Nunca olvidaré el impacto que me causó mi primer viaje a Ciudad Juárez, Chihuahua hace 15 años, cuando convocada por Esther Chávez Cano fui a documentar las desapariciones y asesinatos de mujeres. Allí estaba yo, grabadora y libreta en mano, frente a esta mujer que parecía estar al borde del colapso, pero que en lugar de desmoronarse frente a mí recuperaba su fuerza invocando a su hija de 16 años. Me mostraba su fotografía, me contaba anécdotas. Que si era buena estudiante, que de adulta quería ser enfermera; que era una niña dulce. Y luego otra mujer, que su hija trabajaba en la maquiladora para pagarse los estudios. Una y otra vez las escuché, sentí su rabia, su desesperación, su amor, su ansiedad. Reconocí en ellas esa manera de aferrarse a la vida que tienen quienes han perdido a una hija, a un hijo y no se dan por vencidas ante la desventura. Pero ellas seguían andando.

A lo largo de 15 años documentando la violencia en mi país, he aprendido las más grandes lecciones de ética, de humanismo, de solidaridad. Aprendí, porque necesitaba entenderlo para explicarlo y porque es la responsabilidad de una reportera estudiar y conocer lo que se investiga, de qué está conformado el andamiaje de la impunidad, los materiales férreos y sólidos de la corrupción. Y retraté la mirada, perdida en el hartazgo a veces, a veces gélida, de miles de servidores públicos, desde presidentes hasta legisladores, pasando por policías y procuradores. Documenté su soez trato a las víctimas, su ineficacia profesional, su intolerancia hacia una prensa inquisitiva. Pero ellas seguían andando.

Y 15 años después miro a las madres defender el derecho a saber sobre sus hijos, sobre sus hijas; buscarles en cada rincón del país, decir sus nombres al amanecer y al anochecer, como quien eleva una plegaria para que el milagro se haga presente. Plegaria, del latín precari: rogar, suplicar. En este país se exige justicia, se ruega compasión, se suplica que las autoridades trabajen, que indaguen y busquen hasta encontrar a los hijos y las hijas desparecidas. Sin embargo, las respuestas de la autoridad dejan más desconcertadas a las madres sobrevivientes de una tragedia que crece como una montaña.

Lía Limón, de la Secretaría de Gobernación, asegura que durante el sexenio de Felipe Calderón se documentó un registro con los nombres de 26,121 personas desaparecidas en México. Es decir, según la Segob desaparecieron en nuestro país 11.9 personas diariamente. Y ante el azoro del país, la frustración de las madres y de la FUNDEM (Fuerzas Unidas Por Nuestros Desaparecidos en México), José Oscar Vega, del Sistema Nacional de Seguridad Pública, asegura que la PGR sólo cuenta con un registro documentado de 5,300 personas desaparecidas en 10 años.

Mientras las autoridades prometen, las madres se movilizan, buscan, demandan, documentan y la solidaridad que encuentran está en la sociedad civil. Porque la autoridad se niega a investigar los casos de desapariciones forzadas, en las que servidores públicos están relacionados. Porque luego de millones de dólares invertidos en la mentada súper Secretaría de Seguridad Pública, en armamento, en equipos de espionaje para mejorar la capacidad e inteligencia del Estado, ahora el PRI anuncia que lo que hicieron durante seis años no sirve, que hay que volver a comenzar. Pero ellas seguían andando.

Entonces las madres se plantan frente a la PGR, exigen verificar si sus hijos e hijas aparecen en esa base de datos, que es en realidad la única que podría llevarles a encontrar a las y los desaparecidos, por la sencilla razón de que la lista de la PGR se basa en Averiguaciones Previas. La otra, dicen las fuentes de PGR, la que dice que hay 26,121 personas desaparecidas en seis años, es política pero inservible. Por su parte la organización Human Rights Watch asegura que durante el sexenio pasado hubo casi 250 desapariciones de las cuales 149 casos muestran la participación de miembros de las fuerzas del orden, por lo que se consideran desapariciones forzadas.

Entonces, me dice una madre cuya hija fue raptada hace tres años en Tamaulipas, si mi hija no aparece en esa lista ¿no existe?, ¿no la han buscado en tres años? Las madres de México marchan por sus familiares, pero marchan también por los nuestros, por el país. Ellas exigen que se esclarezca la manera inconsistente en que se documentan las desapariciones. Ahora en la PGR nos dijeron que tienen que hacerlo bien, porque los otros no hicieron su trabajo, dice una activista de Oaxaca con la voz quebrada.

¿Dónde estaba el PRI cuando García Luna y Marisela Morales, en su guerra por el poder, dejaron, como ha dicho Murillo Karam, elefantes blancos en las dos instituciones federales de seguridad y justicia? Porque allí estaban todos los gobernadores priistas, incluido Osorio Chong y Peña Nieto, sentados en la mesa del Consejo Nacional de Seguridad Pública, aprobando, tomando decisiones. Allí estaban ellos, todos estos priistas que ahora dicen que nada funcionó, sentados en la mesa con el Presidente Calderón, con la Sedena, la Semar, Segob, SSP y el Secretario Ejecutivo del Sistema, felicitando a García Luna. ¿Qué hacían en esas reuniones si no era acordar las estrategias de seguridad y los presupuestos? ¿acaso leyeron los informes?

Hoy 10 de mayo marchan en México las madres de miles de personas que pueden estar cautivas en manos de tratantes, cautivas en otros países, esclavizadas en un matrimonio servil, cautivos en un cártel, esclavizados en algún rancho trabajando. Hombres, mujeres, niñas y niños que pueden haber muerto hace meses, en manos de policías corruptos, de sicarios, de militares despiadados, o cuyas vidas están en peligro.

Ellas no se dan por vencidas, ellas no se callan. Levantan la voz con el nombre de sus familiares, llevan la cuenta de los días, llevan la cuenta de las muertes, llevan la cuenta de las infamias de un Estado ineficaz, incapaz de reconocer el dolor de esa pérdida. Incapaz de darle valor a la vida humana. Incapaz siquiera de asumir su verdadera responsabilidad en la cuenta de las y los desaparecidos. Porque ellas seguirán andando no podemos dejarlas solas.

@lydiacachosi