El fracaso del PAN no sólo estriba en que perdió la presidencia; corre el riesgo de haber perdido a sus militantes. O peor aún, haber extraviado su mercado político natural, la derecha ideológica, a manos del PRI. Y me parece que de las tres pérdidas la última es la más grave.

Salir derrotado en las elecciones presidenciales, se vale, como dijo estos días Felipe Bravo Mena, ex dirigente de este partido. De cualquier manera, el PAN no se iba a quedar 50 años. Lo que duele de su derrota es que haya sido por las malas razones. Y eso no lo dijo Bravo Mena. Si el PAN hubiese perdido porque fracasó en el intento de poner en práctica las banderas enarboladas durante décadas de lucha como oposición, habría sido una derrota más que honrosa. Si hubiese intentado el combate a la corrupción y a la desigualdad y la profundización de la democracia, el PAN habría caído con la frente en alto. Y más importante aún; pese al descalabro habría dejado una administración pública más limpia y un andamiaje institucional más transparente y democrático.

El problema es que el PAN cayó porque terminó convertido en una mala copia del PRI. Sabíamos que no tenía el oficio de los priístas; lo que no sabíamos es que tenía las mismas mañas. A eso me refiero cuando afirmo que cayó por las malas razones.

La pérdida de militantes es menos grave. Todo indica que su patrón de afiliación terminará en torno al medio millón de personas (entre adherentes y militantes), tres veces menos de los que tenía hace una semanas. Pero el PAN nunca ha sido un partido de masas, sino de simpatizantes en las urnas. De hecho la espuma que se adhirió en los últimos años tenía que ver más con el interés por un puesto político que por una identidad partidista o ideológica.

Justamente por ese motivo, lo verdaderamente preocupante para el PAN es que el PRI también amenaza con arrebatarle la simpatía del votante de derecha. Si el PAN pierde eso se queda sin nada: sin banderas legítimas, sin militantes suficientes y sin atractivo para el votante natural de derechas.

Desde luego que para un ciudadano ideológicamente muy conservador, católico activo y creyente, y opositor a la intervención del Estado en la vida pública, el PAN seguirá siendo la primera opción electoral. Pero ahora con reservas: ni siquiera con ese programa ideológico el PAN fue consecuente cuando se convirtió en gobierno. De hecho fueron los presidentes priístas tecnócratas (Miguel de la Madrid, Carlos Salinas y Ernesto Zedillo) quienes privatizaron una porción de la administración pública y redujeron efectivamente el peso del Estado mexicano. Ni Fox ni Calderón profundizaron lo que habían iniciado los tres primeros.

El problema para el PAN es que el PRI que llegó al poder proviene de la derecha empresarial. El grupo Atlacomulco, al que pertenece Peña Nieto, ha sido la fracción priísta más cercana a la iniciativa privada desde los tiempos del profesor Carlos Hank González. Los descendientes de este último ilustran el perfecto maridaje entre los negocios y la política: un nieto se llama justamente Carlos Hank González, pero el González no es de los Hank sino de la hija de Roberto González el recién fallecido dueño de Banorte y Maseca. Y qué decir de Jorge Hank Rohn, propietario de la mayor cadena de casinos del país y aspirante a la gubernatura de Baja California.

En otras palabras, Peña Nieto fue el verdadero candidato de la iniciativa privada incluyendo al empresariado medio. Este sector que fortaleció al neopanismo de los años ochentas y noventas en el norte, hoy estaría con el PRI. Fue tan ineficiente el PAN en materia económica, en sanear el ambiente comercial y productivo o en incentivar la verdadera competencia, que hoy en día ha perdido la simpatía de aquellos que comulgan con la iniciativa privada.

Esto es muy peligroso para el PAN. Las elecciones no se ganan con el exclusivo apoyo del viejo mocho o la ama de casa moralina opuesta al aborto. Por lo demás, los bastiones regionales panistas ubicados en el Bajío y el Norte del país han sido los más flagelados por la inseguridad y el predominio del narco tráfico que padecimos con el calderonismo. La población civil tiene pocas razones en estas zonas para simpatizar con el PAN que se acaba de ir.

En suma, el PAN se ha convertido en un espejismo de lo que fue. Eso es peligroso para el país. La mayor parte del territorio es bipartidista en realidad: el sur y el centro se debaten entre PRI y PRD; el Norte y el Occidente entre el PRI y el PAN. El desplome de este último deja al tricolor como partido único en amplias regiones de México. Y peor aún, lo deja como fuerza predominante del centro y de la derecha ideológica. Demasiado poder para nuestra endeble democracia. ¿No cree usted?

@jorgezepedap

www.jorgezepeda.net