El nivel de consumo de bebidas azucaradas entre los niños es un indicador muy certero del grado de caries dental, incluso, independiente de la práctica del cepillado. Foto: Cuartoscuro

El nivel de consumo de bebidas azucaradas entre los niños es un indicador muy certero del grado de caries dental, incluso, independiente de la práctica del cepillado. Foto: Cuartoscuro

Entre los escolares mexicanos un 60 y 90 por ciento  presenta caries, mientras los adolescentes ya han perdido un promedio de tres piezas dentales. En general, se calcula que 101 millones de mexicanos, el 90 por ciento de la población sufre de caries. En naciones de altos ingresos se calcula que la caries y las enfermedades de las encías ocupan entre el 5 y 10 por ciento de los costos en salud. En nuestra sociedad los costos de la caries caen en el bolsillo de las familias. Las poblaciones indígenas que, en general, se distinguían por dentaduras fuertes, ahora son los más afectados por esta epidemia que es la que alcanza a más personas. Se estima que más del 50 por ciento de la población del país no tiene acceso a atención médica bucal y acuden cuando el problema ya se ha agudizado.

La Organización Mundial de la Salud, después de una revisión de cientos de estudios y evidencia científica recopilada alrededor del mundo, estableció un límite de consumo de azúcar añadida para la protección de la salud bucal. Ese límite para un adulto es equivalente a un máximo de 5 cucharadas cafeteras en todo un día, que para el caso de los niños sería menos. Un solo frutsi es suficiente para que un niño rebase el límite recomendado para proteger su salud bucal. El límite es rebasado diariamente por la mayoría de los niños mexicanos a través de los cereales azucarados, los néctares y jugos, los yogures azucarados y, principalmente, las bebidas azucaradas que consumen.

En el caso de México, en que el 70 por ciento de los azúcares añadidos que consumimos provienen de las bebidas azucaradas, el nivel de consumo de estas bebidas entre los niños es un indicador muy certero del grado de caries dental, incluso, independiente de la práctica del cepillado. Es decir, el cepillado dental baja el riesgo, pero no es suficiente para evitar las caries en un niño que consume bebidas azucaradas en la proporción que lo vienen haciendo la mayoría de los niños en nuestro país.

Los refrescos empiezan por dañar los dientes, ahí inicia su impacto que tiene un muy alto costo en la salud y las finanzas de las familias mexicanas, especialmente, de las más pobres. Sigue a través del síndrome metabólico, es decir, diversas alteraciones que degenerarán a futuro en diabetes y enfermedades cardiovasculares.

Se estima que el 14 por ciento de la población mayor de 20 años en nuestro país sufre de diabetes, aunque un gran porcentaje no lo sabe. Igualmente, en muchos casos las personas se enteran que tienen diabetes cuando van al médico porque están perdiendo la vista o están desarrollando un pie diabético. Se piensa que la diabetes y las enfermedades cardiovasculares viene a consecuencia del sobrepeso y la obesidad. El sobrepeso y la obesidad, sin duda, aumentan el riesgo de estas enfermedades, sin embargo, la diabetes y las enfermedades cardiovasculares pueden desarrollarse por un alto consumo de azúcares añadidos sin necesidad de que la persona pase por el sobrepeso y la diabetes. Esta es una realidad, especialmente con población susceptible a desarrollar la diabetes con mayor facilidad como lo es la población amerindia.

La industria refresquera ha querido engañar a la población, como en su momento la del tabaco, negando los daños específicos de sus bebidas, argumentando que todo se reduce a un consumo y gasto de calorías. Las calorías no son iguales, como no lo son tampoco los azúcares naturales que vienen en la fruta y algunas verduras con los azucares que son añadidos a las bebidas y los alimentos.

Los daños de los azúcares añadidos en las bebidas han querido ocultarse como la industria del tabaco ocultó la adicción a la nicotina y su relación con el cáncer del pulmón. En 1963, en un documento interno de la industria del tabaco se escribía: “Nosotros estamos, entonces, en el negocio de vender nicotina, una droga adictiva”. Treinta y un años más tarde, los presidentes de las compañías tabacaleras más importantes declararon frente al Congreso de los Estados Unidos, bajo juramento, que no había evidencia de que fumar provocara cáncer del pulmón y que la nicotina fuera adictiva. El año pasado, unos meses antes de intentar bajar el impuesto a las bebidas azucaradas, el director del Internatinal Lifescience Institute (ILSI) en México, un funcionario de Coca Cola en México, trajo a México a un grupo de “expertos” que han trabajado para la industria, a realizar un foro en el que declararon que no había evidencia de que las bebidas azucaradas estuvieran relacionadas con el sobrepeso, la obesidad y la diabetes y que las regulaciones y medidas como el impuesto no servían. A principio de este año ILSI internacional envió un comunicado en el que informaba que se cerraba la oficina de ILSI en México tras el desprestigio que este acto le generó.

En febrero de 2003 la Organización Mundial de la Salud circuló un borrador del documento que sería después la estrategia global de nutrición y actividad física en el que llamaba, entre otras cosas, a reducir el consumo de grasas y azúcares. Seis palabras en el documento levantaron en su contra el cabildeo de la industria del azúcar de los Estados Unidos: “limitar el consumo de azúcares libres”. Los azúcares libres son los que añadimos a las bebidas y alimentos. Lo que la OMS recomendaba era bajar el consumo de bebidas azucaradas y alimentos ultraprocesados que los contienen. El ataque de la industria estadounidense no tardó en levantarse contra estas recomendaciones. La Asociación del Azúcar de los Estados Unidos, desde la productora de azúcar de caña, pero especialmente, la de jarabe de maíz de alta fructuosa, y de tras de ella los productores de maíz, las refresqueras y toda la industria de bebidas y alimentos, presionó a las autoridades estadounidenses para oponerse a esa simple recomendación: “limitar el consumo de azúcares libres”.

El gobierno de los Estados Unidos, en su defensa de la industria del azúcar y sus productos, llegó al grado de amenazar a la Organización Mundial de la Salud con retirar sus contribuciones de 406 millones de dólares anuales a este organismo. En defensa del azúcar, los Estados Unidos estaban dispuestos a poner en riesgo la viabilidad financiera del organismo que protege a la humanidad de las grandes pandemias infecciosas, que lleva los programas internacionales contra la malnutrición, el bioterrorismo y otras amenazas a la salud. El gobierno de los Estados Unidos se encontró aislado en sus ataques contra las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud y tuvo que dar marcha atrás.

Si la evidencia sobre los daños del tabaco hubiera sido reconocida por los gobiernos a fines de los años 50s, millones de vidas se hubieran salvado. Las medidas regulatorias en las naciones de altos ingresos han bajado el consumo de tabaco y con ello los daños a la salud y las muertes asociadas a su consumo. La evidencia sobre los daños de las bebidas azucaradas, del azúcar añadida a los productos, son tan contundentes, que si tomáramos medidas más fuertes dirigidas a bajar su consumo, estaríamos protegiendo la salud y vida de millones de personas.

Tenemos en México un impuesto a las bebidas azucaradas que bajó su consumo en un 6 por ciento en su primer año de implementación, sobreviviendo a la campaña más exitosa de Coca Cola (“Comparte una…”) y a sus estrategias comerciales. Entre los sectores más pobres redujo el consumo en 9 por ciento a lo largo del año. Al final del primer año, en diciembre de 2014, el consumo había bajado a 9 por ciento en la población en general y entre los más pobres, en 17 por ciento. No sabemos todavía cómo se comportó el impuesto en 2015. La industria ha pagado sus propios estudios para decir que el impuesto no ha funcionado y distribuye sus resultados por el mundo para que esta medida no se implante en otros países. La preocupación de la industria de bebidas por el impuesto es proporcional a su efecto en la baja de consumo. El impuesto fue del 10 por ciento y no del 20 por ciento, como recomendaban los organismos internacionales.

Se estima que los mexicanos tendríamos que bajar el consumo de bebidas azucaradas en, al menos, un 50 por ciento. Si modificamos el etiquetado frontal de los productos y logramos uno que realmente permita a los consumidores identificar que el producto tiene muy altas cantidades de azúcar, podríamos bajar el consumo otro 6-7 por ciento. Si realmente se limita la publicidad de estas bebidas a los niños podríamos bajar otro 4-5 por ciento. Si sacamos estas bebidas de todas las escuelas y espacios dedicados a los niños, podríamos bajar otro poco más su consumo. Y si aumentamos el impuesto a las bebidas azucaradas lograríamos, por esta sola medida una baja de, al menos, 15 por ciento.

Las evidencias sobre los daños son públicas, los estudios pagados por la industria no pueden ocultarlas. Nuevas evidencias sobre el carácter adictivo del azúcar, que se genera desde temprana edad con el consumo de estos productos, están surgiendo. Está llegando el momento en el que las estrategias para ocultar los daños y negar la evidencia de los beneficios que traen las regulaciones: ya no son efectivas.

Por lo pronto, con adolescentes que han perdido ya tres piezas dentales; con 70 por ciento de los adultos con sobrepeso u obesidad y con 14 por ciento de los mayores de 20 años con diabetes. Así nos encontramos los mexicanos: chimuelos, gordos y diabéticos.