleza. El corazón desboca. Dirige el madero a la orilla de la bolsa. Jadea.

La abre: junto con las moscas huye el olor a muerte.

EL ODIO

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Cristina Tejeda con una foto de Fabiola en las manos. Foto: Humberto Padget

La violencia feminicida crece en Guanajuato. SinEmbargo obtuvo las bases de datos de la Secretaría de Salud federal relativas a homicidios dolosos de mujeres. Esta construcción estadística es más confiable –pero no infalible, como se verá más adelante– que la elaborada a partir del índice delictivo compuesto por el Ministerio Público federal o de los estados.

Según los médicos que redactaron sus actas de defunción, entre 1990 y 2011, un total de 745 mujeres fueron asesinadas en el estado. Durante un lapso mayor de tiempo, hace medio siglo, las hermanas Delfina y María de Jesús González Las Poquianchis asesinaron alrededor de 100 mujeres que antes prostituyeron de manera forzada en la región limítrofe de Guanajuato –León incluido– y Jalisco.

El morbo en esta región, la más católica de México, admitió como incontrovertible el hecho de que esas mujeres trabajaban en pacto con el diablo. Y se regodeó en el género de las asesinas: mujeres asesinando mujeres. Poco se reparó en el capitán del Ejército que fungía como sicario de Las Poquianchis o de los alcaldes y demás autoridades que sus burdeles tenían como clientes.

De la serie reciente, el año con la mayor mortandad fue 1991, cuando 25 mujeres perdieron la vida con violencia intencional. El año con la mayor cifra es 2011, cuando 57 murieron ultimadas. Y el peor año anterior fue 2009, con 47 casos.

La gráfica que dibuja la muerte atroz de madres, hijas, hermanas y esposas es prácticamente una línea recta ascendente.

Por municipios, León, el más poblado, cuenta con 146 decesos, seguido por Celaya, con 79, e Irapuato, con 61.

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Hasta aquí llegan las estadísticas oficiales. La Secretaría de Salud aún no integra a sus bases de datos lo ocurrido durante 2012 y lo que va de 2013. Pero estos años son aún peores.

La organización no gubernamental Las Libres había contabilizado 60 asesinatos de mujeres en Guanajuato hasta el 17 de octubre, cuando su presidenta, Verónica Cruz, detalló el mapa del odio a las mujeres en el estado. Desde entonces han muerto tres más.

* Datos de Las Libres de enero a abril del 2013

Las Libres son una agrupación con 13 años de trabajo a favor de los derechos de las mujeres a través, fundamentalmente, de dos programas. El primero es relativo a sus derechos reproductivos: fueron ellas quienes evidenciaron a la legislatura guanajuatense que apretó penas y eliminó excluyentes a las mujeres abortistas. El segundo atiende la violencia contra las mujeres, en particular la de consecuencia feminicida.

Verónica Cruz y Las Libres han tomado la bandera de exigir al Sistema Nacional para Prevenir, Atender, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres que decrete la alerta de género en Guanajuato.

El gobernador Miguel Márquez Márquez se opuso a admitir el procedimiento. En días anteriores, el panista admitió la existencia de “sólo” 12 casos.

Verónica Cruz detalla que el odio contra las mujeres crece de todas las formas entendibles.

“El problema es que las autoridades tipifican el feminicidio con ciertas características y depende de la sociología de los Ministerios Públicos o de los jueces si se castigan o no por esta razón. Con frecuencia se tipifica como otra cosa aunque prevalezcan las características de violencia de género. Este es un problema serio, porque ocultan y dicen que no existe el problema como tal. Si un gobierno no reconoce que hay un problema y que está a la alza, menos lo resuelve.

“El otro aspecto es la violencia exponencial por la forma en que las están matando. Estamos asistiendo a tres tipos de formas en que las están matando y antes era normalmente una, asesinatos cometidos con golpes. Ahora son golpes combinados con balazos, golpes y estrangulamiento. Y la saña que es nueva este año es quemarlas vivas después de golpearlas, cortarlas, estrangularlas. El odio hacia las mujeres es cada vez más grande. La impunidad es el terreno fértil para el incremento de la violencia”, continúa Verónica Cruz.

Cinco años atrás, anota, los casos de niñas y jóvenes eran excepcionales. Este año en particular, la mayoría de las mujeres asesinadas murieron entre los 18 y los 20 años. Antes, el asesino solía ser el marido de una mujer y el crimen ocurría tras años de maltrato; hoy no es excepcional que un muchacho mate a su novia.

“Sesenta asesinatos”, Verónica complementa la corrida estadística. “Este es el año más violento. En 2011 fueron 33 y, en 2010, 54. Los asuntos se concentran en León. Sólo en lo que va de este año, han ocurrido 16 feminicidios en León”.

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* Datos de Las Libres, de enero a abril del 2013

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* Datos de Las Libres, de enero a abril del 2013

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Como en todo el país, la tipificación del feminicidio en el código penal de Guanajuato es relativamente reciente. La incorporación del delito contra las mujeres existe desde el 3 de junio de 2011. Su redacción mantuvo polémica por tener una definición lo suficientemente ambigua como para que el Ministerio Público o el juez de la causa eluda su clasificación:

ARTÍCULO 153-a.- Habrá feminicidio cuando la víctima del homicidio sea mujer y la privación de la vida se cometa por razones de género, considerándose que existen éstas, cuando ocurra alguno de los siguientes supuestos en agravio de la víctima:

I. Que haya sido incomunicada;

II. Que haya sido violentada sexualmente;

III. Que haya sido vejada;

IV. Que se le hayan infligido lesiones o mutilaciones, infamantes o degradantes aún respecto del cadáver;

V. Que haya existido amenazas, acoso, lesiones o violencia en el ámbito familiar, laboral o escolar o cualquier otro que implique supra o subordinación del sujeto activo en contra de ella;

VI. Que exista o haya existido con el activo relación íntima, de convivencia, de confianza, noviazgo, parentesco, matrimonio o concubinato; o

VII. Que su cuerpo sea expuesto o arrojado en un lugar público.

Para los efectos de su punibilidad, el feminicidio será considerado como un homicidio calificado.

Las organizaciones no gubernamentales que buscaron la inclusión del tipo acusan que el requerimiento interpretativo de la autoridad tiene el simple propósito favorecer políticamente a la misma autoridad: nadie quiere asumir el costo de que bajo su gobierno se asesinen mujeres por el mero hecho de ser mujeres. En México, el Ministerio Público es una oficina dependiente del ejecutivo, por lo que cada fiscalía estatal y la federal tienen como jefe administrativo y político al gobernador correspondiente y al Presidente de la República.

Habla la dirigente de Las Libres, Verónica Cruz Sánchez:

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Por esto y por la negligencia de autoridades de todo tipo y de médicos firmantes de actas de defunción existe sub registro. La oficina a favor de los derechos humanos de las mujeres ha registrado, tan sólo entre abril y octubre de este año, la existencia de al menos tres casos en León en que se pretendió asentar como muerte natural un asesinato.

En el primero de los asuntos, una niña de 14 años reapareció muerta luego de ocho días de ausencia. Se intentó explicar el deceso por infarto al corazón, pero la hipótesis se resquebrajó de inmediato y el caso se mantiene sin esclarecimiento.

En otro caso, el Hospital materno Infantil registró el ingreso de una mujer bañada en sangre. Se indicó que la muerte era natural, cuando era claro que murió por la golpiza que le propinó su marido. Ni intervino el médico legista. Una trabajadora social dio parte al ministerio público para que iniciara la investigación.

Investigaron y el Ministerio Público determinó, mediante un peritaje, que el incendio fue provocado. El tipo presumía en la calle que él mismo había “matado a su vieja”. La insistencia de la familia sacó de la indolencia al ministerio público que, mediante peritaje, determinó intencionalidad en el origen del fuego.

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Cristina Tejeda mostrando ropa de Fabiola. Foto: Humberto Padget

Diana Fabiola Tejeda Rivera se apellidó igual que su madre, porque su padre se esfumó sin reconocerla como su hija. En el registro civil, Cristina debió pasar el trago amargo de aclarar que no había papá y a que su hija se le llamara como si fuera su hermana.

Fabiola nació el 4 de diciembre de 1983 en la capital de Guanajuato y murió ahí mismo menos de 27 años después. Amaba la salsa, adoraba la combinación del azul y el negro. Sus enormes ojos eran del color de una piedra que aquí llaman ojo de tigre: destellos miel y aceituna. No le gustaba la escuela y simplemente abandonó la secundaria antes de concluirla. Encontró trabajos como dependienta de tiendas y tuvo algún paso en la panadería de la Comercial Mexicana.

Se enamoró hacia los 18 años de un hombre con el que se casó. Tuvo dos hijos con él, a quien extrañaba con intensidad. Su marido trabajaba un día entero en el sistema de agua potable de Guanajuato y descansaba dos, que ocupaba en desempeñar algún otro empleo.

“Me siento sola”, confiaba Fabiola a su madre, Cristina.

Luego ni sensación de abandono hubo. Se dejaron de querer. Cristina lo veía por la cara de fastidio de su hija, por el desencuentro aunque estuvieran juntos, por los insultos en aumento. Se divorciaron y, a los pocos meses, ya en 2011, Fabiola conoció a otro hombre con quien compartió su vida.

Fabiola quiso trabajar, pero su pareja, avergonzado y celoso, le ordenó quedarse en casa. La pobreza se instaló. Ella intentó salir a alguna fiesta, pero él prohibió cualquier diversión. La muchacha subió de peso, dejó la ropa entallada, olvidó el maquillaje. Vivían en una casa en obra negra, a la que no podía ir uno de los niños de la mujer, pues padecía asma y el polvillo de la construcción se le metía a los pulmones como si fueran abejas.

Esta no era la naturaleza de Fabiola y lo dejó.

Los hijos de Fabiola Tejeda detallaron a su padre que la mujer presupuestaba cada centavo del monedero. El ex marido, sin pedir nada a cambio, dispuso de una casa para que Fabiola viviera ahí y, de vez en cuando, hospedara a los niños. La vivienda no tenía muebles, excepto una cama en que madre y niños no cabían. La última ex pareja de ella apareció un día a la puerta y mostró unos regalos que llevaba consigo: dos colchones viejos con las esquinas roídas y las telas manchadas de orines viejos y ajenos.

–¿Pues dónde más los pongo?– intentó explicar Fabiola a su madre cuando Cristina subrayó el desagrado.

–Vamos a forrar este– señaló el que estaba en mejores condiciones –y le pones encima las sábanas y cobijas.

–En lo que consigo trabajo y compramos camas…– atajó Fabiola más por dignidad que por cualquier certeza laboral.

Por esos días, septiembre de 2011, Cristina compró un comedor nuevo y quiso regalar el viejo a su hija. La buscó, pero no la encontró. Eran los mismos días en que apareció en la página de Facebook de Fabiola Tejeda un hombre de aspecto pulcro y actitud gallarda, José Ibarra, el hombre más importante en su vida. *