Al leer hace unos días la nota sobre el regaño que un candidato a diputado  federal  del PRI en Zacatecas dio a los escasos asistentes a su mitin, porque no habían sido capaces de acarrear ni siquiera s sus familias, recordé una anécdota que me contó allá por los noventa el brillante ideólogo panista y yucateco Carlos Castillo Peraza, ya lamentablemente desaparecido. Me platicó muy serio que en plena campaña por la gubernatura del estado tuvo lugar un mitin del PRI en la Plaza Grande de Mérida, a cuyas inmediaciones y sin mayor discreción arribaban uno tras otro los autobuses que transportaban a los acarreados desde diferentes pueblos de todos los rumbos de la península.  Uno de los vehículos se estacionó en una de las calles adyacentes a la plaza. El chofer abrió la puerta y ante el azoro y enojo  del coordinador priista que libreta en mano llevaba el control de los contingentes llegados de cada lugar  bajaron únicamente ocho personas, todos de aspecto campesino y seguramente mayas. “¿Cómo?”, increpó al chofer, furioso. “¡Sólo vienen ocho!”. Sin afligirse, el manejador respondió con su dejo yucateco: “Vaya: si ocho subieron, ocho bajan”.

Castillo Peraza usaba la gracejada para ilustrar el deterioro sufrido por el PRI en su estado natal, que se reflejaba en una cada vez mayor dificultad para acarrear a las huestes de partidarios del otrora invencible partido tricolor.  Algo similar demuestra el caso del  candidato zacatecano Benjamín Medrano Quezada, del Distrito I Federal de aquella entidad, que después de reprocharles a los asistentes a su deslucido mitin por haber fallado con el acarreo, el priista les pidió comprometerse con el partido político que lo postula y llevar más gente para sus próximos eventos. El candidato llegó al grado de champarles a sus oyentes que su partido facilitó a la comunidad apoyos como pavimentación de calles, agua potable y drenaje. “Y así le pagan, carajo”, espetó. “Pero voy a volver, voy a regresar”, advirtió, “y quiero comprometerlos a que entonces sí traigan a su familia porque creo que debemos comprometernos con el partido que hoy en día gobierna. No sé si es muy temprano, no sé si es muy tarde, no sé si es un día en el que no debimos haber venido, pero creo que sí debemos ponernos de acuerdo con quienes organicen la siguiente vez”. Y remató, visiblemente indignado: “Estoy verdaderamente decepcionado”, les dijo. “O sea, ¡ni a su familia trajeron!”.

El acarreo forma parte esencial de la cultura política priista. Es elemento infaltable en las campañas electorales, pero también en los eventos públicos de los funcionarios, desde el Presidente de la República para abajo. Todavía hoy, luego de la segunda “alternancia”, podemos constatar cómo los eventos presididos por Enrique Peña Nieto en diversos rumbos del país son nutridos con legiones de entusiastas ciudadanos que son llevados hasta el lugar en autobuses alquilados y que generalmente reciben alguna compensación por su valioso apoyo, incluido un merecido refrigerio. Los medios dan cuenta con frecuencia del registro de asistentes con el famoso pase de lista a los actos públicos por parte de dirigentes sindicales o caciques políticos, aunque cada vez el tema es menos relevante, por desgastado. Todo mundo sabe que las multitudes que aclaman a los candidatos o apoyan los discursos de los funcionarios son pagadas, por lo que su entusiasta adhesión, sus aplausos y sus vivas resultan totalmente artificiales, falsos.

Durante mucho tiempo, la oposición política mexicana criticó semejante práctica priista, en especial el reparto de dádivas entre los asistentes a las concentraciones políticas en las zonas rurales más pobres. Era una infamia medrar así con la necesidad de la gente, dispuesta a ponerse la camiseta de cualquier candidato sin siquiera conocer su nombre a cambio de que le regalaran la prenda. Eso cambió. Hoy, todos los partidos emplean esos métodos de cohecho para atraer parroquianos a los actos de campaña.

Recuerdo cómo en la primera campaña de Vicente Fox por la gubernatura de Guanajuato, en 1991, el propio candidato promovió ante su escaso poder de convocatoria que el PAN entregara “obsequios” a los feligreses. “Si no les damos, no vienen”, me confió en una paupérrima comunidad del municipio de San Felipe mientras los integrantes de la brigada que lo acompañaba repartían nieves, refrescos y camisetas entre los pobladores. “Es una realidad que no podemos ocultar”, reconoció el grandote. Y, en efecto, a partir de entonces la campaña fue in crescendo en cuanto a la concurrencia registrada en sus mítines, marchas y saludos de paso en pueblos y caminos de Guanajuato. El PRD, a su vez,  llevaba en camionetas de la UCD  grupos itinerantes de manifestantes (algunos de ellos acarreados  desde Michoacán, que entonces gobernaba ese partido)  para engrosar las concurrencia a los mítines de campaña en las giras de Porfirio Muñoz Ledo por la entidad guanajuatense. Las mismas caras, con las mismas pancartas,  podían verse sucesivamente en las plazas de Celaya, Silao, Guanajuato, Dolores Hidalgo, San Miguel Allende.

Precisamente por ser producto de una estrategia electoral, es un hecho que la concurrencia a las concentraciones públicas durante las campañas no tiene una correspondencia con un incremento en la intención del voto de los ciudadanos. Tal vez haya casos de gente agradecida que por haber recibido un regalo de algún partido o candidato le otorgue su voto el día de la elección. En la mayoría de los casos no ocurre así: los asistentes, acarreados o atraídos por los regalos, aceptan la dádiva, aplauden al candidato y se ven como si nada en espera de que venga otro aspirante, de cualquier partido, al que volverán a dar su aplauso a cambio de alguna dádiva. Sin embargo, los acarreados son los que le dan sabor a las campañas, sobre todo a las que todavía se realizan al viejo estilo, de pueblo en pueblo, en las zonas rurales. En realidad, el objetivo de tales actos es meramente mediático. Una buena concurrencia en una plaza es un buen motivo para una foto que informativa o publicitariamente de cuenta del arrastre de un candidato. Hay toda una técnica para sacar provecho gráficamente, con recursos visuales,  a las concurrencias e los mítines, de modo de magnificarlas y dar idea de grandes concentraciones. La altura donde se emplaza la cámara, por ejemplo, es clave. El PRI desarrolló toda una cultura en este tema, sobre todo para justificar sus triunfos electorales ante las impugnaciones de fraude esgrimidas por los partidos opositores.

Es indudable que a pesar de casos como los del candidato zacatecano, la cultura del acarreo se ha sofisticado. Hoy adquiere formas mucho menos rupestres que la torta o la camiseta, pero que son sin duda más eficaces. Algunas son tan sutiles que ni siquiera alcanzamos a percatarnos de que somos presa de ellas. Digamos que somos acarreados sin siquiera darnos cuenta o, peor, a pesar de que nos resistimos a formar parte del rebaño y presumimos el ejercicio de nuestra plena libertad. Válgame.

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