Algo está haciendo bien en materia electoral Andrés Manuel López Obrador, por fin, porque ha comenzado a remontar posiciones. Según las últimas encuestas, está alcanzando a Josefina Vázquez Mota en el segundo lugar, a pesar de haber comenzado bastante rezagado en las precampañas.

El empate técnico que revelan los sondeos obedece en realidad a una combinación de tendencias: una caída de la abanderada panista y un ascenso moderado del candidato de la izquierda. Con todo, son buenas noticias para Andrés Manuel López Obrador quien parecía condenado a ver de lejos la disputa por la presidencia entre el PRI y el PAN.

Las razones del desplome momentáneo de Vázquez Mota ya han sido comentadas en este y en otros espacios (defectos en su campaña, división en el PAN, yerros de la candidata). Pero poco se habla de algunos aciertos del enfoque que López Obrador ha logrado en las últimas semanas.

Este hecho llama la atención porque el tabasqueño no se había caracterizado por su buen tino en materia de estrategia electoral. Hace seis años, perdió una ventaja considerable por varios motivos algunos de los cuales son imputables a errores propios: desde el “cállate chachala”, su exclusión del primer debate o su discurso radical en contra de los ricos (y desde luego otras razones para la derrota son ajenas al propio López Obrador, habida cuenta del “haiga sido como haiga sido” de Calderón y todo lo que eso esconde).

El conflicto poselectoral tampoco fue el más acertado de cara a las elecciones del 2012. ¿Qué habría pasado si López Obrador hubiese actuado con más serenidad luego de la derrota del 2006? La toma de Reforma acabó pareciendo un pataleo y lo del gabinete de sombra y la banda presidencial una bufonada. Pero ¿qué habría sucedido si el tabasqueño se hubiera convertido en el gran líder de oposición del gobierno calderonista? Un jefe de estado paralelo capaz de hacer una crítica puntual al programa de gobierno panista a todo lo largo de los seis años; alguien con la estatura para ofrecer soluciones mejores y distintas a las planteadas por Los Pinos. ¿Sería hoy el puntero indiscutible en la carrera presidencial?

La lógica indicaría que si hubiese operado con mejor estrategia, Andrés Manuel tendría que haber arrancado como el puntero en la actual campaña presidencial. Después de todo, casi gana la presidencia hace seis años y el que lo hizo, Calderón, ha tenido una gestión bastante desafortunada. Pero lo cierto es que el candidato de la izquierda inició la precampaña en un lejano tercer lugar.

¿Qué le ha llevado a empatar el segundo lugar? ¿Tiene todavía oportunidad? Me parece que el éxito momentáneo del tabasqueño tiene mucho más que ver con sus virtudes estructurales que con sus aciertos tácticos. Me explico. Hay tanto de impostado en la campaña de Peña Nieto y tal fragilidad en la figura de Vázquez Mota, que ambos programas de gobierno parecen diluidos, desdibujados. El electorado tiene la sensación de que ambos, la panista y el priísta, son merolicos dispuestos a decir cualquier cosa que prepare el publicista del momento.

No es el caso de López Obrador. Bueno o malo el tabasqueño ha sido consistente a lo largo de los años. Una mirada crítica sobre la agenda nacional y una solidez moral personal son rasgos inherentes a su personalidad, no el resultado de la construcción de un cuarto de guerra electoral. Me parece que buena parte de su repunte tiene que ver con esa percepción por parte del electorado: a pesar de sus defectos, López Obrador es un referente auténtico en medio de los clichés propagandísticos que proyectan sus rivales.

Ciertamente el tabasqueño ha intentado ofrecer una versión más amable de sí mismo. Lo de la “República Amorosa” ha sido poco convincente en el fondo, pero al menos sirvió para difundir la noción de que era menos belicoso de lo que se había dicho y entraba a la contienda despojado del rencor que se le atribuía. Pero más allá de su discurso “amoroso”, López Obrador está vendiendo lo que él es: un político luchador social a favor de un cambio.

¿Bastará tal impulso para alcanzar a Peña Nieto? No se ve probable. La campaña durará solamente 10 semanas más y la diferencia es todavía considerable. Tendrían que coincidir varios factores para convertir a esta en una contienda cerrada. Errores de Peña Nieto y un desplome absoluto de Josefina. Sólo eso permitiría que el fenómeno del voto útil se inclinara a favor del perredista. Por lo pronto eso no está en el horizonte.

El empate entre Josefina y López Obrador es una buena noticia para el tabasqueño, pero todavía es mejor para Peña Nieto. Que el voto antipriísta se divida por igual entre dos candidatos es la mejor manera de que se neutralice su impacto. Lo único que pondría nervioso al del PRI es que el segundo lugar tomara distancia clara del tercero y agrupe los votos contrarios al tricolor. En las próximas semanas sabremos si López Obrador tiene el impulso para conseguirlo. Por lo pronto, algo todavía se mueve.