“¡Me gustan sus pechos!… ¿Se los puedo tocar?”, me dijo el general Bibiano Villa Castillo, famoso por sus ejecuciones extrajudiciales. Un escalofrío recorrió mi espalda. Con un rictus de enfado, lo mire asombrada, grabadora en mano, mientras lo entrevistaba en el asiento trasero de una Chevrolet Suburban blindada: “No se equivoque conmigo, general, usted no me puede tocar. ¿Qué le pasa?”… Insistió: “Se vale cachetear”, dijo sonriendo cínicamente al tiempo que acariciaba su fusil de francotirador G3 calibre 7.62, colocado en medio de sus piernas.

Recorríamos la “zona caliente” de Torreón, Coahuila, en marzo del año pasado. Yo iba preparada para los balazos, para el ataque de los Zetas o los Chapos, pero no para el acoso sexual. En unos instantes empecé a sudar. Las manos me temblaban, las piernas también. Intenté disimular y busqué valor. Elevé el tono de mi voz y con firmeza le espeté: ¿Cómo se atreve?… ¡Compórtese, general!… “No sea grosero, no sea pelado”.

El militar me miró fijamente y se acercó. Sentí su aliento en mi rostro: “Mujer que me gusta; mujer que se lo digo: ¡Usted me gusta!”, reiteró pasando su brazo por el respaldo del asiento rozando mis cabellos. Creí que me iba a violar. “Me gusta, me gustan sus pechos, pos qué, digo la verdad”.

Volteé buscando ayuda. Midiendo el grito de auxilio. Explorando la zona de escape. En ese momento me di cuenta que podía hacer conmigo lo que quisiera. Ibamos a gran velocidad, el conductor y el copiloto eran dos militares tipo gorilas, permanecían impasibles, mudos. Afuera había un convoy de seis camionetas con 30 efectivos encapuchados, armados hasta los dientes. Todos llevaban chaleco antibalas, cascos, armas… Todos iban protegidos, menos yo.

Como cualquier animal que observa a su presa atrapada, inmovilizada, cautiva; el general Villa sostenía su mirada lasciva a punto de dar el primer zarpazo. Comprendí que tenía que ser muy prudente e inteligente. Esbocé una forzada sonrisa. Y le solté de inmediato: “Yo le gusto, general; pero usted a mi no. Lo siento. No me puede tocar los pechos”. Obcecado, autoritario, muy al estilo militar, repetía sin escuchar mis palabras: “Si no quiere, ni modo. Usted me gusta. Podría venirse a vivir a Torreón. Aquí la voy a atender como a una reina. No le va a faltar nada”.

Aquello era una escena surrealista. Tomé distancia. Me coloqué al otro extremo del asiento. Y le dije: “Agradezco su ofrecimiento, pero no me interesa. ¿Podemos continuar con la entrevista? Me gustaría volver al cuartel. Tengo que tomar el autobús de vuelta a Monterrey…”. Asintió con la cabeza, sin estar muy convencido… Al bajar de la camioneta, extendió su mano en un gesto de caballerosidad y la rechacé. En ese momento me despedí y salí rápidamente del lugar con la extraña sensación de haberme librado milagrosamente de aquello.

Al escribir la entrevista, omití el acoso del general Villa. Pensé que lo más importante eran sus escandalosas declaraciones admitiendo las ejecuciones extrajudiciales. Pensé que si contaba lo que viví, la noticia se iba a distorsionar. Lo tomé como gajes del oficio. Al final de cuentas, me dije, los periodistas no debemos ser noticia y yo no quería verme como una víctima de acoso; mucho menos como una mujer vulnerable. Dejé la experiencia como una anécdota para contarle a los amigos.

Pero el jueves 4 de octubre, cuando acudí al Museo de la Memoria y Tolerancia a la presentación del extraordinario Informe “Violencia contra mujeres periodistas” realizado por Cimac, me acordé de esta experiencia y de otras más.

De pronto, me vino a la memoria la vez que un famoso escritor, cuyo nombre omito por respeto a su viuda, al terminar la entrevista me dio sorpresivamente un beso en la boca de manera agresiva y tomándome de la cintura: “Es que te pareces a una novia brasileña que tuve”, me dijo a modo de disculpa cuando le reclamé.

Me acordé que viajando en la parte trasera de un coche, luego de un largo día de trabajo, un dramaturgo cuyo nombre también omito por respeto a su esposa y a sus hijas, me metió la mano en la entrepierna y solo se detuvo ante mi enfado; o la vez, que aquella vaca sagrada del periodismo acostumbrado al derecho de pernada, se atrevió a invitarme a “hacer el amor”, después de una larga charla sobre el oficio.

El acoso sexual contra las periodistas durante su labor cotidiana está silenciado. Es un silencio impuesto por el entorno social. Generalmente lo silenciamos nosotras mismas. Incluso no nos atrevemos a desvelar por miedo, los nombres de los poderosos agresores. No está bien visto en las redacciones la denuncia al respecto, tampoco la búsqueda de justicia. El sistema no funciona para proteger a la víctima de acoso sexual que casi siempre es revictimizada cuando acude a buscar la reparación del daño.

La violencia contra las y los periodistas debe diferenciarse por sexo. No es lo mismo la violencia que sufren las periodistas. El componente de género está presente en el tipo de amenaza, acoso, asalto, atentado, tortura y muerte. A un compañero periodista difícilmente lo amenazarán con violarlo; con tocarle los pechos; y es casi imposible que le metan la mano en la entrepierna mientras trabaja o lo besen a la fuerza al término de una entrevista.

La violencia contra mujeres periodistas en México está invisibilizada, por eso la importancia del informe encabezado por la periodista Lucía Lagunes, quien valientemente decidió alzar la voz junto a su equipo, apoyada por la organización Heinrich Böll Stiftung para revelarnos un panorama atroz y grave: la invisibilidad deja a las periodistas excluidas de la protección y la justicia, del derecho a la debida investigación y a la reparación integral.

“El estigma de que las mujeres siempre mienten, siempre exageran, las aleja de la denuncia, y para aquellas que aún logran denunciar el estigma de que las mujeres son agredidas porque ellas lo provocan o por algún asunto amoroso-personal, las aleja del seguimiento y atenta contra su derecho de víctima al acceso a la justicia”, dijo Lucía Lagunes acompañada por Lydia Cacho, Anabel Hernández, Elia Baltazar, Marcela Lagarde y Yunuhen Rangel Medina.

En la última década, Cimac registró 94 casos de violencia contra mujeres periodistas. De acuerdo con el informe, en 34% de los casos los agresores fueron funcionarios, 18% no se pudo definir, 15% policías, 7.8% integrantes de movimientos sociales, una cifra igual crimen organizado, 5.2% escoltas y el resto otros. Desde la violencia física, sexual, psicológica, económica, patrimonial, hasta la violencia institucional, las periodistas sufren en silencio los embates de un fenómeno invisibilizado por los propios medios de comunicación.

Casi no hay espacios para contar estas historias. No obtuvieron un titular ninguno de los 11 feminicidios de periodistas. A ellas no les lanzaron huevazos y por tanto no fueron noticia. Están muertas y la mayoría no recibió un grito de condena o un gesto de solidaridad. Nadie del gobierno apoyó a sus familias; nadie del establishment periodístico alzó la voz para condenar sus atroces asesinatos, ni Felipe Calderón publicó un tuit a manera de protesta.

El acoso y hostigamiento sexual contra las periodistas no debe ser normalizado, tampoco ninguna de las violencias que padecen. Es necesario erradicar la idea de que son gajes del oficio. No lo son. La violencia es un delito que también inhibe la libertad de expresión, socava el derecho a la información y coarta el ejercicio sano del periodismo.

Si el Estado no garantiza nuestros derechos. Actuemos por nuestra cuenta. Somos muchas. Hagamos redes.