Imagen tomada de la red.

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La lujuria es mi pecado capital favorito, sin duda. Confieso que soy bien de esas. Casi diría que vengo de una estirpe lujuriosa, si se me permite tan pretenciosa aspiración.

Mi abuela iba a ser monja católica pero se escapó del convento en el que se preparaba para recibir los votos. Y luego se casó dos veces: con don Anselmo –mi abuelo– y con don Daniel –un marido legendario que vivió más de cien años–. Tuvo un último novio: don Antonio.

Se murieron los tres. Ella aquí sigue, va a cumplir 97 años, otro día les cuento los avatares de su longevidad.

No sé bien de sus impudicias carnales, para ponerme a tono con el catolicismo, pero tengo un recuerdo suyo que nunca voy a olvidar. En el pueblo michoacano a donde nos llevaban de vacaciones a mi hermana y a mí para estar con ella (vaya concepto de vacaciones el que tenía mi madre porque mi abuela siempre fue una cabrona que soltaba regaños y palos a la menor provocación) había una iglesia y una plaza con merenderos. Y ya. No había más.

Mi abuela me remolcaba con ella a misa de seis o de siete o de sepa la madre porque toda la bendita tarde se oficiaba una misa. El caso es que yo la acompañaba motivada por  razones culinarias: al salir, pasábamos a cenar a un merendero. Y yo moría por comer uno de esos tamales que se llaman corundas; son una delicia hecha de maíz, manteca, sal y el ingrediente secreto: ceniza de encino. Se envuelven en hoja de milpa o carrizo. Una verdadera gloria. Dicen los que saben que son herencia de la cocina purépecha. Mi abuela me compraba una y me la preparaba cubriéndola de crema, queso y una salsa roja espectacular. Ella comía dos o tres. El remate inmejorable de ese manjar hedonista era beber un chocolate caliente, uf, estoy babeando. Porque decir chocolate es decir lujuria y el que opine lo contrario abandone esta lectura ya mismo. (No es cierto, no me abandonen, nomás estoy de bocazas).

No hablábamos, nos sentábamos a comer en silencio. Doña Paz rondaba los sesenta y cinco años, yo los cuatro o cinco. El placer con el que mi abuela se entregaba a comer era casi perturbador: era una lascivia aguda, bien afilada, concentrada, única. Le brillaban los ojos, dejaba que el rebozo le descubriera la cabeza y toda ella era la imagen del apetito por los deleites carnales.

Pero la cosa no terminaba ahí, siempre, como aparecido de alguna grieta de esas paredes de adobe, se apersonaba un señor de sombrero que se sentaba junto a ella. Era alto, de una pieza, a mi memoria le da la gana ponerle una chamarra color verde claro. Y se formaba esta alineación de cuerpos: el sombrerudo, mi abuela y yo.

Iba a decir que ellos tampoco hablaban pero nada sería más falso. Sí que hablaban, por debajo de la mesa y por debajo del rebozo algo se movía. Misteriosos juegos de manos que yo no veía ni entendía bien pero intuía de qué iba el intercambio. Y sé que no se estaban dando detallitos sino de tallones (mi hermana dixit).

Hasta que mi condición de voyeur prematura o de jugadora de banca se agotaba y salía a la calle a esperar a mi abuela. Luego ella aparecía más lúbrica que ante el plato de corundas y regresábamos a la casa. Ni crean que le daba la mano durante el trayecto, no fuera a ser que se me pegaran sus fluidos. Además de que se envolvía en su rebozo casi emulando al tamal que recién habíamos cenado y era imposible tocarla.

A partir de entonces no hubo reunión en la que no me imaginara qué estaría pasando debajo de la mesa entre los adultos. O sentada en el salón de clases me preguntaba cómo sería el cuerpo desnudo de mis maestros, cómo serían sus calenturas privadas y, desde luego, sus misteriosos genitales. Hubo una época que me valió inolvidables bofetadas en la que me daba por tirarme al piso para verle los calzones a mi mamá. Perdón pero justo aquí me veo obligada a abrir un paréntesis: las mujeres sí pensamos en sexo. Insistentemente, recurrentemente. En variadas formas, fantasías y retorceduras mentales. Digo, por si lo dudaban. Nada más falso que ese cliché insostenible de que sólo los hombres piensan en sexo.

Con todo y regaños o bofetones pagados por mi desacato sólo puedo decir: bienaventurados los lujuriosos, bienaventurados los que están llenos de sensualidad, los que fornican.

Les deseo que deseen. Que experimenten el mal del animal, el hambre, las ganas.

Yo creo que si algún dios prohibió fornicar será el dios de la desolación, un dios tanático y depresivo. El otro, el que tanto habla del gozo de vivir y de la bondad, sólo puede procurar que seamos seres radiantes y voluptuosos.

Soy una caliente de la vida, como toda mi familia. Pero no les digan porque no a todos les va a gustar escucharlo. Lo veo en los ojos de mis hermanos y hermanas, en mis sobrinos, lo oigo en nuestras carcajadas escandalosas y cachondas, en nuestras comidas domingueras que invariablemente terminan en bailes y cantos. Y sí, ser un caliente de la vida es ser un enamorado irremediable porque todos los calientes queremos, necesitamos ser de alguien. Y querer ser de otro también es amar.

Concluyo: coger es un homenaje a la existencia. Es amar a Dios por sobre todas las cosas y sobre el prójimo o la prójima ya es un grado de elevación espiritual absoluto.

Por si no han desayunado los conmino, vamos a comer tamales o a tomar chocolate caliente.

O vamos a fornicar.

@AlmaDeliaMC