“Soy el comandante Lazcano Beltrán Leyva”, me dijo hace tiempo una voz por teléfono y acto seguido me pidió 20,000 pesos a cambio de dejarme en paz. La amenaza quizá me habría amedrentado si no hubiese recurrido a la mezcla de tan terribles apellidos. Al delincuente le pareció que uno solo no era suficiente para intimidar. Me resultó hasta ingenuo. Como si algún futbolista de barrio se autodenominara “Messi Ronaldo” para anotar más goles.

Ciertamente Heriberto Lazcano Lazcano se había convertido en una marca legendaria, como fundador y líder máximo de los temibles Zetas. Según Calderón esa leyenda acaba de ser liquidada en Sabinas, Coahuila. El anuncio es tan conveniente para un régimen urgido de campanazos que termina por despertar sospechas.

Para empezar, la foto del cadáver y las imágenes de archivo de “El Lazca” no son precisamente similares. El muerto no se parece al vivo. La desconfianza se acentúa si consideramos que el rostro que nos presentan carece de orejas, como si el Photoshop se las hubiera amputado. Y según el reporte de la Marina le habrían amputado algo más al cuerpo robado, de 1.60 metros de estatura, si consideramos que Lazcano medía 1.76 (5´8 pulgadas) según el perfil de la DEA. Y la incredulidad se acentúa cuando nos informan que tampoco hay cadáver porque un comando se lo robó de la funeraria.

La historia es kafkiana de principio a fin. El temible capo no habría sido abatido gracias a una acuciosa investigación de inteligencia policiaca, como en los casos de Pablo Escobar o Beltran Leyva, sino por un retén que no pudo prever. Viajaba sin escolta y al intentar ser revisado respondió a balazos. De principiante, para el que se supone era el cerebro militar detrás de los Zetas.

Contra todo protocolo, los cuerpos no fueron conducidos al Semefo para hacer la autopsia de rigor, donde luego irían a una fosa común si ningún familiar les reclamaba. En lugar de seguir esta ruta, el Ministerio Público entregó los cadáveres a una funeraria donde horas más tarde un comando encapuchado llegó a robarlos.

El tema es escandaloso por donde se le mire. O la historia es inventada, lo cual me parece inverosímil por el enorme descrédito que significaría el escándalo internacional. Todavía resuena la carcajada generalizada que provocó la supuesta detención del hijo de “El Chapo”, desmentida por sus familiares horas más tarde.

Pero si la historia es cierta, igualmente exhibe la impericia policiaca, fiel reflejo de una guerra conducida desde la arbitrariedad y el desaseo. Todo indica que las autoridades ni siquiera se habrían dado cuenta del pez gordo que habían tumbado hasta que llegó el comando a llevarse los cadáveres. Fue entonces cuando el sofisticado aparato de inteligencia que dirige el combate al narco se hizo preguntas sobre los muertitos. Claro que para entonces ya no había cuerpo del delito, sólo algunas fotos un tanto extrañas y unas medidas inverosímiles.

El problema de llevar 70 mil muertos en esta confrontación es que los cadáveres ni se investigan. Ni siquiera se dan a la tarea de indagar la identidad de aquellos a quienes mataron. Si los narcos no hubieran ido a recuperar a sus difuntos, las autoridades no se habrían enterado que habían abatido a alguien importante.

Se afirma que el análisis del ADN confirmará en definitiva la identidad del cuerpo que carecía de credenciales, supuestamente perteneciente a Lazcano. El otro es un tal Mario Alberto Rodríguez Rodríguez según la licencia en su bolsillo (qué tal la redundancia de apellidos de los narcos). Pero eso no ha impedido que Calderón ya se haya regodeado con el anuncio. Se han abatido o detenido a 25 de los 37 más buscados, declaró este martes.

El problema es que estos golpes a la cabeza de los que habla Calderón no son más que palos al avispero porque invariablemente desatan sucesivas oleadas de violencia. Nada explica mejor la generalización de la guerra salvaje y despiadada que esas 25 neutralizaciones. Detrás de cada capo detenido o asesinado invariablemente se desata un guerra intestina al interior del cártel respectivo y entre los demás cárteles.

En el último número de la revista Gatopardo, Diego Petersen explica la pesadilla que se desató sobre Guadalajara luego de la muerte de Nacho Coronel, perteneciente a la organización de “El Chapo”, quien tenía el control de la plaza. Cárteles vecinos y los mismos Zetas se trasladaron a Jalisco después de la muerte de Coronel (julio de 2010) frente a los primeros signos de debilidad de los sinaloenses. Las ejecuciones multitudinarias, el asesinato de “civiles” y la violencia arbitraria han sido el corolario de aquella “neutralización”.

Con esto no pretendo argumentar que la caída de un capo sea mala noticia. Simplemente señalar que sin una estrategia capaz de combatir la organización en su conjunto, abatir los flujos financieros e interrumpir la logística de sus operaciones, la mera eliminación de la cabeza constituye una desestabilización que al final la propia comunidad acaba por pagar.

La muerte de un Lazcano desorejado y achaparrado no es necesariamente buena noticia, incluso si se confirma la identidad del cuerpo esfumado. Como su apellido doble, los lazcanos podrían desdoblarse en multitud de cabecillas decididos a abrir su camino al poder a sangre y fuego.

@jorgezepedap

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