Jean Valjean, en la edición de Los Miserables de 1865. Foto: Tomada de Internet

Jean Valjean, en la edición de Los Miserables de 1865. Foto: Tomada de Internet

Tal vez el mejor de todos los recuerdos del mundo, es aquel que surge, espontáneo y ferozmente hambriento, cuando evoca, muy lopezvelardianamente, al “santo olor de la panadería”.

Ese sutil aroma está íntimamente ligado no solo a la memoria sino a la literatura misma.

Había pan en La Ilíada y La Odisea, en la última cena de la Biblia, en la conquista de México soberbiamente contada por Bernal Díaz del Castillo, en El QuijoteLos Hermanos Karamazov, Veinte mil leguas de viaje submarino, Cien años de soledad, estaba presente por supuesto en Los Miserables, en Crimen y Castigo. Elemento indispensable que nos remite siempre a esperanza, a destino, a solidaridad, a vida, sencillamente a vida. Pan cómo sinónimo de alimento primordial, único, insustituible, verdadero, eterno.

Soy pues, sin duda, lo que he leído, pero también soy el pan que acompaña a esas letras que me determinan.

Soy pues Ana Frank. Una niña judía que comparte con los otros siete que estamos aquí, escondidos en la buhardilla una hogaza, que significa la vida.

Soy Sancho Panza, que de vulgar escudero de un loco que leía novelas de caballería y peleaba con molinos de viento creyendo que eran enemigos gigantes, pasé, de golpe y porrazo a ser emperador de la península de Barataria y a engordar, más, sí cabe, sentado en un trono, dando rienda suelta a mis impulsos que en mucho tienen que ver con las mujeres, la bebida y sobre todo, y ante todo, a la comida; al pan recién horneado que llena con sus efluvios mis habitaciones y que no cambiaría por el más caro y sofisticado de los perfumes.

Soy Aureliano Buendía. Y recuerdo también con un suspiro, la tahona de Macondo. Y sobre todo a “Remedios la bella que está siempre presente en el vapor del pan al amanecer”.

Soy Jean Valjean. Condenado inmisericordemente por robar un mendrugo. Tal vez uno de los personajes más trágicos en la historia de la literatura; ese hombre que en el camino a la libertad, no sólo se encuentra a sí mismo, sino también a un mundo en llamas que busca en el pan, su sustento y su redención.

Soy Marcel Proust. Y ando en busca del tiempo perdido… Y cada vez que remojo mi suave magdalena en el té, asocio con una claridad pasmosa, ese olor, esa textura, ese aroma, con mi niñez, con todos los maravillosos momentos que viví. Y puedo así, con ese simple y pequeño placer cotidiano, darme gloriosa cuenta del poder evocador de los sentidos. Y es esa magdalena, ese pequeño trozo de pan dulce, el que me lleva, cuando quiero y como quiero, a la recuperación de ese que fui y que hoy, en el espejo, por más esfuerzos que hace, no se reconoce.

Soy pues, Sandokan, el tigre de la Malasia. Sherlock Holmes, Carlitos, el niño de 10 años que está enamorado de Mariana, la mamá de Jim, mi mejor amigo. Soy Ishmail, soy el Viejo que lucha incansablemente con el inmenso pez que está prendido en mi anzuelo y que de cuando en cuando le da una mordida al trozo de pan que lo mantiene vivo.

Y cómo soy ese libro que me arropa y hace que mi corazón retiemble, y mi frente se queme con las ardientes arenas africanas, o mis ojos se queden cuadrados de admirar el mundo y sus bellezas, también soy el pan que me llevo a la boca, ese pan que aparece una y otra vez en la literatura, como un protagonista principal y soberbio, ideal, imprescindible, la esencia del mundo, el principio y el fin de todas las cosas.

Un panadero trabaja con mucho más que un amasijo de harina, huevos, agua, y levadura que se mece rítmica y vigorosamente entre las manos; tiene en ellas no sólo su propia historia sino la historia del mundo. La masa madre de dónde sale ese pan mítico, valeroso, ganador de miles de batallas en la vida real y en la literatura, que tiene como componentes secretos y valiosos, miles de horas de trabajo fecundo y también de imaginación, lleva las lágrimas de los tiempos de guerra y las sonrisas de la abundancia, del recuerdo de mejores tiempos y sobre todo, de la esperanza de aquellos que sin duda vendrán, unos días dorados en que a nadie le falte, y en los que al que le sobre, encontrará en su propia historia la certeza, la razón, el motivo, la forma de compartirlo con el que esté a su lado, esperando tan solo una sonrisa a cambio.

Y entonces, con pan y con palabras, habremos alcanzado por fin, el sueño que anhelamos.