Este es un libro que sólo puede hacerse en México. Alejandro Rosas, con su carácter de historiador, y Julio Patán, con su astucia periodística, hacen este manual con anécdotas donde el humor y la acidez reinan por doquier.

Ciudad de México, 28 de octubre (SinEmbargo).- En breves e irreverentes anécdotas, en las que la acidez y el humor se desbordan sin timidez, México bizarro retrata un país tan surrealista que lo mismo tiene sabor a chiste que a pesadilla.

En sus páginas se encuentran episodios como aquel en que una vidente fue contratada por un fiscal para resolver un homicidio, el exótico cortejo fúnebre a la pierna de Santa Anna, la huelga de hambre de un expresidente que dejó al país en la quiebra, la rodilla que Sara García se fracturó a propósito para ser la eterna abuela del cine, la trágica vida de la Mataviejitas y la funesta ocasión en la que se repartió al pueblo miles de litros de leche con heces fecales.

La pericia del historiador Alejandro Rosas y la astucia periodística de Julio Patán narran los hechos que nuestra historia habría querido esconder bajo la alfombra y las anécdotas que destapan cloacas en las que la versión oficial dista de la realidad de México, el país al que el adjetivo bizarro parece quedarle como un traje a la medida.

¿Cómo vivir en el México Bizarro? Foto: Especial

Extracto del libro México Bizarro, de Alejandro Rosas y Julio Patán, publicado en el sello Planeta, 2017. Cortesía otorgada bajo el permiso de Grupo Planeta México

UN SEMBRADÍO DE HUESOS HUMANOS

El México de la década de 1980 no padeció el furor del crimen organizado que sufrimos hoy, con esos espectáculos de crueldad extrema, pero logró anticipar lo que venía. Es el México de los narcosatánicos y sus sacrificios humanos.

Sí, el México de 1989 era muy diferente al de hoy. Ciertamente, ni con los estándares de medición más flexibles hubiera calificado como un país pacífico o libre del crimen organizado. Pero estábamos lejos todavía del espectáculo habitual de los cuerpos colgados con los genitales en la boca o los amasijos humanos metidos en cajuelas, para no hablar de extremos como el del Pozolero.

Y, sin embargo, ese año, 1989, hubo una excepción a lo dicho; casi un vaticinio.

Lo que pasó se pierde en buena parte entre el mito urbano, el complotismo y la desinformación cínica; pero lo que se conoce es contundente. Una revisión de rutina en la zona fronteriza de Matamoros llevó a la policía a encontrar varios kilos de mariguana en una Silverado. Una sorpresa, sí, aunque probablemente no tan grande como la de escuchar al conductor, un tal David Serna, explicando que era inmune a las balas. Sin abusar de esa inmunidad, Serna acompañó a los policías hasta un rancho llamado Santa Elena, propiedad de otros dos traficantes, Elio y Serafín Hernández, quienes a su vez dijeron estar protegidos por un padrino con amplios y profundos conocimientos religiosos.

En el rancho aparecieron machetes, botellas de aguardiente, velas, ropas teñidas de sangre y huesos de animales. Sobre todo, aparecieron los restos de 14 personas que habían sido descuartizadas, no sin que antes drenaran, literalmente, su sangre. Todo apuntaba a alguna forma de ritual. Lo era. El padrino en cuestión resultó ser un tal Adolfo de Jesús Constanzo. Nacido en Miami de familia cubana, hijastro de un sujeto dedicado al tráfico de drogas y trasladado en 1983 a México, donde se convirtió en un adivinador y curandero de prestigio, su madre y su abuela parecen haber sido practicantes de la santería, es decir, la religión sincrética de los ritos africanos llevados por los esclavos a la isla y el cristianismo. Es sabido que la santería no excluye sacrificios de animales, pero lo de Constanzo y el rancho Santa Elena rebasaba todo límite.

En México, al parecer, Constanzo se hizo de una nutrida clientela entre la que se contaban algunos mandos de la policía. También se hizo de dos lugartenientes que tal vez fueron, además, sus amantes o una especie de esclavos sexuales: Martín Quintana y Omar Orea Ochoa. En torno a ese núcleo se formó un culto que en principio combinaba el tráfico de drogas con ceremonias crecientemente aberrantes que, a partir del año de 1987, incluyeron sacrificios humanos.

Principalmente, Constanzo se hizo de una compañía que terminará por ser la más difícil de comprender de cuantas lo rodearon: la de Sara Aldrete.

Bilingüe, educada en Texas, buena estudiante, altísima, atlética y dotada de una ironía que no desmaya, Aldrete cuenta que se acercó a Constanzo porque estudiaba Antropología y tenía interés en los rituales santeros. Dice que sí, en efecto, Constanzo la inició con un ritual en el que fueron sacrificados un gallo y un cabrito, pero que como mucho se habrán visto diez veces en un año y medio, y que desde luego nunca fueron amantes.

La prensa dijo otra cosa, y la dijo a gritos. Cuando estalló el escándalo de los narcosatánicos, empezó a hablarse reiteradamente de la Madrina o la Concubina del Diablo, una sacerdotisa o bruja que fungía, además, como amante del cubano-americano que dirigía el grupo.

En 1989, en una cacería que duró cuatro semanas, la policía se lanzó tras la banda de Constanzo. No es que el país fuera entonces ajeno a la impunidad, pero los narcosatánicos habían tenido la muy mala idea de asesinar a un estudiante gringo, Mark J. Kilroy, y la presión desde arriba de la frontera norte para que se detuviera a los culpables fue de esas que imposibilitan las simulaciones. La persecución terminó en la Ciudad de México, en la colonia Cuauhtémoc, concretamente en la calle de Río Sena, en el número 19. Sara dice que Constanzo, enamorado de ella, la secuestró. Que esa road movie infernal la vivió contra su voluntad. Que de sacerdotisa, o de concubina, o de narcotraficante, nada. Que, por favor, cuáles sacrificios humanos.

Convencida de que la iban a matar, decidió entonces tirar a la calle, desde el departamento de Sena, poco más que una botella al mar. La nota decía: “Por favor, llamen a la policía judicial y díganles que en este edificio están los que buscan. Díganles que tienen a una mujer como rehén”. De algún modo, resultó. De algún modo. Luego de una balacera que también hizo época por su intensidad y porque Constanzo, en cierto momento, decidió tirar puñados de billetes a la calle, también con un sentido cinematográfico un tanto cliché, el propio Constanzo y Quintana murieron con balas en el cuerpo. Sara fue rescatada (es un decir) por la policía, que la arrastró hasta la Procuraduría del Distrito Federal.

Lo que sigue es al mismo tiempo dudoso y verosímil: nota roja mexicana en pleno. La policía insistió ante los medios en que Sara era parte medular de la banda, en que practicaba con entusiasmo las artes negras. Sara dice que fue torturada para obligarla a aceptar su papel de suprema sacerdotisa. Que la golpearon, la quemaron con cigarros, le arrancaron una uña, le aplicaron el tehuacanazo y toques eléctricos, hasta que fue violada por siete policías.

Terminó purgando condena por más de 600 años.

LA ESPÍA QUE NO ME AMÓ

No terminó de hacerla como actriz en cuatro países, todo un récord. Pero triunfó como espía nazi en dos: Estados Unidos y México, donde hizo sucumbir al que sería nuestro primer presidente civil. Merece la fama.

Es cierto: las organizaciones de espionaje, desde siempre y en todas partes, han echado mano de hombres y mujeres atractivos para infiltrar al enemigo y extraer información importante. Al jefe del espionaje de Alemania del Este en la Guerra Fría, Markus Wolf, se le conocía como el Espía sin Rostro, pero también como el Espía Romeo. La razón: mandaba a sus agentes a seducir a las secretarias de embajadores, cónsules o agregados en su país, o a las de funcionarios y espías en otros países. Eran una gran fuente de información. En Cuba lo cuenta nada menos que el jefe de guardaespaldas de Fidel Castro: “Suelen usar mujeres atractivas para seducirte, grabar tus actos sexuales en la habitación del hotel y luego chantajearte con ese material”. Está el caso de Mata Hari, por supuesto. Y el de Hilda Krüger, lo que demuestra que en México no hemos sido inmunes a ese peligro.

Nacida en 1912 en Alemania, Hilda tuvo como primera vocación la de actuar. Y no lo hizo ni poco ni bien, pero se destacó en otros ámbitos. Muy rubia, muy ojiazul, muy curvada y dicen que muy simpática, aunque se casó con un comerciante de origen judío, no hace falta decir que todo un estigma en la Alemania hitleriana, impulsó su carrera gracias a una amistad de verdad cercana con el calenturiento ministro de Propaganda del Tercer Reich, el cinéfilo Joseph Goebbels, quien la ayudó a lanzarse como actriz, no sabemos a qué precio, pero que también sin pretenderlo provocó su salida de Alemania. Su esposa Magda, esa a la que Hitler condecoró como “la mejor madre del Tercer Reich”, la misma que a la muerte del Führer se suicidaría junto a Joseph luego de envenenar a sus seis hijos, ardía en celos. Mejor huir. Con alguien así más vale poner tierra de por medio, sobra decirlo.

Y así, huyendo, fue que Hilda llegó a Los Ángeles. Quería triunfar en Hollywood, pero le faltaban el dominio del inglés y algunos otros talentos de, digamos, su paisana y muy antinazi colega Marlene Dietrich, así que terminó por destacar como socialité. El camino al espionaje quedaba señalado. Logró conquistar al multimillonario Jean Paul Getty, quien le dio acceso al universo de la plutocracia, y lo aprovechó: pronto empezó a filtrar las conversaciones que oía a la Abwehr, el servicio de inteligencia alemán. No tardó en ser considerada insustituible en el espionaje nazi. Hilda se volvió una estrella secreta, valga la contradicción.

Luego de Estados Unidos llegó a México. Tenía que pasar. El régimen hitleriano enfrentaba la Segunda Guerra Mundial, pero, sobre todo, enfrentaba la ingente tarea logística de preparar a su ejército para la más ambiciosa de sus campañas: la Operación Barbarroja, la invasión a la Unión Soviética. Meter 3.8 millones de soldados, tres mil y pico de tanques y casi tres mil aviones a suelo bolchevique exigía mucha gasolina. ¿Dónde conseguirla? En México. El cálculo alemán era que nuestro país, distanciado del vecino yanqui tras la expropiación del petróleo por Lázaro Cárdenas, y bien poblado por simpatizantes del nazismo en todos los ámbitos sociales —una vergüenza de la que hablamos poco, dicho sea de paso—, era una opción propicia. Que les caiga Hildita, pues.

Y cayó, y se adaptó rápidamente: se infiltró sin problemas en el entorno del presidente Manuel Ávila Camacho. El primero en sucumbir a su poderío rubio fue Ramón Beteta, exsecretario de Relaciones Exteriores. El segundo, nada menos que Miguel Alemán, secretario de Gobernación y futuro presidente. Alemán estaba en llamas con ella. En cambio, no parece que a Hilda le gustara realmente su compañía. Pero la joven Krüger no solo tenía talento: tenía convicción. Era una hitleriana a carta cabal, una talibana del nazismo. Una creyente. Todo por el Führer.

El final de su vida como espía en México llegó con la entrada de los norteamericanos a la guerra, luego del bombardeo de Pearl Harbor, en 1941. Puede ser que Ramón Beteta estuviera en lo cierto y Ávila Camacho fuera uno de los muchos mexicanos que admiraban a Hitler. Pero el presidente era, en el peor de los casos, un hombre práctico, y no iba a enfrentar a los vecinos así como así. Numerosos alemanes señalados como espías fueron detenidos a solicitud del Gobierno americano. Los perseguía de tiempo atrás un sabueso que al parecer podía ser un mastín: el coronel Gordon H. McCoy, responsable de asuntos de inteligencia en la embajada norteamericana, aunque nominalmente era solo el agregado militar. Hilda, que estaba en la lista de espías circulada por la inteligencia gringa, la libró por un favor de su amante. Algún amor habría por ahí, piensa uno. Algo más que lujuria. O gratitud por la lujuria disfrutada, de perdida.

No sabemos mucho de su vida interior; a fin de cuentas, era una espía. Pero podemos imaginar que alguna melancolía la invadió cuando tuvo que abandonar esa fuente de adrenalina, esa sensación de causa justa, de ser parte de un destino superior. Derrotado Hitler, en 1942 hacía su primer intento por volver a las raíces: al cine, ahora en México. La película es irrecordable: Casa de mujeres, dirigida por Gabriel Soria. Le siguieron otras cuatro, tres mexicanas, una suiza, la última de 1958. No le dio para más el histrionismo.

Murió libre y discreta en 1991, en su país.

LA TEMIBLE ABUELITA DE MÉXICO

Amante de las mujeres, complicada de trato, capaz de arrancarse los dientes para verse más anciana de lo que era y no perder papeles: así fue Sara García, el ideal de la abuelita mexicana.

Fue la madre cien por ciento abnegada, dueña de una fe ciega en su hijo, Emilio Tuero, en Cuando los hijos se van (1941), de Juan Bustillo Oro. Fue también la madre a veces regañona y hasta con un toque inquietante de masculinidad, pero siempre consentidora, devota a fin de cuentas, de todos los galanes de la Época de Oro del cine mexicano, Pedro Infante para empezar: ahí está ese peliculón que es Los tres García y su secuela, Vuelven los García, de 1946. Fue una esposa respondona pero amorosa y fiel, como mandan los cánones; buena para el melodrama, pero también para la comedia, particularmente con Joaquín Pardavé como director y coestrella en esa joya que se llama El baisano Jalil, del año 1942, y esa otra que se llama El barchante Neguib, de 1946, en El ropavejero y en Azahares para tu boda… Tampoco le faltó chamba en la década de 1970, al lado del nuevo ídolo de las rancheras, Vicente Fernández. Por si fuera poco, trasladó con buen éxito a la tele su ternura cómplice pero ríspida en el más mexicano de los gé­neros que es la telenovela, el clímax del melodrama a la manera azteca. Porque sí, fracasó, en 1952, con Media hora con la abuelita. Pero véanla en Anita de Montemar, con Amparo Rivelles, de 1967. Véanla como la nana Tomasina en Mundo de juguete, ese culebrón que alcanzó el milagro del público infantil masculino gracias a Graciela Mauri. O véanla en Viviana, con Lucía Méndez, tan guapa aquel año de 1978. Sobre todo, la vimos y la vemos todos a partir de 1973 como la imagen del más mexicano de los chocolates, el Abuelita, hoy comprado por una multinacional de origen suizo más o menos exitosa, Nestlé, pero parte de la perfectamente azteca La Azteca, durante muchos años. Un chocolate que exige esa presencia cálida, hogareña, de tiempos en que aún se hacían meriendas con abundante glucosa, esos mandarriazos de chocolate en taza con pan dulce, esa manera tan familiar de tramitarse una diabetes, tan lejanos de las barritas de granola orgánica y la leche de almendras sin azúcar añadido.

Todo eso fue Sarita García en la pantalla. Fuera de ella, fue algo completamente distinto.

De entrada, fue una profesional hasta sus últimas consecuencias. Nacida en la Orizaba veracruzana en 1895, arrancó en el cine en 1917 con una película llamada En defensa propia. Sus siguientes pasos fueron en el teatro, primero en la Compañía de Comedia Selecta, y después con varias empresas dispuestas a darle oportunidad, por todo el país, sin tregua. Sí: escaló rápidamente. Y supo pagar el precio. Con horrible, implacable lucidez, entendió que su futuro estaba en la interpretación de papeles de ancianas, y muy pronto decidió —tal como suena— quitarse los dientes y fracturarse una rodilla para darle verosimilitud a su interpretación con esa boca tiernamente fruncida y ese bastón llevado con tanta naturalidad. Con todo respeto para los discípulos de Stanislavski, esos que dicen que para actuar como Dios manda tienen que meterse en la piel del personaje, dejarse poseer por él, al lado de la abuelita de México son unos blandengues. Señores Pacino, Brando y Keitel, den paso a Sarita García.

¿Le formó el carácter esa vida dura, marcada por la pérdida? Es cierto que fue la única sobreviviente de diez hermanos, que contagió de tifus a su madre, muerta por esa razón en 1900, y que vio morir de tifoidea a su única hija, Fernanda Mercedes, nacida durante sus giras teatrales de juventud, en 1940, en Tepic. A fin de cuentas, es imposible saberlo.

El hecho es que la abuelita de México se fue convirtiendo en una abuelita iracunda, demandante: en una diva con la que resultaba terriblemente difícil trabajar. No repartía tacitas de chocolate caliente entre el staff o la producción, hasta donde sabemos. Además, Sarita García puede haber sido también un tanto heterodoxa en su vida amorosa. Casada con Fernando Ibáñez en sus días de gira teatral por el país con la compañía de Mercedes Navarro, terminó por separarse y vivir una vida de celibato… O no. Muchos años después de su muerte, en 1980, Manuel Flaco Ibáñez, un actor cómico que hizo su carrera sobre todo en el cine de ficheras, dijo en un tuit que la señora García era lesbiana, y que su pareja se llamaba Rosario; de ahí su broma recurrente, dice el Flaco, de “Me voy a echar un Rosario”. Algún crítico dijo, con razón, que Sara García era la más mexicana de las madres, o el ideal mexicano de la madrecita, porque su personaje fue siempre una cosa: asexuado. La abuelita de México habría sonreído, sin dientes, por supuesto, de haber leído esa reflexión.

Nota para lectores extranjeros: no confíen en las abuelitas mexicanas. No son lo que parecen.

Sarita no lo fue. Tal vez trató de comunicárnoslo, también, en el cine. Vean si no esa joya de 1958, Las señoritas Vivanco, y su secuela, El proceso de las señoritas Vivanco, ambas de Mauricio de la Serna, en las que ella y Prudencia Griffel encarnan a dos ancianas de alcurnia que se ven obligadas a vivir del crimen por una repentina bancarrota.