Hasta hace unas cuantas semanas, Enrique Peña Nieto se miraba en todos lados como el futuro Presidente de México. Traía ya la banda tricolor pintada al pecho y ya nadie dudaba que sus 20 o 25 puntos de distancia se volverían imbatibles. Sin embargo, en los últimos días, se ha venido rompiendo lo que yo llamaría el principio de la inevitabilidad. Enrique Peña Nieto está arrojado al diván. Y es que en efecto, los candidatos, una vez que salen a la arena pública, son como el paciente que va con el psicoanalista y ahí, en el diván, muestra sus virtudes, pero también sus peores defectos.

Por Ricardo Raphael