No nació en México y sin embargo es más mexicana que la mayoría. Ha dedicado más horas al periodismo que a escribir ficción y sin embargo le otorgaron un premio por su literatura. Es de izquierda y sin embargo la llaman princesa. Es una mujer dulce y sin embargo impresiona por su fortaleza. Ganó el premio Cervantes y se llama Elena Poniatowska.

Los contextos importan y este caso no es excepción. ¿Por qué la eligieron a ella justo cuando el alma española anda medio fracturada? En la pregunta va la respuesta. Porque Elena es de esas escritoras que con su narrativa sabe hilar lo que en su vida, su país y su cultura suele permanecer separado.

Poniatowska no es una mujer que pertenezca a la elite pero la elite se ha obligado a escucharla. Es así por su origen europeo, medio noble, francés y ruso. En su historia carga, un poco por azar, con esas distinciones que la alta burguesía latinoamericana prefiere apreciar. Al mismo tiempo ella decidió ser la voz de los personajes inaudibles. Antes que cualquier otras cosa, ella es entrevistadora. La pregunta ha sido su principal herramienta de trabajo. Pregunta al escritor, al político o al poeta pero sobre todo interpela, cuestiona y obtiene respuesta de quienes no son escuchados: la mujer que tiende la ropa, el estudiante encarcelado, el vecino que lo perdió todo durante el terremoto.

Con bastante ingenio Guadalupe Loaeza la llamó recientemente La Princesa Roja: sobre todo por roja. Y es que ella no oculta su identidad ideológica, o dicho con mayor precisión, su identidad moral. La pobreza física y también la del espíritu recorren la obra de Elena. Su pluma, plagiando a Mariano Azuela, está dedicada primero a los de abajo.

La inclinación de su pluma es una forma de aproximarse al mundo, igual a como lo hace la lente del fotógrafo o el microscopio del científico. Por eso la obra de Elena – al tiempo que refleja realidades dolidas – es universal.

¿Por qué el Cervantes para ella? Resulta que en estos días – cuando los puentes han sido quebrados – la narración de Elena logra conectar archipiélagos. La crisis española no solo es económica. A la Madre Patria le ha quedado claro que, o se reinventa o volverá a ser, como en 1898, la patria decadente. Y para renacer los españoles miran en estos días con entusiasmo hacia América Latina.

Saben que aquí está el 30% de la población mundial. Aquí y también en el sur de los Estados Unidos. Las Américas inspiran otra vez al viejo continente. Son la referencia de futuro como España lo fue para las generaciones de hispanohablantes durante los años ochenta y noventa del siglo pasado.

Son miles los españoles que otra vez han dejado su país en búsqueda de una oportunidad. Los bancos, las editoriales, las casas hoteleras, los restauranteros y un largo etcétera de personajes ibéricos han vuelto a hacerse a la mar para buscarle sentido a un porvenir que en España anda abollado.

En esa excursión el Cervantes de este año topó con Poniatowska. Como en el poema de Andrés Eloy Blanco, Elena es la hilandera; la que es capaz de volver a coser con su literatura lo que se ha quedado roto. La que sabe denunciar, entregar voz, la que posee talento para preguntar, la que entiende que la fuerza sincera nunca es soberbia. Ella que, como solo puede hacerlo la buena literatura, reúne con las palabras a quienes se viven cotidianamente aparte. Los signos de puntuación de Elena y los de exclamación también, sus comas, sus adjetivos, su sentido del humor; su esmero y rigor; la selección de sus temas; la belleza de sus descripciones; la manera como honra a quienes merecen honores. La dignidad con la que habla de las mujeres que cantan y también sobre las que esconden lo que sienten.

Todo esto es el material con que Poniatowska teje lazos y luego los estrecha y al final nos estrecha a todos: los que vivimos de un lado y del otro del Atlántico, de un lado y del otro del Ecuador.

El premio Cervantes para Elena Poniatowska es un reconocimiento explícito a la literatura que nos está haciendo falta. No se pelea con el talento culterano pero en estos tiempos lo coloca en el estante que le corresponde. En cambio, ilumina la experiencia plebeya de nuestras letras y desde ahí reconstruye formas muy potentes para la comunicación.

¿Cuánto habría gozado Carlos Monsiváis si hubiese visto al rey de España besar la mano de Elena Poniatowska? Como mexicano se habría sentido muy bien representado. Igual me ocurrió a mi y a muchos otros. ¡Qué lástima, sin embargo, que el Estado mexicano haya dejado tan sola a nuestra Elena! Pero ese asunto es harina de un saco de vanidades que ya ha merecido agria crítica en otras partes.

A lo importante: Gracias Elena por tu literatura, tu periodismo y sobre todo tu estatura tan moralmente mexicana.