Foto: Tomada de Internet

Foto: Tomada de Internet

Desde que empecé a publicar textos en Internet (2006, pero con mayor regularidad en el 2008) recibo insultos que tienen que ver conmigo y con mi vida privada antes que con los argumentos de mis columnas. En los foros de mi columna en El Espectador hay un largo debate sobre si soy “fea” o “bonita”, también sobre si soy “promiscua” o “frígida”, y con cierta ubicuidad me dicen “puta”. Ninguno de estos apelativos es un insulto en sí mismo, puta es un oficio, y en mi caso, una imprecisión, pero la razón por la que esa palabra se convierte en un insulto es porque se siente y se reconoce la rabia y el odio con que la escriben. Luego vienen los insultos sobre mi estupidez, y mi “falta de preparación” (tengo dos carreras, y una maestría y 9 años escribiendo, pero ya sabemos que no tiene que ver con eso). A mi mamá la han buscado varias veces en redes para preguntarle “¿por qué no me abortó?”. La primera vez se sintió ofendida y asustada, lo conversamos y acordamos una respuesta que ella usa con mucha gracia cada vez que esto sucede. Luego me casé y resulta que mi marido es una “víctima” y un “mandilón”, y cada rato lo invocan para que venga y me “regule”. A él también le toca contestarle a los trolls.

imagen2

Cuando comencé a escribir me dijeron que esto era lo normal. Internet es así. Y si quieres escribir en público sobre temas públicos así reacciona la gente que “está muy loca”. Incluso que estos insultos son un indicador de éxito de las columnas. Sin duda, para hacer opinión, se necesita una piel dura. Si todo el mundo está de acuerdo con lo que dices, pues algo estás haciendo mal. Así que, en tiempos de Internet, cuando los lectores contestan, las peleas son más que esperadas. Además, a mí me encanta debatir, es lo que más me apasiona en la vida. Me gusta esa gimnasia socrática y creo sinceramente que el lugar natural para un filósofo en el mundo contemporáneo es el periodismo de opinión. Pero me gusta debatir en condiciones de igualdad, ni siquiera de respeto, de igualdad. El problema es que mis colegas columnistas hombres pelean para discutir sus argumentos. Nadie les saca a la esposa, no buscan a sus mamás ni a nadie de sus familias. No intentan desprestigiar su moral sexual, no hablan de su apariencia. Sé, además, que mis colegas columnistas mujeres, blogueras, periodistas, tuiteras, se enfrentan a lo mismo que yo, si no peor.

Un ejemplo de la prensa mexicana, en donde hay muchísimos periodistas con opiniones radicales con las que podemos estar de acuerdo o no, es lo que sucede con una periodista mujer, como Sanjuana Martínez, que cuando habla, resulta que es una loca, histérica, extremista, como quien dice, la mismísima Medea. Pero cuando un periodista hombre hombre habla, y dice algo equivalente, le dicen que está “enajenado por la ideología”. También me dijeron el otro día que “hay muchas periodistas mediocres que se escudan con que son ataques de género”. Resulta que también hay muchos periodistas hombres mediocres, los hay de sobra, y yo no los veo defendiendo a capa y espada sus pendejadas en Twitter. A las mujeres nos piden miles de “certificados de calidad” para poder hablar, mientras los hombres, simplemente hablan. He tenido miles de conversaciones sobre cómo manejar a un acosador que envía mensajes por el interno, de esos que de un día para otro le dan like a todas tus fotos de 2010. A otras colegas les han hecho doxxing (revelar sus datos personales, donde viven y cómo encontrarlas). Todas somos brujas, amas de casa, locas, histéricas, desesperadas, emocionales. Me repito todos los días que lo que me dicen a mí no es nada, que muchas mujeres lo tienen mucho peor. Y es verdad.

Un ejemplo: el año pasado, el senador José María Martínez, (@chemamtzmtz) mojó prensa al convertirse en Presidente de la discriminadora “Comisión de la familia”. En ese entonces la abogada y académica feminista Estefanía Vela (@samnbk), muy reconocida en Twitter por hablar a favor de los derechos de las mujeres, de la comunidad LGBTI y de los derechos sexuales y reproductivos, cuestionó al senador por la comisión a través de Twitter, con mensajes que nunca respondió, y con una columna. Luego, para sorpresa y desagrado de todos, pero especialmente de ella, descubrimos que el político había usado una foto de ella, de sus ojos, que agarró de la página del CIDE, en donde Vela trabaja, como su fondo de Twitter. Martínez nunca contestó los reclamos de Vela por usar su imagen, pero sí respondió, días después, a las quejas que hicieron hombres tuiteros, dirigidas al senador. En su “explicación” Martínez dijo que “no era ella”, que era “la mujer de sus sueños”. ¿Me van a decir que eso no es intimidante?

Foto: Captura de pantalla de Twitter

Foto: Captura de pantalla de Twitter

A todas nos dicen, bienintencionadamente, “no les hagas caso”, “a palabras necias, oídos sordos”, “no les contestes porque los alborotas más”, el popular “don’t feed the troll”. Todas seguimos escribiendo estoicamente, haciendo como que esto es “normal”. Pero este es precisamente el problema: no es normal, es muy, muy violento. Ser mujer en internet y ponerse a opinar, es vivir en la ofensa y en la confrontación. Yo me levanto a diario a leer insultos, y aunque es evidente que no los creo -no me voy a poner a llorar porque me digan puta o estúpida-, sí siento cada vez un poquito del odio con el que lo escriben. Un odio que va dirigido a mí, Catalina, la persona, no la columnista. Tengo normalizados estos ataques, y trato de concentrarme en las críticas y los cumplidos. Sin embargo, también he pasado semanas horribles en las que me ha bajado ocho kilos y se me ha caído el pelo. A veces, si me despierto triste, me duelen un poquito más, si estoy feliz hasta me envalentonan, pero nunca, nunca me son indiferentes. Escribir pasa por hacerse vulnerable. Decir las opiniones en público es desnudarse un poquito, y es así como me tratan: como una mujer desnuda que camina en público.

Nueve años de ignorar los insultos en Internet no han hecho que disminuyan. Peor, esto de “no les digas nada” se enmarca en lo de siempre: decirnos a las mujeres que no podemos hablar porque es muy peligroso, y decirnos que si hablamos y nos atacaron fue porque nos lo buscamos. Así que, otra vez, estos insultos determinan por dónde podemos pasar, y así se construyen en internet los mismos callejones oscuros que evitamos cuando habitamos “la realidad”. Internet calca las vulnerabilidades y discriminaciones de la vida tridimensional. Todas las mujeres lo piensan dos veces antes de subir una foto o poner un comentario, porque todas estamos expuestas a lo mismo. Lo que pasa es que ni lo sentimos, pues tenemos introyectada esa autovigilancia desde pequeñas. Sabemos perfectamente como obligarnos a nosotras mismas a caminar dentro de esas líneas invisibles de la sociedad.

Mary Beard, una académica famosa por muchas razones, entre ellas por haber enfrentado a sus trolls en internet hasta hacer que uno le pidiera disculpas, tiene un ensayo llamado “Oh, cállate, querida” que leyó en una conferencia en el Museo Británico. En el ensayo habla de una de las pocas veces que aparece una mujer con una voz pública en la literatura romana. Era Lucrecia, esposa de un noble, Conlatinus, que fue violada por Tarquin, un príncipe. Lucrecia denuncia a su violador y después se suicida para conservar su virtud. Beard concluye que, en la historia de la literatura, específicamente en la literatura romana, las mujeres solo tienen voz cuando son víctimas, o cuando están hablando de sus hijos o de su familia. Lo mismo sucede hoy. Cualquier mujer que se salga de estos campos de discurso autorizados será atacada, regulada, perseguida. Cuando un hombre tiene comportamientos o asume roles femeninos es atacado. Más aún cuando habla en defensa de otras mujeres y les dice a otras mujeres que hablen: los ataques se duplican cuando una mujer incita a otras a salirse de su rol asignado, y esta es una de las razones por las que, por ejemplo, las defensoras de derechos sexuales y reproductivos, reciben aún más bilis. Hay una agresión extra que viene con el tema que tocamos: cada vez que hablamos, no solo desde una perspectiva femenina, sino propiamente de feminismo (o temas feministas, o denunciamos aquello que tiene que ver con mujeres), nos enfrentamos a que nuestro discurso se vea tergiversado, malentendido (el cuento de las “feminazis”); preso de generalizaciones absurdas (como “somos unas odia hombres”), de malentendidos que parecen intencionales (ni siquiera se esfuerzan por entender el argumento) y por ello, también somos agredidas de manera personal.

Tengo trolls de todo tipo: los ocasionales, los fachos radicales que me mandan al infierno usando mayúsculas sostenidas, los que se las tiran de racionales y escriben con apropiadas minúsculas y tildes, los que llevan años vigilando cada coma, con tanta atención y dedicación que los llamo “mis historiadores”. Aunque me digan que estos son unos “locos radicales”, pienso que son personas, que seguro salen de sus computadores e interactúan con nosotras en la vida diaria. Quizás, para muchos, ser un troll no es su identidad, es solo algo que hacen en Internet.

Pero la verdad es que no es algo que se quede en Internet. Cuando una mujer se enfrenta con un agresor en la calle, que le grita “puta”, este agresor tiene un costo más alto: su víctima le verá la cara, lo verán otras personas, él verá la cara de su víctima y su reacción y hasta de pronto hace una conexión humana. Por su parte, la víctima de la agresión ha elegido salir a la calle que asume de suyo un mundo hostil. Está vestida y en actitud de combate (así habitamos las mujeres el espacio público) y como las palabras se las lleva el viento, quizás en unas semanas ya no recuerde lo que le dijo su agresor. En cambio, en Internet, el costo para el agresor es mucho menor. Está detrás de una pantalla y no puede ver a la agredida; quizás lo hace anónimamente y entonces ni siquiera recibirá una censura social de sus pares. La víctima, en cambio, recibe este mensaje en sus objetos más íntimos: su teléfono personal, su computadora. Quizás está metida entre las cobijas viendo su feed de redes sociales, en su casa, en su intimidad, cuando es más vulnerable. Además, los mensajes en internet estarán ahí para siempre. Para siempre.

No somos conscientes de cómo las dinámicas de estas agresiones han cambiado. Pese a que el 72.% de las personas que han reportado abuso en Internet entre 2003 y 2013 fueron mujeres, cuando hablamos de la violencia en línea, no nos creen, o nos dicen que estamos siendo hipersensibles. Según Take Back The Tech, 49% de las mujeres que han experimentado violencia relacionada con la tecnología acudieron a las autoridades, y estos casos fueron investigados solo en un 41%, por eso las mujeres no le tienen fé a las autoridades. En internet, la violencia contra las mujeres puede ir desde acoso, hostigamiento, extorsión y amenazas, robo de identidad, doxxing, alteración y publicación de fotos sin consentimiento, y todas estas cosas afectan de manera real la vida de las mujeres porque generan daño a la reputación, aislamiento, alienación, movilidad limitada, depresión, miedo, ansiedad, trastornos de sueño entre otros. Las mujeres entre los 18 y los 30 son las más afectadas, la mayoría de los ataques (40%) son cometidos por personas conocidas, el 33% de las veces hay un daño emocional- Además muchos creen que esta es “una nueva forma de violencia” que necesita “nuevas leyes” cuando todas sabemos que es la misma violencia de siempre. Los derechos a la privacidad, a la libertad de expresión, a decidir libremente y el derecho a la integridad personal están interrelacionados, atacar uno afecta a todos, y crea relaciones desiguales de poder.

Por eso, mi invitación con este texto es a que lo hablemos en voz alta. No quiere decir cada mujer le tenga que contestar a cada uno de sus trolls. La vida cotidiana de las mujeres es muy violenta y si alguna no quiere echarse un pogo por Internet eso es más que comprensible. Pero creo que, en la medida de lo posible, tendríamos que visibilizar estas violencias, ser solidarias y solidarios cuando veamos que le pasan a los demás, y revisar nuestros propios argumentos en línea para evitar el sexismo. Cada vez que una mujer tiene miedo de hablar en línea, nos están silenciando un poquito a todas. Las leyes, y las medidas penales son insuficientes y peligrosas (leyes que regulen y penalicen el lenguaje pueden ser aún más restrictivas para nuestra libertad de expresión). Por eso, la única salida a este problema es la regulación social, y para eso, es importante que todos y todas, las que podamos y queramos, hagamos acciones conscientes para que internet sea menos hostil.

Y menos hostil no significa que no vayamos a pelearnos. El disenso es la fuerza vital del debate público en una democracia. No significa ser “polite” (porque con tonos y palabras amables también se puede atacar e insultar), ni es cosa de tratar a las mujeres como delicadas florecitas que se van a romper. Se trata de que logremos reconocer el impacto de nuestras palabras, de que seamos capaces de evaluar el daño que pueden hacer (¿qué vulnerabilidades interseccionales tiene la persona a la que insultamos?, ¿tiene más o menos poder que nosotros?), y de reconocer estos golpes debajo del cinturón (directo a los genitales) en la mayoría de la discusiones. Discutir sí, con sexismo no. Discutir sin olvidar que nuestras ideas no existen en el vacío, que somos personas con cuerpos y vidas que han sido determinantes para tener esas ideas, y que el mundo virtual, es tan real como cualquier de nuestras realidades.

@Catalinapordios