Mi padre pudo asegurar económicamente su descendencia cuando fue presidente municipal, pero prefirió enseñarnos el valor de las cosas, práctica y literalmente. Es decir, ahora yo podría estar haciendo fiestas tipo el hijo de Reynoso Femat (recuerden que me gusta exagerar) urgiendo reconocimiento y similitud con los gringos porque los complejos y la ansiedad primermundista. Si tan solo mi padre hubiera sido un poco corrupto entonces yo estaría con un par de mujeres tetonsísimas y desnudas en un jacuzzi repleto de Moët, pero no, mi padre decidió no pertenecer al derroche de recursos públicos, a la desigualdad económica porque envilece el alma de las personas, y la billetera, y el sistema social, y a las futuras generaciones, y sobre todo porque su corazón es tan bondadoso que la injusticia lo hincha de rabia.

Recuerdo mi infancia sin implorar nitidez, cosa que me hace sonreír. Recuerdo aquella vez que comprendí el valor de la verdad. Era un día soleado, yo tenía seis años y mi hermana (un año menor que yo) tenía una paleta que yo quería por puritito capricho y antojo; se la quité y se echó a llorar a cántaros, más que el cielo y sus lluvias de julio; mi padre preguntó qué sucedía:

–Se cayó– dije.
–¿Le ayudaste a levantarse?– me dijo con ternura.
–No.
–¿Y por qué, hijita?– preguntó nuevamente con ternura.
–No sé– dije, pues porque qué más decía una niñita mentirosa.
–La verdad es que yo vi todo lo que hiciste y no está bien. Mira a tu hermana llorosa que ni siquiera ha venido a reclamar. Anda a regresarle su paleta y vamos a comprar algunas más; cuando de verdad ella se caiga, ayúdale siempre y tírate al piso de ser necesario para que las manitas de las dos se ayuden –decía agarrándose las manos– y puedan volver a sus andanzas.

Aquél es uno de los tantos días que guardo en mi memoria porque tampoco sabía lo que una “andanza” significaba; lo comprendí después cundo de a poco caminé con mi padre por un camino tan coloreado como gris, enseguida me enseñó a correr para finalmente aprender a volar en todo ese espacio que me pertenecía porque… ya lo diré más adelante.

Mi padre y sus finas arrugas en ese rostro tan celestial como certero; mi padre tan imperfecto, osado, meticuloso, intuitivo, reservado, ocurrente, sabio, obsceno (adjetivo divertidísimo en él), visceral, explosivo, neurótico, maravilloso, necio; mi padre con copitos de nieve en su cabello y sus manos hermosamente lastimadas por tanto trabajar y tanto aferrarse a las manos de sus hijos estúpidamente ingratos.

Entonces, cuando no sé si lo merezco, mejor me le cuelgo al cuello y lo lleno de besos, le pregunto sobre cualquier suceso mundano para escucharlo otro poco más (porque a veces es muy callado), me pregunto si todo lo bueno que he hecho se traduce en tenerlo, le escribo una nota a mano o abuso de la posmodernidad dejándole mensajes nuevos y urgentes en su bandeja de entrada, le marco por teléfono para preguntarle por cuál camino jamás me perdería o simplemente le hablo sin prisa y le digo al mundo que estamos a mano. Después sonrío, a veces sin parar.

Y para continuar la historia que escribo todos los días, lo observo atentamente cantar al tiempo de Pedro Infante mientras cuido con recelo uno que otro disco de acetato pues es otra manera de apreciar un pedacito de cielo porque él me lo regaló completo.