Al final la mancuerna PAN y PRI pudo despacharse con la cuchara grande al disponer por sí sola de los términos en que se aprobó la reforma energética. Con este episodio la derecha y el centro han podido comprobar que pueden gobernar juntos sin necesidad de incorporar los puntos de vista de la izquierda. Una mala señal para lo que resta del sexenio.

Peña Nieto tenía claro desde el principio que le bastaba con alguna de las dos fuerzas para lograr la mayoría constitucional que requieren sus reformas. Pero el presidente se había empeñado en conseguir la anuencia de todo el espectro político legislativo (PRI, PAN PRD y morralla), aunque eso implicara incorporar puntos de vista de unos y otros en las iniciativas votadas. Así fue con la reforma educativa, por ejemplo. Pero así no fue con la reforma energética.

Como sabemos, el PRD se encontró entre la espada y la pared, y prefirió abandonar el Pacto antes que avalar una reforma que ponía en riesgo el control paraestatal de la explotación del petróleo. Pero en el proceso perdió capacidad para influir en los términos finales en los que quedó definido el futuro de los energéticos en México, lo cual no es poca cosa. Dicho en plata pura, al salirse del Pacto,  la reforma resultó varias vueltas de tuerca más a la derecha de lo que habría sucedido si el PRD se queda a negociar su voto.

Se me dirá que es un asunto de ética o de principios: abrir la explotación de Pemex a la iniciativa privada nacional y extranjera era un asunto intransitable para una izquierda que ha hecho de la expropiación petrolera uno de sus símbolos fundantes. Y no es nada casual que la figura clave en la fundación de PRD sea Cuauhtémoc Cárdenas, hijo del icono histórico de el 18 de marzo, Lázaro Cárdenas.

Sin embargo, más que de ética el asunto fue de correlación de fuerzas. Los Chuchos, fracción dominante en el partido, resistió hasta donde pudo la mantención del Pacto para estar en condiciones de influir, pero la presión de “la calle” le resultó excesiva. Los dirigentes, encabezados por Jesús Zambrano, consideraron que dejar la bandera de la defensa del petróleo a MORENA y a López Obrador sería suicida políticamente. El propio Cuauhtémoc se había inclinado ostensiblemente ante el clamor de la calle (igual que Marcelo Ebrard). La cúpula del PRD corría el riesgo de quedarse peligrosamente aislada. Es en ese contexto creyó necesario renunciar a la negociación legislativa.

No obstante sigo pensando que la izquierda en su conjunto salió perdiendo. Participar en el proceso legislativo para matizar las iniciativas del ejecutivo no puede ser visto como una traición. En realidad es un mandato ético y democrático. La representación que tiene el PRD en las cámaras es producto del votante que puso allí a diputados y senadores de izquierda para influir en las leyes que nos habrán de regir a todos. Renunciar a ello equivale a traicionar ese mandato, pues abdica de esa facultad y la deja en manos exclusivas del centro y de la derecha.

El problema con nuestra izquierda es su acentuado canibalismo. Cada una de las fracciones está más obsesionada en los juegos de poder interno, que en el conjunto del tablero político. La izquierda radical y la izquierda parlamentaria tendrían que operar como pinzas a favor de una agenda que privilegie la igualdad, la justicia, los derechos humanos. Pero en lugar de ello, se estorban mutuamente.

El trabajo parlamentario es tan importante como el de la presión de la calle. De hecho se complementa. Las marchas y presiones de la izquierda radical le ofrecen a las posiciones moderadas un enorme margen para negociar frente al ejecutivo. Entre más sólida sea la respuesta de la calle más las posibilidades de influir en la agenda legislativa; y viceversa, la protección de las marchas y una política de respeto a los derechos humanos (vital para el ejercicio de la protesta) necesita ser defendida desde adentro del poder, para disuadir cualquier estrategia represiva. Es decir, la robustez del ala radical favorece a la moderada y viceversa.

De allí que un trabajo de pinzas desde ambos frentes es la mejor estrategia para impulsar una agenda favorable a los grupos desprotegidos. Por desgracia la intransigencia de cada una de las fracciones para aceptar los matices que caracterizan a la otra (radical vs moderados) termina por debilitar a ambos.

La ley energética es el mejor ejemplo de lo anterior. Ambas fracciones perdieron y con ello todos los mexicanos.

@jorgezepedap

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