“Había mucha gente, eran como mil personas, la mayoría hombres, la mayoría jóvenes. Torturaban, violaban, mataban; hacían con la gente lo que querían. Día tras día. Yo les serví durante meses. Luego, un día cualquiera, me dejaron ir con una advertencia: no digas nada porque te matamos. Y a tu familia, también”.

Esta declaración  pertenece a un sobreviviente de un campo de detención clandestino del Ejército mexicano ubicado en algún estado fronterizo. La identidad, por obvias razones, se reserva.

Otro testimonio: “Era como una unidad deportiva, un gimnasio. Todos estábamos con los ojos vendados, pero cuando me golpeaban se me movía la venda y podía ver. Al llegar, nos desnudaron. Me colgaron de las manos para tablearme. Pensaba que me iban a matar. Éramos varios. Sólo oía los gritos y el llanto de otros. Me decían: “Ya se nos murió uno. ¿Quieres ser el próximo? Coopera. Di que la Marina te rescató, – le exigían sus captores –, di que eres Zeta, que vendes droga, que eres del crimen organizado”, cuenta Daniel Rodríguez Morales detenido en un operativo de la Marina puerta por puerta en la colonia San Pedro 400 en San Pedro Garza García, Nuevo León y ahora  preso en la cárcel de Apodaca.

Uno más: “Nos secuestraron entre Ciudad Victoria y Matamoros. Nos salieron por una brecha. Dijeron que eran Zetas, que ahora íbamos a trabajar para ellos. Nos llevaron a unos barracones en el monte donde había más gente, todos hombres. Para divertirse se ponían a matar uno por uno. Nos tuvieron meses trabajando, hasta que me escapé”, dice un migrante de San Luis Potosí que anda buscando a su hermano en los anfiteatros de la frontera.

Y el último: “Entraron en la madrugada a las casas. Se los llevaron al Motel California de Miguel Alemán, Tamaulipas. Allí tenían instalado un cuartel los marinos. Los que han dejado ir, dicen que en ese lugar los torturan y que han visto como se les muere gente”, asegura el familiar de un desaparecido de Sabinas Hidalgo, Nuevo León.

Estos testimonios y otros confirman las sospechas de que en México hay Centros Clandestinos de Detención. No sabemos cuántos, pero si podemos determinar quien los administra: el crimen organizado, el Ejército y la Marina.

A lo largo de la historia, los campos de concentración han sido utilizados en distintos países para encerrar opositores políticos, grupos étnicos, religiosos o de determinada orientación sexual. Es importante señalar que a diferencia de un campo de prisioneros de guerra, los campos de concentración son utilizados para encerrar a no combatientes, sin juicio previo ni garantías individuales.

Durante la guerra de Felipe Calderón se han registrado violaciones sistemáticas de derechos humanos. El Ejército acumula más de 5,000 denuncias y la Marina continúa la senda de abusos e impunidad castrense. En ambos casos, hay casos documentados por la CNDH y organizaciones no gubernamentales, de tortura, ejecuciones sumarias y desaparición forzada.

¿A dónde van a parar todas esas personas detenidas por el Ejército y la Marina, sin una orden de aprehensión? Evidentemente a un campo de internamiento clandestino. Los instalan donde quieren: en una unidad deportiva como en San Nicolás de los Garza, Nuevo León; en un lienzo charro como en Hidalgo, Coahuila; o en un motel de paso como en Miguel Alemán, Tamaulipas.

Desde que Calderón decidió sacar el Ejército a las calles, el territorio nacional se ha cubierto de improvisados cuarteles. Los instalan por varios meses en cualquier lugar de la República. Los van cambiando de moteles, ranchos o recintos feriales, dejando un reguero de casos de desapariciones forzadas.

El confinamiento ilegal de ciudadanos sucede ante el silencio cómplice de muchos: diputados, senadores, jueces, ministerios públicos, periodistas, funcionarios de los distintos niveles de gobierno. La mayoría prefiere mirar hacia otro lado. Pero los casos abundan. Se calcula que hay más de 30,000 desaparecidos. No existen estadísticas, mucho menos cifras oficiales. Los desaparecidos se acumulan en las organizaciones civiles dedicadas a la defensa de los derechos humanos, ante la indolencia del Estado, ante la inacción del gobierno.

Estas instalaciones secretas empleadas por el crimen organizado y las fuerzas armadas tienen por objetivo estructurar un plan sistemático de desaparición de personas. Existieron en Argentina durante la dictadura militar. De 1976 a 1983 hubo alrededor de 15 Centros Clandestinos de Detención (CCD), divididos en dos categorías: los (LRD) Lugar de Reunión de Detenidos, con capacidad para alojar, torturar y ejecutar a una gran cantidad de personas y los (LT) Lugares Transitorios que tenían una estructura de organización provisional mientras los detenidos-desaparecidos eran trasladados a los otros centros clandestinos.

El plan de guerra contra el narco de Felipe Calderón incluye la desaparición forzada, la tortura, las ejecuciones sumarias de población civil. Si los generales y almirantes se dedican a violentar el marco constitucional bajo el pretexto de la lucha contra el crimen organizado, se convierten en vulgares delincuentes con patente de corso. Donde hay Centros Clandestinos de Detención, también hay paramilitares; y donde existen paramilitares, hay escuadrones de la muerte. Y en el México actual padecemos esta trilogía de la muerte.

Las conclusiones de la visita del relator de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos del 26 al 30 de septiembre son contundentes: el gobierno de Felipe Calderón no está aplicando mecanismos de investigación y búsqueda eficientes en torno a los miles de desaparecidos: “Las desapariciones forzadas son el tema que más preocupa a esta relatoría, porque es el más atroz de los crímenes, pues afecta a la víctima y a su familia, que es sumida en la peor de las angustias”, dijo el relator Rodrigo Escobar Gil.

Para llegar a las “narco-cocinas” como vulgarmente se les conoce a los campos de exterminio que existen en México donde se cuece en ácido, se pozolea, se calcina personas; primero los desaparecidos han tenido que pasar por Centros Clandestinos de Detención. ¿Cuántos hay? ¿Dónde están?

Jorge Semprún, sobreviviente del Holocausto, en el campo Buchenwald resumió su terrible experiencia antes de morir: ¿Sabe usted qué es lo más importante de haber pasado por un campo? ¿Sabe usted qué es exactamente? ¿Sabe usted que  es lo más importante y lo más terrible, qué es lo único que no se puede explicar? El olor a carne quemada. ¿Qué haces con el recuerdo del olor a carne quemada? … Yo tengo dentro de mi cabeza, vivo, el olor más importante de un campo de concentración. Y no puedo explicarlo. Y ese olor se va a ir conmigo como ya se ha ido con otros”.