Las condiciones carcelarias en México son complicadas. Son muchos los problemas que enfrentan los centros de reclusión. Problemas que conocen bien las autoridades encargadas de las prisiones en el Distrito Federal. Saben que el origen de esta problemática es múltiple, que proviene de diversas fuentes y que abreva de la descomposición social del exterior. Sabedores de ello, están abiertos a toda clase de propuestas que sirvan para hacer más llevadera la vida de los reclusos, para hacer más eficiente el proceso readaptativo, para evitar los vicios y las corruptelas, para mejorar, pues, la vida dentro de las cárceles.

            De todo eso se enteró Maruan Soto Antaki (quien durante muchas semanas colaboró en SinEmbargo). Ya escribió él de lo que lo condujo a platicar con las autoridades capitalinas encargadas de las prisiones. Por eso no ahondo en ello. Me ocupo, en cambio, de su propuesta.

            Convencido de que la literatura puede ser un vehículo para entender al otro, decidió elaborar un proyecto. Desde el inicio me invitó a colaborar con él. Accedí gustoso. El asunto es simple. Cada centro penitenciario tiene bibliotecas. Los presos pueden intercambiar tiempo de celda por tiempo de biblioteca. De entrada, ésa ya es una forma de liberarse un poco del hacinamiento. La propuesta, entonces, es proveer a dichas bibliotecas de nuevos materiales de lectura. Para ello, se ha elegido a una docena de autores contemporáneos, vivos, que tengan tiempo y disposición para ir a hablar de su obra a las cárceles. A cambio se les ofrece que en tales lugares haya un número considerable de sus libros. Sólo eso.

            O no. Para evitar toda suspicacia, no habrá dinero público para la compra de dichos ejemplares. Por el contrario, a partir de la lista elaborada para el proyecto, cualquier persona puede hacer la compra de los libros. Las editoriales que se han sumado ofrecen atractivos descuentos. Así, se hace la compra sin intermediarios y los libros se entregan en el lugar donde serán leídos. Esto es importante porque, a diferencia de las presentaciones de libros tradicionales, en éstas no se pretende que los asistentes adquieran su propio ejemplar sino que ya estará a su disposición.

            Al parecer los candados han funcionado. Insisto: el dinero no es público. Para evitar que se piense que es un negocio de los organizadores, ellos no intervienen en el proceso de compra venta. Para evitar pérdidas y desvíos, las editoriales se encargan de la entrega de los paquetes. Para evitar licitaciones y procesos burocráticos, la curaduría se hace desde la subjetividad de quienes organizamos. En verdad, todo es simple y transparente.

            El plan es ambicioso. Son diez cárceles y una docena de autores. Podrían ser, al menos, un centenar de presentaciones más las posibles visitas de los autores para un proceso de retroalimentación. Se requieren muchos libros. De ahí que se agradezca a los patrocinadores. No se malentienda: son personas, cualesquiera, dispuestas a comprar libros para las cárceles.

            Ignoramos cuál será el alcance del proyecto. Funcionará mientras haya quien compre y done libros. Los autores, mientras tanto, estamos más que listos para empezar el proceso. Las primeras presentaciones comenzarán este mismo mes. No sólo iremos autores, también periodistas de diferentes medios.

            Hablar de otredad a veces suena complejo. Considero que, en efecto, la literatura nos proporciona herramientas para entender al otro. Pero también nos ofrece otras cosas. El entretenimiento es la más evidente de sus ofertas. La posibilidad de distraerse cuando se está encerrado bien valdría el proyecto. También el posible aprendizaje, el tiempo fuera de la celda, al amparo de la biblioteca… en fin, no hablaré aquí de las ventajas de la literatura.

            Varias voces ya se han alzado en contra. Argumentan que no está bien ayudar a criminales, que sería mejor orientar nuestros esfuerzos a otras batallas. Disentimos. De entrada, porque a nosotros no nos corresponde juzgar a las personas. También, porque sabemos que si se consigue que el vicio de la literatura quede enquistado en una persona más, la labor habrá rendido sus frutos. A fin de cuentas, ya es tiempo de que la lectura se convierta en un círculo virtuoso. Para ello, hay que luchar desde diversas trincheras. Ésta es la nuestra.