Por aquí y por allá veo, también hoy, a los estudiantes de filosofía esforzándose por descifrar lo que han dicho los filósofos, y a mis colegas y a mí mismo afanándonos por allanar esos textos para didácticamente hacerlos más asequibles y... y... hasta ahí. ¿Hasta ahí? Sí, hasta ahí. Foto: Especial

Por aquí y por allá veo, también hoy, a los estudiantes de filosofía esforzándose por descifrar lo que han dicho los filósofos, y a mis colegas y a mí mismo afanándonos por allanar esos textos para didácticamente hacerlos más asequibles y… y… hasta ahí. ¿Hasta ahí? Sí, hasta ahí. Foto: Especial

El asunto no es nuevo -de hecho, a mí me sucedió con la mayoría de mis profesores cuando pasé por la licenciatura en Filosofía en la FFyL de la UNAM-: el estudio escolarizado de la filosofía conduce a la escolástica y no me refiero a la Filosofía Escolástica del medioevo, sino a una suerte de actitud reverencial ante los textos filosóficos y a lo que hace que se repitan los filosofemas como mantras y se adopte como principio de verdad la coherencia con el pensamiento de El Filósofo en turno.

Por aquí y por allá veo, también hoy, a los estudiantes de filosofía esforzándose por descifrar lo que han dicho los filósofos, y a mis colegas y a mí mismo afanándonos por allanar esos textos para didácticamente hacerlos más asequibles y… y… hasta ahí. ¿Hasta ahí? Sí, hasta ahí. Es como sí los estudiantes de Derecho estudiarán las leyes, intentaran entenderlas y hasta ahí, sin salir a resolver conflictos jurídicos; o como si los estudiantes de Medicina estudiaran el cuerpo humano y sus dolencias y ahí se detuvieran sin salir a enfrentarse con enfermos.

¿En qué momento el sentido de la filosofía -que era explicar el mundo, o transformarlo, o criticarlo, o esclarecerlo, o trastornarlo- se convirtió en explicar textos de filosofía?

No hay nada más contrario a filosofar que repetir un filosofema, una interpretación, una teoría filosófica o como se le llame; quien repite, suscribe, se adhiere o profesa una filosofía y eso lo convierte en el mejor de los casos en un profesor de filosofía; mientras que quien filosofa se termina por convertir en un filósofo. La diferencia es muy sencilla y está entre pensar ajeno y pensar propio.

Sin embargo el problema del estudio de la filosofía no es tan sencillo, la Filosofía tiene una larga historia y no se vale filosofar sin haber siquiera dado un paseo por esa historia; y no tanto porque no se valga, sino porque los problemas filosóficos se han venido transformando, perfilando, complicando, matizando y si se desconocen estos matices el filosofar puede resultar interesante pero estéril.

¿Cómo acometer el estudio de la filosofía para que el estudiante no se convierta en un profesor o en un erudito y sí en un filósofo? No lo sé del todo, pero se me ocurre que una de las claves está en voltear a ver el mundo y dejar de estar encerrado en los textos filosóficos, es decir, en dejar de hacer escolástica y con lo que se adquiere en el estudio de la historia de la filosofía salir del claustro. ¿Salir a dónde? A la realidad de nuestra época, o a lo que nos ofrece el presente; ir más allá, en todo caso, de la miopía endógena de lo que preocupa en la escuela; dejar la escolástica e ir al ágora donde filosofaba Sócrates, que es donde el filosofar adquiere su auténtico sentido. Sentido que, en modo alguno, es saber qué dicen los textos, sino qué tan adecuado es lo que dicen los textos para explicar, transformar, criticar, etc., el mundo que nos ha tocado vivir.

Muchos lenguajes debe aprender el estudiante de filosofía para descifrar a los filósofos que estudia: nada menos que las raras terminologías que cada uno inventa: esos sistemas complejos de abigarrados conceptos y definiciones abstrusas: los tecnicismos; pero, para salir de la escolástica, el estudiante de filosofía ha de aprender un lenguaje más y de enorme importancia: el lenguaje de la gente de la calle, el lenguaje del ágora, pues de lo contrario sus ideas, sus filosofemas son vistos como los inútiles balbuceos de un autista y se condena a permanecer encerrado en la intrascendencia del claustro escolar. Ojalá, sin embargo, eso fuera todo: lo peor es que si el estudiante de filosofía no aprende el lenguaje del ágora contribuye a que la filosofía pierda su sentido, pues sus ideas, sus filosofemas no llegan adonde deben llegar: a los demás.

Twitter: @oscardelaborbol