Como si de un guión perfectamente ensayado se tratará, el anuncio anticipado del presunto triunfo de Enrique Peña Nieto con el 20 por ciento de las casillas escrutadas, nos devuelve 70 años atrás para ubicarnos nuevamente en las cavernas del viejo sistema.

¿Fue un déjà vu lo que vivimos anoche? ¿Un guión de telenovela escrito con suficiente anterioridad? ¿Un retorno al autoritarismo? ¿Un simulacro del sistema democrático? ¿Un triunfalismo de ficción?…

Hay que reconocer que el PRI conserva toda su maquinaria del “carro completo”. Tiene una estructura reforzada de compra de voto, manipulación del electorado y corporativización de la voluntad popular a través de la explotación de la pobreza. Las elecciones de ayer nos demuestran que el PRI no solamente es el mismo partido sucio y tramposo, sino que durante 12 años de oposición, ha hecho aún más burda y esperpéntica su fraudulenta actuación política.

México dista mucho de ser una democracia. Y lo peor del caso, es que necesitará varias décadas para alcanzar mínimamente una madurez electoral que le permita tener algún día unas elecciones limpias, sin incidentes y bajo la certeza de la legalidad.

Estas elecciones, desde luego, han dejado mucho que desear, por decirlo elegantemente. Las quejas “mínimas”, como dice el IFE, se concretaron en más de 3 mil 562 “incidencias” en las casillas y 667 investigaciones de la FEPADE y 62 averiguaciones previas. Esto quiere decir que nos falta mucho para tener una elección perfecta o casi perfecta.

El viejo sistema persiste: acarreo, despensas, compra de voto con tarjetas de despensa, dinero en efectivo, coacción, amenazas, corporativismo sindical, sucios arreglos por encima de la legalidad, robo de urnas a punta de pistola… El IFE se dedicó a ser testigo de las cochinadas y no hizo nada.

La noche electoral fue un patético espectáculo de república bananera, una escenografía pactada y desarrollada bajo el guión estipulado por “el elegido” de los dueños de México.

El PRI sigue manteniendo cuadros políticos muy bien estructurados. Su representación en las casillas es del 91.52 por ciento, muy por encima que la del PAN con 70.31 y del PRD con el 50.26. Si los partidos pretenden defender las elecciones, deberían empezar por tener por lo menos un representante en cada una de las 143 mil 132 casillas.

¿Cómo es posible que Josefina Vázquez Mota admita su derrota con apenas el 2 por ciento de los votos escrutados?… ¿Cómo es posible que al mismo tiempo Quadri haga lo propio?… ¿En qué momento se pusieron de acuerdo con Enrique Peña Nieto? ¿Qué fue lo que negociaron para ser parte de ese patético guiñol? ¿Que van a recibir a cambio?… Pronto lo sabremos.

El discurso triunfalista de Peña Nieto que nos devolvió de golpe años atrás, con el tono de Luis Echeverría o José López Portillo es inaceptable en una democracia seria. Tampoco lo es, el mensaje de Felipe Calderón dando como “virtual” triunfador a su gallo. Era una diferencia de tres puntos con el 20 por ciento escrutado y la cargada a favor de Peña fue total y absoluta sin respetar las reglas del juego democrático.

Hizo bien Andrés Manuel López Obrador en señalar que esperara a los resultados oficiales. Hay mucha gente esperando su postura, pero tendrá que llegar bajo el criterio fehaciente de los resultados.

Enrique Peña Nieto fue investido presidente de México por Televisa desde hace años. Y las encuestas mentirosas se encargaron de sostenerlo. No es de extrañar entonces, que los “periodistas” de tan independiente televisora lo lanzaran como triunfador al cierre de las casillas.

Al parecer a nadie le importó que los resultados preliminares del IFE con su conteo especial de casillas respresentativas no fueran los definitivos. ¿Cómo es posible que Leonardo Valdés Zurita rompa las reglas de su propio juego declarando virtual vencedor a EPN?

Me pregunto si el presidente del IFE publicará próximamente un libro reconociendo que hubo fraude electoral como lo hiciera su antecesor, el impresentable Luis Carlos Ugalde. El IFE sigue siendo la gran asignatura pendiente de este país. El PREP fue un auténtico fiasco, funcionó mejor hace seis años; su lentitud fue desesperadamente inoperante. Su falta de acción, su nula imparcialidad lo convierte en una institución verdaderamente onerosa que debería desaparecer. Si el IFE fue creado para legitimar cada seis años un guiñol democrático, deberíamos por lo menos, reducirle al mínimo su presupuesto.

Calderón y Valdés Zurita pasarán a la historia como dos magos prestidigitadores capaces de ensayar de manera obscena un teatro que ya todos nos sabemos. ¿Por qué será que en México no podemos tener una elecciones democráticas limpias?

No sabemos que pasará, pero parece claro que el viejo sistema ha impuesto a su candidato por encima de la voluntad popular. El carro completo fue posible, esta vez, gracias al apoyo incondicional del duopolio televisivo, el respaldo presidencial y la ayuda de los ricos dueños de México.

Más allá de la respuesta de los estudiantes y el electorado, el viejo sistema volvió y pretende quedarse. Más nos vale, armarnos nuevamente de paciencia para combatirlo.

Esto apenas empieza.