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Tin Tan es un dealer clásico de un barrio bravo de la Ciudad de México. Vende mariguana y coca y él mismo las consume sin rubor; paga sobornos a la policía, suelta dinero a los abogados cuando se pone gruesa la cosa y allí lleva la vida, de cliente en cliente. Pero en casa es otro. Un padre que entiende del futuro: sus hijos no pueden estar en una escuela del gobierno, dice. “No está al nivel”. La música que escucha él es una, y la que escucha con su hija es otra.
Y eso, la música de estos barrios olvidados de la ciudad, son lo que interesa en la serie de reportajes que aquí comienzan. La música de Tin Tan, y la de los otros habitantes de la Ejército de Oriente…

PRIMERA PARTE

Ciudad de México, 29 de enero (SinEmbargo).– En este negocio no hay lugar para los viejos.

Tin Tan –a ese cómico se parece y así acepta que le llame para esta entrevista– tiene entre 40 y 50 años de edad, los últimos 25 dedicado a vender drogas en la colonia Ejército de Oriente, sitio referencial de la violencia en la Ciudad de México.

Y sueña con el retiro.

“Es un trabajo como cualquiera”, concede hablar. Entorna los ojos, mide. Ha encendido su detector de policías en su máxima sensibilidad. “Éramos 10 de familia y había de tres: le daban a los mayores, nos daban a los menores o a ninguno”.

Fue lo primero y la familia logró producir tres profesionistas y un profesional del narcomenudeo: de los 9 mil 125 días que calcula haber vivido fuera de la ley prohibicionista sólo 10 ha estado en prisión, específicamente en el Reclusorio Norte. Se trató de un robo a transporte público, asunto más que común en la zona, que llevó a la persecución de los ladrones y a la accidental detención del Tin Tan.

“Di 180 mil pesos”, sacude la cabeza y pierde la mirada como si imaginara, en este momento, la presencia de un montón de billetes en la banqueta que platicamos y su repentina desaparición. “Luego la tira se metió con mis papás y se los llevó al reclu con dos de mis hermanos. Ahí tenía como 20 papeles y los acusaron. Eso es de lo que más me arrepiento y los saqué con 200 mil.

“El otro riesgo es la adicción. Desgraciadamente me gustó la droga. Yo soy consumidor de cocaína y el año pasado me gasté casi todo mi dinero en eso”.

Receloso al principio, el hombre de piel que parece barro bruñido y ojos de aceituna platica los detalles de su “tienda”, como en la jerga se llama a los pequeños almacenes de drogas, en su caso un viejo automóvil estacionado a unos pasos de donde se para a esperar medio centenar de clientes que cada día le dejan ganancias libres de 5 mil pesos.

“Yo no puedo traer un coche lujoso”, se justifica y muestra una amplia sonrisa que descubre los incisivos grandes, separados y amarillentos por el paso de quién sabe cuántos kilos de marihuana en casi tres décadas de dedicado autoconsumo.

Tint Tan otea las calles de la cuarta sección de la Unidad Habitacional en busca de policías. Habla de ellos más con una mezcla compuesta por miedo y sentido del humor, como una zorra que mejor se toma filosóficamente el riesgo siempre presente de encontrarse con el perro en una incursión por el gallinero.

Y esta es una zorra que sabe lanzar huesos y, por salvar el pellejo, hasta la gallina entera.

Tan presente ha estado en ese comercio que ha visto en la televisión los vaivenes de los cárteles y en sus manos de los precios. Sabe perfecto que hace un cuarto de siglo “la vela” o envoltorio de marihuana con contenido para liar ocho o diez cigarros costaba siete pesos. Hoy cuesta 60. Y que el papel de cocaína costaba 150 pesos en los noventa y que ahora su valor se ha desbarrancado a 60 pesos.

Cosas del mercado, explica él: nunca como ahora hay disponibilidad de cocaína y, a la vez, nunca este estimulante se había rebajado con tantos polvos similares en aspecto o efecto. La piedra o crack apareció en el dispensario callejero de la Ciudad de México apenas en la primera mitad de la década pasada. “Coca para los jodidos”, reflexiona.

Lo demás es, en resumen, un proveedor, 50 vendedores como él en Ejército de Oriente, pero ninguno de su importancia, asegura, y miles de clientes hambrientos las 24 horas al día.

En Ejército de Oriente, "Tin Tan" opera como dealer. Foto: Humberto Padgett, SinEmbargo

En Ejército de Oriente, “Tin Tan” opera como dealer. “Es un trabajo como cualquiera”, dice en entrevista el hombre de entre 40 y 50 años que lleva 25 de ellos como vendedor de drogas. Foto: Humberto Padgett, SinEmbargo

–¿Cómo compras y cómo vendes? –se le pregunta.

–Todo lo vendo al doble del precio que compro. Debe ser negocio, buen negocio. Si no fuera así, estaría repartiendo cilindros de gas –poco a poco se relaja.

Tin Tan es un consumidor de su propia marihuana que esfuma una de sus “velas” en día y medio y que durante años de fumar y fumar ha domado la paranoia.

“Yo no encuentro una forma de vivir honradamente, porque ganas muy poquito. Que un Diputado o un Senador viva con 700 pesos. No creo que lo haga, ni tú. ¿Cómo mandarías a tus hijos a la escuela? Sin desayunar. ¿Qué desayunarían? ¿Qué aprenderían? Nada, porque irían nutridos malmente”, ahora habla cómodamente con la grabadora de voz.

–¿Qué justifica jugarte tu vida y libertad?

–Que mis hijos estén bien y que tengan una educación que yo nunca tuve. Yo estudié hasta segundo de secundaria. La dejé porque no había más para que siguiera. Me mandaban con un cuaderno. ¿Cómo querías que estudiara? No se podía. O le daban a la más chica o a la más grande. No se podía. ¿Para qué gastaban lo que no había?

–¿Por qué no metes a tus hijos a una escuela de gobierno?

–Porque está muy mala la educación, está muy baja. No está al nivel. Mi hijo va en cuarto y tiene un promedio de 9.5 y tiene un nivel muy bueno. Si mi situación cambiara y los meto a una escuela de gobierno te apuesto que bajaría mucho su rendimiento. Mi hijo sería un delincuente y mi hija sería una pirujilla o una niña de 15 años con bebé. Al no haber la forma económica de salir adelante es lo único que podrían encontrar.

–Hay quienes dicen que los vendedores de drogas envenenan a la sociedad, ¿qué respondes a eso?

–Que tienen razón, pero la necesidad es muy fuerte y es la única forma que uno tiene para salir adelante y sacar a los hijos adelante. Yo entiendo… Yo no voy y le pongo la pistola a nadie diciéndole que me comprará droga –su sonrisa pone en duda su creencia en la justificación–. El que quiere me compra y si nadie me comprara, nada vendería. Desgraciadamente hay muchos adictos.

El Tin Tan está ahora tan tranquilo que hasta acepta algunas preguntas existenciales. Si él fuera droga, dice, sería marihuana y no cocaína que tanto mal le ha hecho a su nariz y a su negocio. Y si fuera música sería, no duda, salsa y merengue. Cuando empezó en el negocio escuchaba Los Reyes del Amor, del grupo Los Titanes:

Una noche como cualquiera
fuimos los reyes del amor tú y yo,
entre mil besos mil caricias
más el palacio del amor.
Todo ahí era permitido
ansiosos de la belleza
fuimos por lindos jardines
de ilusiones y promesas
y los guardias corazones permitieron dando paso
saborear ricos manjares solo para enamorados
fue el deseo y la pasión
que a nuestros ojos se posaron
serviles de nuestro reino
nuestros cuerpos se desnudaron.

* * *

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–¿Qué piensas del Chapo Guzmán?

–Es el patrón. Sí: de huevos –da la impresión que si se le apareciera el líder del Cártel de Sinaloa se le cuadraría con saludo militar.

–¿Y del jefe de Los Zetas?

–Esos son culeros. ¿Cómo se les ocurre meter al negocio la afectación de terceras personas? Eso no debe ser. Esa no es la ley del narco.

–¿Qué piensas del Presidente Enrique Peña Nieto?

–Todos son unos culeros.

–¿Andrés Manuel López Obrador?

–Todos.

–¿Felipe Calderón?

–¡Todos, todos, todos! Todo está subiendo: sube la gasolina y suben los dulces.

–¿Ha aumentado el consumo de drogas con el tiempo?

–Sí, pero yo soy de las personas que no hace daño a los niños. Yo vendo a personas mayores, a la que ya sabe lo que está haciendo. No puedo venderle a un niño de 14 o 15, porque tengo un hijo de nueve y no quisiera que cayera en esto también.

–¿Podrías decirle a tu hijo a qué te dedicas?

–Yo, yo… En algún momento que ya supiera qué hacer sí… Pero que esteeee… Ya se me fue… –el lapsus parece ocasionado más por el dilema moral que por el abuso de la marihuana–. Que ya tuviera una forma de pensar, que no lo tomara a mal, porque sí te lo digo, la forma de vida que trae mi hijo es de su edad: muñecos, películas, caricaturas. Ni por su cabeza pasa lo que yo hago.

–¿Qué le dices que haces?

–Que voy con el carpintero, que voy con el mecánico, muchas cosas.

–Cuando ves lo que ocurre ahora con Michoacán y que en parte tiene el problema de las drogas, ¿qué piensas?

–Está muy fuerte la situación y sí, el 90 por ciento es por las drogas, pero esas personas también secuestran  y matan y eso ya no va. Ya no siguieron las leyes que siempre son: no lastimar a la gente. Si no afectas a la gente, tu negocio sigue bien, marcha perfectamente. Aquí no hay cárteles ni nada de eso.

–¿Ustedes impidieron la entrada de los cárteles?

–No. A ver: el Distrito Federal es de alguien. De un poderoso. ¿Por qué no entran los carteles y en todos lados sí están? Debe de haber un poderoso, un Diputado o alguien de los de arriba y por eso no entran. Y un tanto, porque tenemos aquí nomás a la matriz de la Policía Federal, a la montada, al Ejército, a la Marina. A las procuradurías. Nunca hemos visto de los cárteles.

–¿Se retira un vendedor de drogas?

–Si trabaja para el cártel, no.

–¿Tú, tú te quieres retirar?

–Sí, yo sí quiero. Imagínate, toda mi vida: desde los 14 años estoy en esto. Un señor me conoció y me vio que soy pa’delante, o sea, cabrón, y yo me le pegué y me enseñó y ahí salió. El señor se retiró y yo me quedé.

–¿Y tú?

–Estoy tratando de juntar mucho para poner un negocio y hacer otra vida. Tengo toda la vida… –hunde la cabeza entre los hombros, se aprieta las manos y susurra para interpretarse a sí mismo con miedo– pensado qué va a pasar y la policía y… Está cabrón.

–¿Qué porcentaje de tus pensamientos se los dedicas a la policía?

–Todo, todo, todo. Ahorita toda la banda nos está viendo y me van a venir a preguntar qué onda. Y ese güey está con ellos. Todos me reconocen. Todos saben quién soy yo.

–¿Cuál será la vida ideal para ti?

–¡Aaayyy! –suspira–. Ya no puedo trabajar por mi edad –suelta una risa cómplice, satisfecho de siempre encontrar una escapatoria a la vida rutinaria–. Tener un negocio cuando mis hijos ya estén en la universidad, que ya estén hechos y que yo vea que pueden hacer de su vida lo que ellos quieran. A esa edad ya no les puedes decir nada.

–¿Un negocio de qué?

–Pues no séééé. Uno de comida. Eso jala mucho –es un experto del hambre.

–Pero todo te lo gastas en sobornos –contrapongo.

–No, qué crees que no. Ahora me ha ido muy bien y me he cuidado mucho y, desgraciadamente (sic), cuando te agarran te haces de amigos en la misma policía –la sonrisa cómplice va y viene como si tuviera vida propia por su cara–. Ahora tengo unos cuates en la Policía Federal Ministerial –a la que toca formalmente investigar el delito de narcotráfico–. Si ellos me agarran, no hay problema. Si me toca con otra policía, puede haber un “baile” –soborno– y uno les dice: jefe, ya déjeme trabajar, déme chance, yo también ando sobre un hueso y ya tanto me ha chingado. Y entienden la situación. ¿Por qué no te consignan y en vez de eso agarran una feria? Porque está cabrón y ellos también la pueden pasar bien.

–¿De cuánto han sido los sobornos más alto y más bajo que has dado?

–Depende del madrazo. Si te agarran con grapas, son 10 mil, 15 mil,  20 mil varos. Depende de cómo te hayan agarrado. Le di 200 mil a un abogado en una ocasión en que entraron a mi casa y metieron a mis papás al reclusorio. Él daba que 10 mil, que 20 mil, que para el juez, que para el secretario, que para el otro, que para el magistrado.

–Y me habías dicho que antes diste uno de 180 mil.

–De 180 mil –asiente repetidamente con la cabeza y entristece los ojos– y piquitos de 20, de 15, de 20, de 10.

–¿Cuánto ganas en un buen día?

–Cinco mil pesos.

–¿Hay malos días?

–Pues no. ¿Dos mil quinientos pesos es un mal día? Eso sólo son mis ganancias. Mis hijos están en una escuela de paga y me gusta que se vean bien y bonitos. Y me gusta lo bueno. Soy el más viejo de todos. Yo ya la libré, ya la brinqué. El mero patronsote, el del dinero de aquí, ya se murió.

–¿Y qué piensas cuando ves alguien colgado de un puente vehicular en los periódicos o la tele?

–Hasta yo digo que hay que colgar de los huevos a quien está matando gente a lo güey. Ahora: el colgado hizo algo.

–¿Pero has visto que en Ciudad Juárez, por ejemplo, matan a gente que vende, como tú?

–Sí –alarga la sílaba para subrayar el asombro que le ocasiona la masacre–. Haz de cuenta que estamos el grupito y llegan y pfffrrrrrrrrrr –la metralleta imaginaria del Tin Tan salpica de esquirlas de saliva todo alrededor–. No me quita el sueño, porque aquí no hay eso, aquí no gobierna eso. Aquí gobierna la corrupción.

–¿Qué música escuchas con tu hija?

–Veo las películas de la Princesa Sofía. Me verás como un drogadicto o un vendedor de drogas, como tú me quieras tomar, pero en mi casa soy otro, soy un padre de familia.

–¿Tú cómo te tomas?

–Como una persona buena, porque me gusta ayudar a la gente.

Y la Princesa Sofía que miran y escuchan el más viejo de los dealers de la temible colonia Ejército de Oriente y su pequeña hija:

Era una chica sencilla y todo cambió
de pronto una princesa me hice yo
y ahora tengo que aprender a hacerlo bien
y no hay tiempo que perder
en el castillo ahora está mi familia,
mis amigos en la academia real.
Un mundo encantador me aguarda allí.

FOCO ROJO

Cuando la Policía del Distrito Federal o algunos de sus jefes ofrecen algún diagnóstico del conjunto de colonias alrededor de Ejército de Oriente, los términos que siempre utiliza para describirlo son como un sitio de “alto impacto delincuencial”, “delitos de alto impacto social”, “foco rojo” o “alta concentración de narcomenudeo”.

Hace algunos meses, el ex Secretario de Seguridad Pública Joel Ortega aseguró que en la Ciudad de México existen más de 13 mil puntos de venta de droga y las zonas de mayor distribución están ubicadas en Tepito y la Colonia Ejército de Oriente, en Iztapalapa.

Un diagnóstico elaborado por Procuraduría General de Justicia del DF (PGJDF) reconoce la existencia de al menos 12 grupos bien definidos ocupados en la venta de droga al menudeo en el Distrito Federal. El documento fechado en 2010 por la Dirección de Inteligencia y la Fiscalía Antinarcomenudeo, indica como dominantes a La Unión, de Tepito; Los Negros, de Gustavo A. Madero; los de Ejército de Oriente, de Iztapalapa; Los Felipes, de Tláhuac, y Los Patines, de Venustiano Carranza.

Iztapalapa destaca desde 2008 con la Banda Ejército de Oriente –tan compenetrada con el barrio que es su homónimo–, que tendría nexos con La Familia Michoacana, según refiere el estudio “Bandas Delictivas de Iztapalapa”, realizado por la misma Procuraduría. En esa delegación, también según el gobierno capitalino, existen otros grupos de menor relevancia, como “La Madame”, “El Hugo” y “Los Mazos”.

Y quienes son de ahí saben que en las cuatro secciones del Unidad Ejército de Oriente existen algunas otras pandillas de menor envergadura: “Los Nazis” –compuesta por porros–, Los Tres Pelos Bronca –muchachos de ascendencia indígena y cara casi lampiña–, “Los Suavecitos” o “Los OGT” –siglas de la Organización de Grifos Trabajadores”.

“Ni trabajan, son rehuevones”, atajan los chavos que enlistan los grupos.

Una peculiaridad observada por la combinación de pobreza y alta disponibilidad es la venta de dosis de marihuana o solvente tan ínfimas que se venden en cinco y 10 pesos: un cigarrito o un frasco de Yakult de 80 mililitros. También existe el fenómeno paralelo de prostitución por sustancias.

La cartografía hecha por los nativos indica que la Primera Sección de Ejército Oriente tiene propensión a la venta de la marihuana. La Quinta, a la cocaína. La Cuarta se especializa en piedra, y los alrededores, como La Joya, mejor conocida como El Hoyo, suple de litros y litros de solventes.

Tin Tan me asegura que él vende lo que quiere. Ha de ser el derecho de los pocos cuarentones en el negocio, porque aquí los viejos no tienen lugar.

Procuraduría General de Justicia del DF (PGJDF) reconoce la existencia de al menos 12 grupos bien definidos ocupados en la venta de droga al menudeo en el Distrito Federal. El documento fechado en 2010 por la Dirección de Inteligencia y la Fiscalía Antinarcomenudeo, indica como dominantes a La Unión, de Tepito; Los Negros, de Gustavo A. Madero; los de Ejército de Oriente, de Iztapalapa; Los Felipes, de Tláhuac, y Los Patines, de Venustiano Carranza. Foto: Humberto Padgett, SinEmbargo

Procuraduría General de Justicia del DF (PGJDF) reconoce la existencia de al menos 12 grupos bien definidos ocupados en la venta de droga al menudeo en el Distrito Federal. Entre los grupos dominantes están La Unión, de Tepito; Los Negros, de Gustavo A. Madero; los de Ejército de Oriente, de Iztapalapa; Los Felipes, de Tláhuac, y Los Patines, de Venustiano Carranza. Foto: Humberto Padgett, SinEmbargo

* * *

En terreno, los vendedores de droga aseguran que ellos no son gobernados por nadie y tan es así, presumen, que a diferencia de los sitios de mayor contrabando de enervantes en el Estado de México, como Ciudad Neza, Ecatepec o Chalco, en el Distrito Federal aún no se hace costumbre la aparición de cadáveres torturados, mutilados, con un tiro en la nuca.

Aún no.

Lo cierto es que en las cárceles capitalinas uno de cada dos reos proviene de las delegaciones Iztapalapa, Cuauhtémoc, Gustavo A. Madero o Venustiano Carranza.

Actualmente, las ocho colonias donde vivían los adolescentes antes de ingresar a alguna comunidad por delinquir son la Morelos, Centro, Guerrero, Doctores, Valle Gómez, Obrera, San Miguel Teotongo y Ejército de Oriente.

En 2009 y 2010, visité con frecuencia las comunidades para adolescentes presos en el Distrito Federal, encontré que en el centro de máxima seguridad –¿qué clase de sociedad  necesita una prisión de “máxima seguridad” para sus chavos?– llamado Dr. Alfonso Quiroz Cuarón, de los 16 jóvenes internos en ese tiempo, cuatro eran originarios de la colonia Ejército de Oriente y de La Joya.

Si bien Iztapalapa es la Delegación más poblada del Distrito Federal, el número de homicidios que ahí ocurren son los que más se cometen en la capital mexicana. Cifras de la Procuraduría del DF muestran que del 5 de diciembre del 2012 al 31 de julio de 2013 se iniciaron 57 averiguaciones previas por homicidios dolosos por disparo de arma de fuego en esa demarcación.

Le sigue, con 48 averiguaciones por homicidios con arma de fuego, la delegación Gustavo A. Madero, y con 32, la Cuauhtémoc. En Venustiano Carranza ocurrieron 28 casos, y la tercera parte de ellos ocurrieron en la colonia Morelos, el sitio de donde salieron muchos de los fundadores de las colonias Ejército de Oriente, Paraíso Peñón y La Joya.

 DE PIEDRA

Raquel González es una de las fundadoras de Ejército de Oriente. En Foto: Humberto Padgett, SinEmbargo

Raquel González es una de las fundadoras de Ejército de Oriente. En Foto: Humberto Padgett, SinEmbargo

Cuando Raquel González llegó, hace medio siglo, alrededor sólo había milpas y el Peñón Viejo lucía como lo que geológicamente es, un volcán. Luego lo excavaron hasta dejarlo en partido en tantos pedazos como un pastel cortado por niños traviesos. Quién sabe cuántas casas, edificios y calles del oriente de la Ciudad de México se construyeron con sus pedazos.

La mujer arribó cerca de sus 40 años. Ahora está cerca de los 90. Vendía ropa usada en Tepito, ya desde entonces, desde siempre, con alguna vocación para el contrabando. Vivía en la calle de Manuel Doblado del Barrio Bravo.

El líder de comerciantes de entonces incluyó a Raquel González en un programa de dotación de vivienda echado a andar con la fallida intención de despresurizar el centro capitalino.

Raquel aceptó gustosa y recibió una casita de una recámara, sala, un baño, cocina y un pequeño patio. La casa costó, a fines de los sesenta, 30 mil pesos y ahí se instaló con sus ocho de sus hijos, dos de sus hermanas menores y su esposo.

“El gusto de llegar fue por la casa, porque en ese entonces todo alrededor era un basurero. Sólo olía a eso”, dice. “Con eso y con todo lo que pasa ahora de drogas y violencia, que trajeron no los hijos, sino los nietos, yo he sido feliz en Ejército de Oriente. Y por otro lado, ¿adónde ir?”.

Hace medio siglo los boleros ya había alcanzado su mayor fama, pero hasta hoy, Raquel acaricia los nombres de las canciones como si los sacara de un alhajero. Esta es Perdida del trío Los Panchos:

 Perdida te ha llamado la gente
sin saber que has sufrido con desesperación.
Vencida quedaste tú en la vida
por no tener cariño que te diera ilusión.
Perdida, porque al fango rodaste
después que destrozaron tu virtud y tu honor.
No importa que te llamen perdida
yo le daré a tu vida
que destrozó el engaño la verdad de mi amor.

 

El trío Los Calavera se hizo llamar así porque en los cuarenta ese era el apodo genérico para los hombres mujeriegos.

De piedra ha de ser la cama
de piedra las cabeceras
la mujer que a mí me quiera
me ha de querer de a deveras
¿Ay, corazón por qué no amas? 

Subí a la sala del crimen,
le pregunté al presidente
que si es delito el quererte
que me sentencien a muerte.
¿Ay, corazón por qué no amas? 

El día en que a mí me maten
que sea de cinco balazos
y estar cerquita de ti
para morir en tus brazos.
¿Ay, corazón por qué no amas?

Por caja quiero un zarape
por cruz mis dobles cananas
y escriban sobre mi tumba
mi último adiós con mil balas.
¿Ay, corazón por qué no amas?

TRISTEZA

Ejercito de Oriente sufre una de las mayores incidencias de maltrato a las mujeres en el DF. Foto: Humberto Padgett, SinEmbargo

Ejercito de Oriente sufre una de las mayores incidencias de maltrato a las mujeres en el DF. Foto: Humberto Padgett, SinEmbargo

María Elena Puga ha vivido 42 años de sus 45 años de edad en Ejército de Oriente. Sus padres rentaban en la cercana y no mucho más tranquila colonia Agrícola Oriental.

Andaban de casa en casa con una andanada de ocho muchachos, cada uno un año mayor que el otro, de tal forma que su madre vivió embarazada prácticamente durante una década. Algún programa de gobierno les dio acceso a una vivienda propia. Aún aquí cabe la melancolía de los tiempos mejores. “Jugábamos en las calles. Éramos pocos. Ahora nuestros hijos no pueden salir de lo pesada que está la Unidad”.

–¿Qué pasó?

–Hace siete u ocho años comenzó a entrar gente de otros lados y, con la de aquí, se pusieron a vender drogas, a robar carros. A mí y a los míos, porque somos de aquí, nos respetan.

María Elena pertenece a la generación que se enamoró y desenamoró al ritmo de las baladas de José José y las piezas de Juan Gabriel. A ella la acechó un hombre bastante mayor que ella, que merodeaba por la secundaria en que la muchacha asistía.

“Andaba viendo qué pendeja se encontraba y me encontró a mí”.

Con él, María Elena aprendió a bailar. La pieza fue El Noa Noa.

Cuando quieras tú
divertirte más
y bailar sin fin
yo sé de un lugar,
que te llevaré (vamos al Noa)
y disfrutarás (vamos al Noa)
de una noche que
nunca olvidarás.
¿Quieres bailar esta noche?

No hubo mucha diversión. Casi bajando del altar, él se reveló como golpeador de mujeres. La golpeaba y la embarazaba. Le exigía que le cocinara de cierta forma y la golpeaba. Pedía la ropa planchada de tal manera y la golpeaba. La embarazaba y la golpeaba.

Así llegaron cinco hijos y quién sabe cuántos moretones en los ojos y boca de la mujer, dueña de una bella sonrisa que armoniza a la perfección su mirada con el movimiento de sus labios.

“Una vez me golpeó tan duro que se hizo un escándalo y tuve que denunciarlo. Entonces me abandonó con mis hijos. Se desentendió de todo y desde entonces yo me he ocupado como acomodadora de coches en el Centro o en el Bosque de Chapultepec; como empleada doméstica, y como cuidadora de personas mayores.

“Vivimos los seis con mil pesos a la semana. Creo que pude sacarlos. No recuerdo un día de descanso desde los 16 años. Fue muy durita la vida conmigo. Ahora mi hija menor tiene 14 y el mayor 31. Ninguno quiso estudiar. Uno trabaja en las ferias de juegos mecánicos, otro es vendedor de autopartes en la colonia Doctores y uno más es cargador en la Central de Abastos. Mi hija la grande está casada y su marido no la deja trabajar, porque es muy celoso.

–¿La golpea?

–No. Ya le dije que lo agarro a palazos si la toca. Y ha sido respetuoso.

–¿Y el marido de usted?

–Vive aquí, en la Unidad. Ahí anda, madreando a otra pendeja.

Es entonces que la del Príncipe de la Canción se le manifiesta a María Elena en todo su esplendor.

No sé, si vuelva a verte después,
no sé que de mi vida será
sin el lucero azul de tu ser,
que no me alumbra ya.
Hoy quiero saborear mi dolor…
No, pido compasion y piedad
la historia de este amor se escribió para la eternidad.

MONSTRUOS

Foto: Humberto Padgett, SinEmbargo

Aquí la gente se envicia en los callejones o andadores y ahí sí sólo quien es de aquí entra, dice el Wazowski. Foto: Humberto Padgett, SinEmbargo

Sus enormes ojos le trajeron el apodo de Wazowski, el personaje redondo y verde de Disney Pixar en Monster Inc. Pero, al contrario de éste, la versión que vive, camina, respira, se droga, sobrevive, recae, recae, recae y boxea en Ejército de Oriente es un muchacho delgado de unos 56 kilos de peso y 1.66 metros de estatura que sueña en convertirse en un peso mosca profesional con buen alcance.

Toda su vida ha vivido en Ejército de Oriente. Algunos de sus amigos están tan inmersos en el barrio que ni siquiera conocen el Centro Histórico de la Ciudad de México. Viven con todas las desventajas del Distrito Federal y ninguno de sus beneficios. El Wazowski es hijo de un taxista y un ama de casa, hermano de una muchacha que nació el mismo año que él, 1993, pero 11 meses después. Su familia llegó aquí, como casi todas las demás, inmigró de la colonia Morelos –mejor conocida como Tepito– tras los sismos de 1985.

El muchacho entrena boxeo y otras técnicas de pelea en el Centro para el Desarrollo de Escuelas de Combate, un edificio remodelado y que, no mucho tiempo atrás funcionaba como sitio de venta de drogas y de su consumo. Antes fue una lechería del gobierno federal y, antes de eso, una tienda de abasto popular.

Justo donde El Wazowski ahora hace estiramientos, ejercicios de sombra y rounds de preparación era que se perdía en una nube de solventes. Lo de sus hábitos era una consecuencia casi natural al alcoholismo que inició a los nueve años, cuando se escapaba de las clases de quinto grado con un amigo que robaba ampolletas de tequila de la alacena de su casa.

“Antes de entrar a la secundaria, comencé con el cemento y el activo. Mi amigo lo llevó en un frasquito de Gerber. Al principio me avergonzaba y me iba a monear hasta Santa Martha Acatitla. Nunca conocí un día normal: de la casa a la tlapalería para comprar el solvente y luego al callejón. Como pasó el tiempo me fui acercando al barrio hasta drogarme dentro de mi casa”, me platica al final de su entrenamiento.

–¿Qué porcentaje de tus compañeros de salón usaban drogas? –pregunto al muchacho.

Sonríe con sarcasmo.

–Todos.

–¿Y ellas?

–Todas. Aquí le ponen las abuelitas y sus nietos también. Aquí no hay problema. Sí entra la policía, pero de pasada y nomás viendo. No hacen operativo ni nada. Aquí la gente se envicia en los callejones o andadores y ahí sí sólo quien es de aquí entra. Y a veces ni eso. Es un laberinto.

Wazowski, ¿tú atravesarías tu colonia a las tres de la mañana?

–¡Nooooo! A la mejor sí la Cuarta Sección, que es la mía. Pero si me voy a las otras, tal vez las atravieso, pero con los tenis por delante.

–¿Conoces mucha gente presa?

–De mi familia sólo está mi prima por un rollo de robo a casa habitación. Todo el tiempo estaba apandada en Santa Martha y la mandaron a las Islas Marías.

–¿Cuántas tienditas hay por aquí, en la Cuarta Sección de Ejército de Oriente?

–En dos o tres cuadras a la redonda hay dos, tres… cinco.

–¿Qué hacías por un chorro de solvente?

–Cuando no tenía para pagar, yo me aguantaba. Había quien se dejaba poner los famosísimos bombones –golpes con el lado interior del puño cerrado sobre las mejillas infladas– hasta que les tiraban las muelas. ¡Les volaban las muelas! Las chavas dan cuerpo por 50 pesos de piedra. Diversión de los cabulitas.

El Wazowski viajaba hacia abajo cuando bebía y se drogaba. Escuchaba con sus tíos las canciones paternalistas y regodeadas en la miseria citadina del rock urbano surgido en los setenta y aún presente en los barrios de la periferia capitalina. Recuerda especialmente No puedo más de Liran’ Roll.

No, no sé qué hacer,
no sé ni a dónde ir,
no hay con quién hablar
me siento solo y quiero llorar.
Voy, voy camino hacia el cielo
para ver si yo encuentro
alguien como yo.

 

–¿Por qué dejaste de estudiar? –pregunto al Wazowski.

–Por el desastre, mi desastre. El vicio. Y porque estaba muy recia fuera de la escuela. Me asaltaron dos veces, me quitaron las cosas. Mi pensamiento estaba sólo para las drogas y en los golpes. Me gustaban los pleitos, me gustaba la adrenalina cuando peleaba.

Por esos tiempos, un hermano de su papá asesinó a un hermano de su mamá en la misma colonia. Meses después, asesinaron a otro de sus tíos. Ambos eran sus favoritos, con los que escuchaba a El Haragán y Compañía.

Mi muñequita de hule
de plástico, ho, ho.
Mi muñequita sintética,
mi muñequita sintética
inhalando bolsitas con resistol
te pasas la vida
perdida en un vaso de alcohol. 

Mil ideas albergas
en tu mentalidad,
¿qué haces durante el día
vagando en esta ciudad? 

Sabrá Dios
que dolor arrastres
no lo sé
ni qué sentimientos
abrazas en tu corazón.

Pero, invariablemente, todo terminaba con el estruendo ranchero de Vicente Fernández cuando, en la profundidad de la borrachera, tíos y sobrinos estaban autorizados para llorar.

* * *

La colonia Ejército de Oriente es un lugar con pocos templos católicos y plena de ermitas dedicadas a la Santa Muerte y a San Judas Tadeo, el patrono de las causas imposibles. El vacío dejado por Roma se ha llenado parcialmente por los cultos protestantes, no sólo más cercanos en las calles con su labor casa por casa, sino en las cárceles y en programas de apoyo a personas con adicciones.

Además, los evangélicos, ofrecen una música contemporánea más variada. En alguna de las entradas y salidas del Wazowski por los centros de ayuda se encontró con el ritmo salsero de Adolescentes Orquesta. Esta es Búscame, canción que su mamá le entonaba en los momentos en que la ansiedad por el vapor de solvente lo enloquecía:

Pero ten cuidado con los errores para que no pases
los sinsabores, te lo escribí mucho tiempo atrás: no robes,
no mates, no mientas, no jures por mí, no codicies cosas ajenas,
no cometas adulterio, ayuda al que necesita, ama a tu padre
y ama a tu madre y por favor ámame a mí aunque
sea los domingos aunque no me veas desde aquí
yo estoy mirándote no importa lo que hagas
yo estoy amándote hasta que aprendas la lección.

Pero la lección es una que el Wazowski parece condenado a repetir una y otra vez. Pareciera que sus tíos muertos se empecinan en volver y susurrarle al oído que vuelva, que no olvide las tardes con sus noches y esas noches con sus mañanas en que se desgañitaban cantando las miserias del amor.

Si acaso vuelves, entonada por Vicente Fernández:

Si acaso vuelves otra vez,
sé que si me ves
tienes que llorar
al recordarte con dolor
de alguien que te amó
con sinceridad.
(…)

Me fui muy lejos
para ver si acaso
me olvidaba de lo mucho que te amé
busqué otros brazos
para ver si acaso
me arrancaba de la sangre tu querer,
 pero cansado de buscar
donde refugiar todo mi sufrir
sólo me queda un gran dolor
 por tanto y tanto amor
que yo te di.

 MAÑANA CONTINÚA EL SOUNDTRACK DE LA CIUDAD PERDIDA 2: EL PARAÍSO