Al parecer finalmente se logró que los refrescos azucarados paguen un peso de impuesto, y del otro lado que aquellos alimentos que tienen en porciones pequeñas un alto contenido calórico también reciban un impuesto especial del ocho por ciento. Escucho a la industria desgañitarse furiosa con distintos argumentos justo en contra de estas propuestas, y sin embargo son propuestas que, desde mi punto de vista, se sostienen por la bondad que producirán.

Por Ricardo Raphael