La multiplicación de los peces y los panes es una de las metáforas más repetidas en la cultura de occidente. Su moraleja es simple: cinco panes y dos peces no pueden dar de comer a siete mil personas a menos que ocurra un milagro. Una cantaleta que hemos escuchado de los economistas, sobre todo cuando justifican algunas de sus teorías más socorridas.

Así va una de ellas, casi tan antigua como el Evangelio: en ausencia del mesías, primero hay que producir riqueza – sembrar trigo, cosecharlo, molerlo, fabricar harina, hornearla, etcétera – y solo después podrá darse de comer a quien lo merezca. La secuencia dice: crecimiento primero, distribución después.

Salpimentado con algo de ideología este argumento da origen al liberalismo económico. Es necesario evitar todo aquello que impida la creación de riqueza: el proteccionismo, los impuestos, el abuso de poder, la manipulación artificial de los precios y demás limitaciones arrojadas en contra del funcionamiento natural del mercado.

Una vez que los cestos se hayan colmado de peces y panes – gracias a la mano invisible – podrá procederse, entonces sí, a repartir la riqueza. La misma secuencia anterior expresada en otros términos: libertad (económica) primero, igualdad (de oportunidades) después.

El problema viene cuando la realidad agua la fiesta. En la historia sobra ejemplo a propósito de economías que crecen mucho y reparten poco. La literatura del siglo XIX dedicó algunas de sus mejores obras a esa trama perversa. Dickens, Hugo, Dumas, Zola, Balzac son solo algunos de los escritores que con mayor detalle relataron las contradicciones morales del capitalismo y su progenitora, la Revolución Industrial. Pusieron anécdota humana sobre la narración que Carlos Marx visitaría a la hora de inventar, con su obra amplia, la economía política.

Hace 147 se publicó El Capital en la ciudad de Hamburgo. Acaso, a excepción hecha de ciertos libros religiosos, ningún otro texto ha sido tan importante para la historia de la humanidad. Sus argumentos continúan todavía recorriendo el mundo, a veces como fantasma y otras con rotunda materialidad.

Quienes han desestimado la obra de Marx aseguran que su discurso se fraguó sobre intuiciones y no sobre el rigor de la academia. Ciertamente los datos y los modelos económicos con los que contaba su generación eran precarios; al menos en comparación con las herramientas del presente. ¿Qué habría escrito Carlos Marx si le hubiese tocado vivir en nuestro tiempo?

Durante el mes de marzo de este año apareció en librerías un libro firmado por el economista francés Thomas Piketty: Capital, en el siglo XXI. Un fenómeno de ventas aplaudido por Paul Krugman y Joseph Stiglitz, criticado igual por el diario Financial Times y por la revista The Economist.

Su argumento es sencillo y a la vez demoledor: “cuando la tasa de retorno (utilidad) del capital excede a la tasa de crecimiento del producto – tal como sucedió en el siglo XIX y al parecer está sucediendo de nuevo en el siglo XXI – el capitalismo automáticamente genera arbitrariedad, así como desigualdades insostenibles que lesionan radicalmente los valores meritocráticos sobre los cuales se basan las sociedades democráticas.”

Dicho todavía con menos letras: si r > g el capitalismo provoca distorsiones injustificadas entre los seres humanos que lastiman los intereses del conjunto. (Siendo r la tasa de retorno por inversión de capital y g la tasa de crecimiento económico). Vuelta a la metáfora bíblica: es un pésimo negocio cuando unos cuantos acaparan para sí una gran cantidad de peces y panes, sobre todo si lo hacen a un ritmo superior del que se necesitaría para que ocurra su multiplicación.

Este es el principal riesgo del capitalismo: retirar en exceso las ganancias requeridas para lograr un crecimiento sostenible.

De acuerdo con este investigador francés, entre el año de 1700 y el año 2012 la tasa de crecimiento de la economía mundial exhibió un promedio anual de alrededor de 1.6%. En contraste, la tasa de retorno por inversión de capital (retiro de utilidades) fue de entre un 4% y un 5% por año. La diferencia entre una cifra y otra explica la crisis a la que está destinado el sistema capitalista cuando la economía sobrevive librada solo a las fuerzas del mercado.

La teoría de Piketty advierte que las sociedades igualitarias, donde los ingresos no muestran una disparidad amplia, tienden a provocar mayor crecimiento y por tanto a perpetuar las bondades del capitalismo. En sentido inverso, las sociedades desiguales, no importa cuál sea su tasa de crecimiento, tienden en el mediano plazo a desbarrancarse.

A diferencia de la obra de Carlos Marx, el Capital de Piketty contó – para sustentar sus argumentos – con una muy extensa base de datos sobre más de veinte países, observados durante un periodo de trescientos años. Se trata de un texto que posee todo el pedigrí necesario para ser considerado con seriedad científica.

El desafío intelectual impuesto por este autor viene después de su diagnóstico y la exposición de su teoría. En varias de sus 650 páginas, este volumen señala como principal responsable de la crisis del capitalismo à la siglo XXI a los supergerentes de los fondos de inversión especulativa y otros especímenes de la élite financiera y económica que, sin representar más del 1% de la población mundial, concentran para sí cerca del 45% de la riqueza.

Las propuestas de política pública – concretamente de política fiscal – que hace Piketty juegan en contra de este pequeño segmento de la humanidad. Aunque solo sea por curiosidad, vale la pena conocerlas. Asegura su autor que no son el resultado de una visión ideológica o de clase, tampoco del resentimiento social. Se trata de recomendaciones obtenidas por una revisión cuidadosa de los datos y la experiencia económica de al menos diez generaciones de humanidad.

Capital en el siglo XXI será uno de esos libros que, aun sin leerlo, mucha gente citará. Más vale hincarle el diente en primera persona para no repetir como perico las criticas que pronto crecerán en su contra.