El día 2 de julio del 2000, apenas arrancando la tarde, Vicente Fox recibió una llamada de Ernesto Zedillo para felicitarlo por su triunfo: durante aquella jornada los votos lo habían confirmado como el futuro presidente de México. Antes de que se cortara la comunicación, el todavía jefe del Estado mexicano deslizó una opinión política dentro de los oídos de su futuro sucesor. Lo alertó sobre la votación alta que también había obtenido el PRI, sobre todo a favor de sus candidatos al Congreso de la Unión. “No pierda de vista, Vicente – le habría dicho – que va a necesitar gobernar con ese partido.”

Ya durante los doce años previos el entendimiento político entre priistas y panistas había rendido frutos. Las reformas salinistas y luego las zedillistas permitieron gobernar en un ambiente de creciente pluralidad. Para descalificar esta relación se acuñó el término “concerta-cesiones,” que despectivamente denunciaba la mecánica de toma y daca característica de los gobiernos sin mayoría (o suficiente legitimidad). Más tarde, Andrés Manuel López Obrador comenzó a hablar de un supuesto bloque, mezcla de elitismo, conservadurismo y autoritarismo, al que bautizó como PRIAN.

Al parecer Vicente Fox fue dócil ante el consejo de Zedillo. Aún si, dentro de su partido muchas voces lo conminaron a exhibir la corrupción del PRI con el objeto de mandar una señal política contundente en contra de pasado, el nuevo mandatario prefirió mantener firmes los puentes de comunicación con el liderazgo del tricolor.

Lo más cerca que estuvo de actuar contra el PRI fue cuando iba a ser desaforado el senador Carlos Romero Deschamps, líder del sindicato petrolero, para que procediera en su contra una investigación judicial. Otra líder de gremio, Elba Esther Gordillo, convenció al guanajuatense de echarse para atrás. Con ello se produjo enojo y también decepción dentro del partido azul pero nada más. Para AMLO aquello fue una prueba definitiva de la existencia del PRIAN. Dentro de Los Pinos, en cambio, el hecho significó asegurar cierto margen de gobernabilidad que, aunque mediocre, era producto de un voto dividido durante la jornada del 2000.

Las situaciones políticas, como los planetas dentro del sistema solar, suelen colocarse cíclicamente en posición parecida. Hoy, otra vez, el partido entrante tiene en sus manos la posibilidad de lucirse ante la galería señalando a su adversario de hampón y corrupto, y con ello crecer su popularidad. O calcular mejor los movimientos, para no provocar una fractura que, en el mediano plazo, podría ser indeseable. La diferencia en esta ocasión radica en que el PAN está sentado en la silla que antes tuviera el PRI.

Lo obvio: la crisis fustigada por Oceanografía navega como el proyectil preciso que provocaría el divorcio definitivo del PRIAN. Lo que AMLO soñó por varios lustros y no obtuvo, lo terminaría logrando, aún sin pretenderlo, Amado Yáñez, cabeza de la empresa en desgracia.

En este caso los niveles de fraude y engaño son  inocultables. El expediente Oceanografía está, desde ya, llamado a ser uno de los monumentos más escandalosos de corrupción en la historia mexicana. Sin embargo, a la PGR le tocará empujar las investigaciones que llevarían a exhibir a más de un panista de alto vuelo. O acaso, bajo una lógica política mafiosa, enfilará baterías para que las bombas caigan lejos de políticos y actores próximos a los presidentes Fox y Calderón.

La decisión no es sencilla. Como antes ha ocurrido, se tratará de una potestad exclusiva del presidente. Cabe asumir que los difícil en este caso no será iniciar la investigación – ésa ya es irreversible – sino controlar el fuego que podría incendiar a muchos, o bien, por decisión política, solo a unos cuantos.

El clímax de este novelón tendrá como argumento el mismo que Zedillo sembró hace casi 14 años en el oído de su futuro sucesor. ¿Cuánto necesita Enrique Peña Nieto al PAN para gobernar? Si, a consideración suya, sirve ya de poco a su agenda e intereses, el incendio tendrá proporciones grandes. En cambio, lo contrario se asoma previsible si el PRI continúa valorando a su socio de muchas batallas, como indispensable para gobernar la pluralidad nacional.

Solo una cosa puede afirmarse a estas breves alturas: el desenlace del episodio va a dejar heridas de muerte a varios que hoy se asumen colocados en bandos aparentemente distintos.