El deseo transforma al cuerpo en eco de la naturaleza. Todos los instintos corren en la sangre que hormiguea. Hacer el amor es también y sobre todo delirar. El cuerpo se transforma, deja de controlar su multiplicidad y se vuelve hambre y sed y misión posesiva: emprende con lo que toma de todas partes la construcción meticulosa del cuerpo enamorado.

Por Alberto Ruy-Sánchez