Los mosquitos corporativos que transmiten las pandemias del siglo XXI. Foto: Especial.

Las grandes pandemias ya no son trasmitidas por mosquitos, virus o bacterias. De acuerdo al grupo internacional de expertos que reunió la revista The Lancet, una de las más prestigiadas revistas científicas en salud en el mundo, quienes transmiten las pandemias actualmente son grandes corporaciones transnacionales. Las enfermedades transmisibles como la viruela que mató a aproximadamente 300 millones de personas, el sarampión con más 200 millones de muertes, la peste negra, el cólera, el tifus, etcétera, ya no son las principales causas de muerte en el mundo contemporáneo. Ahora la pandemia viene por las enfermedades llamadas no transmisibles: enfermedades cardiovasculares, cáncer, diabetes, hipertensión, etc, enfermedades que están relacionadas con los nuevos estilos de vida y, en especial, con el cambio en la alimentación, el tabaquismo y el consumo de alcohol.

“A través de la venta y promoción del tabaco, el alcohol y las bebidas y alimentos ultraporcesados (mercancías no-saludables) las corporaciones transnacionales son los mayores promotores de las enfermedades no transmisibles….llamamos la atención sobre el aumento de las ventas de estas mercancías no-saludables en países de ingresos bajos y medios y a considerar las estrategias comunes que las corporaciones transnacionales usan para mermar la prevención y control de las enfermedades no trasmisibles”, señalan varios autores que formaron parte del Grupo de Acción en Enfermedades No Transmisibles de la revista científica The Lancet.

En la sociedad de hiperconsumo se produce más para que se consuma más, sin importar las consecuencias en la salud, en el planeta. Para que se consuma más lo mejor es lograr que cada persona consuma más y que quien aún no consume el producto pase a consumirlo. En este sentido, parte de la industria que más éxito ha tenido en la sociedad del hiperconsumo es aquella que lo que produce es adictivo o puede convertirse en algo casi-adictivo. De hecho, lograr que el consumo sea por sí mismo una práctica adictiva es el mayor logro de la sociedad de hiperconsumo: volver a los individuos adictos al consumo, darle al consumo un valor de identidad, estatus, felicidad: que los individuos interioricen el sentido de ser por lo que se posee.

Los productos adictivos, por lo tanto, son los que más se adaptan a lo que busca la gran industria: que se consuma más para vender más. La primera víctima de esta práctica es la salud. Los daños generados por las enfermedades no transmisibles, la cantidad de muertes que están provocando, han rebasado por mucho las generadas por las enfermedades transmisibles. Y detrás de estas enfermedades no trasmisibles están las grandes corporaciones del tabaco, el alcohol y los alimentos y bebidas ultraprocesados.

El grupo de expertos reunidos por The Lancet señalan que son estas corporaciones las que con sus productos, su comercialización alrededor del orbe y sus estrategias de publicidad multimillonaria transmiten las enfermedades que más muertes están causando y mayores costos están generando a los sistemas de salud de las naciones y las familias. Señalan que sus mayores inversiones son ahora en las naciones de bajos y medios ingresos. Además, indican que son estas corporaciones las que, con su poder económico y político, bloquean las políticas de salud pública que se dirigen a reducir el consumo de sus productos, son estas corporaciones las que se oponen a que se brinde mayor información al consumidor sobre el daño de sus productos, a que se regule su publicidad, a que se les establezca impuestos y se limite la presencia de sus productos no-saludables en ciertos espacios.

Sobre la adicción al alcohol y al tabaco no hay ninguna duda. Se discute si puede hablarse de una adicción al azúcar y a la mezcla y composición de la comida chatarra basada en altas cantidades de azúcar, grasas y/o sodio. Diversas combinaciones de dos o tres de estos ingredientes, se ha demostrado, inducen a comer de más. El hábito de consumir bebidas azucaradas y, en especial, ciertas marcas de bebidas que combinan el azúcar con cafeína y otros ingredientes, llevan a comportamientos que suelen calificarse como adictivos. Más allá de concluir si el consumo de ciertos alimentos y bebidas ultraprocesados es adictivo, si podemos afirmar que estos productos inducen a un mayor consumo, a una mayor ingesta, y que desplazan el consumo de alimentos naturales o menos procesados.

Gobiernos de todo el orbe, en mayor o menor medida, han desarrollado diversas políticas para reducir el consumo masivo de alcohol y el tabaquismo y comienzan a hacerlas frente a las bebidas y alimentos ultraprocesados. Podemos imaginar cuál sería el nivel de tabaquismo si se mantuviera la libertad para publicitar las diversas marcas de cigarrillos, si el precio de las cajetillas estuviera sin impuestos a menos de la mitad, sin la prohibición de fumar en espacios cerrados. La sociedad ha tenido que demandar la regulación del tabaco para enfrentar a una industria que estaba penetrando hasta llegar a población de menores de edad, generando gastos catastróficos para toda la sociedad y millones de familias de los fumadores, lo mismo ha tenido que hacer frente al tabaco. En México se ha hecho algo al respecto, pero siempre, bastante a medias, debido a los acuerdos de funcionarios y legisladores con los poderes económicos, con estas grandes corporaciones.

En 2005 se denunció que en México las empresas Philip Morris y British American Tobacco, especialmente esta última, pago viajes a varios diputados y sus parejas a Brasil, Costa Rica, España y Francia como parte de una serie de dadivas que fueron bienvenidas por los legisladores mexicanos. Estos “regalos”, que no son más que formas de soborno, lograron que los legisladores votaran en contra de aumentar el impuesto a los cigarrillos.

Las mismas agencias de relaciones públicas, los mismos cabilderos y las mismas asociaciones empresariales mexicanas se han encargado de defender los intereses de la industria del alcohol, el tabaco, la comida chatarra y los refrescos, a través de un multimillonario cabildeo en el Congreso y en los medios de comunicación. Destacan entre los cabilderos personas que han tenido altos cargos como funcionarios públicos y ahora trabajan para la industria, personas que representaron y defendieron a la industria del alcohol y que ahora defienden a las refresqueras en contra de las políticas de salud pública.

El alcohol, como el tabaco, en la sociedad de hiperconsumo, ha logrado penetrar y estar muy accesible. La penetración se refuerza con el crecimiento de cadenas comerciales como Oxxo de FEMSA que se extiende por todo el país. Detrás de cada caja d epago de un Oxxo se encuentra una pared tapizada de cajetillas de cigarro, un hecho que destaca frente al llamado a dejar de exhibir el tabaco. Antes existía una regulación que limitaba la venta de alcohol a las vinaterías cuyas licencias se encontraban limitadas. Ahora los Oxxos llevan el alcohol a cualquier lugar. Y sobre los refrescos y la comida chatarra, los Oxxos contribuyen a la creación de los desiertos alimentarios, las zonas donde no pueden encontrarse verduras, frutas y productos frescos, son la expresión de la coca-colinización y chatarrización del país.

Al igual que un grupo muy reducido de grandes corporaciones dominan el mercado del tabaco, un puñado de grandes corporaciones dominan la mayor parte del mercado mundial de alcohol y una decena de empresas globales controlan una parte importante del mercado de alimentos y bebidas ultraprocesados. El poder económico se convierte en político para doblegar las regulaciones en varias naciones, especialmente las llamadas en vías de desarrollo.

En México es imposible conocer el gasto realizado por estas corporaciones para bloquear las políticas de salud pública que pueden afectar sus ventas. En San Francisco, con una población de menos de 1 millón de habitantes, la industria refresquera invirtió 10 millones de dólares para tratar de evitar un impuesto a las bebidas azucaradas, la mayoría de la población voto a favor. En Filadelfia, las refresqueras invirtieron más de 10 millones de dólares con el mismo propósito: evitar el establecimiento de un impuesto a sus bebidas. Fallaron, el impuesto fue aprobado. La inversión para la campaña de promoción del impuesto en Filadelfia fue de alrededor de 2 millones de dólares. Cuánto han invertido en México para atacar esta política en un país con más de 110 millones de habitantes.

La influencia se da fuertemente a través de las agencias de relaciones públicas, los cabilderos y las asociaciones empresariales aliadas para establecer la agenda en la opinión pública. Basta comparar la reacción de la industria de bebidas y la de alimentos frente a los impuestos que se establecieron en México. Cada año, desde 2014 que se establecieron estos impuestos, a partir de agosto comienzan las columnas en varios medios para atacar el impuesto a las bebidas azucaradas. En estas fechas es cuando inician las discusiones en Hacienda y empieza el cabildeo a los legisladores sobre las leyes de ingresos y egresos del año siguiente. Con el temor de que el impuesto aumente de 1 peso a 2 pesos como se ha recomendado internacionalmente, la estrategia es señalar que el impuesto no funciona. Sobre el impuesto a los alimentos con alta densidad energética no se dice nada, la agenda la ponen las refresqueras porque es la política que más les afecta, la que más temen, como lo demuestran documentos internos de Coca Cola.

Ni la industria de bebidas, ni los columnistas aliados a ella, hablan sobre las demás regulaciones que forman parte de la política contra la obesidad y la diabetes, nada sobre el etiquetado frontal que nadie entiende y promueve un consumo de azúcar que representa un riesgo a la salud, nada dicen de la ridícula regulación a la publicidad de estos productos, no dicen nada porque no afectan sus ventas, no dicen nada porque las mismas empresas diseñaron estas regulaciones junto con COFEPRIS y con la venia de la Secretaría de Salud. La atención y los ataques se dan contra la medida que los afecta en sus ventas, en sus ganancias. Las políticas contra el tabaquismo, el alcohol, la comida chatarra y las bebidas azucaradas buscan bajar el consumo de estos productos. Las empresas bloquean estas políticas porque afectan sus ganancias.

Los expertos de los centros académicos más importantes del Reino Unido, Brasil, Australia, Tailandia y Nueva Zelanda, comisionados por The Lancet escribieron: “La relación entre las corporaciones del tabaco, el alcohol, los alimentos ultraprocesados y las bebidas exponen el fracaso de los profesionales y hacedores de las políticas de salud pública de responder al efecto de los productos no-saludables en la salud global, y muestra como estas industrias socavan la salud pública”

La pandemia de obesidad y diabetes en México ha alcanzado dimensiones catastróficas para el sistema de salud y las familias. Las grandes corporaciones de alimentos y bebidas tienen un gran poder en nuestro país: influyen en los hacedores de las políticas públicas, llevan a sus aliados a los cargos públicos o al congreso, financian a instituciones académicas para realizar estudios a modo, nunca publicados en revistas científicas, financian asociaciones de diabetes y de profesionales de salud, hacen alianzas con instituciones públicas y realizan grandes inversiones para generar percepciones a modo sobre las causas de estas pandemias y el efecto de las políticas para combatirlas, para presentarse como empresas con responsabilidad social.

Las pandemias de nuestro tiempo están guiadas por la ganancia y es la corrupción y la ineptitud de los funcionarios y legisladores su mejor cultivo.