Fue a él a quien primero se lo escuché: “nunca me sentí latinoamericano hasta que salí de Latinoamérica y me encontré con los chilenos, los bolivianos, los cubanos y los mexicanos. ¡Venir hasta París para reconocer lo obvio!” Aquella afirmación me golpeó  porque la experiencia personal había sido idéntica. Quizá se trata de un fenómeno relacionado con la perspectiva. Cuando uno tiene los objetos pegados a la nariz, a penas si puede distinguirlos. En cambio, con la distancia suficiente, las cosas se aprecian bien. Un tanto igual sucede con las personas.

A García Márquez lo escuché hablar antes de leerlo y es que lo hice ya tarde. Como muchos, fui víctima de un síndrome de hipocresía que lleva a suponer la lectura de una novela famosa, sin haber jamás atravesado sus páginas. ¿Para qué perder el tiempo con un libro que tantos han leído habiendo miles de textos desconocidos por la humanidad? Al fin que de tanto oír hablar, por ejemplo, de Cien Años de Soledad, por ósmosis algo se me iba a pegar.

Después de que don Gabriel hiciera aquella declaración de latinidad corrí a una librería que se encontraba detrás de los jardines de Luxemburgo para curarme de una estupidez que, por voluntad, podía ser pasajera. No había avanzado mucho en su lectura cuando comencé a sentirme, no latinoamericano, sino colombiano. La familia Buendía, larga progenie, me era próxima un poco porque sus integrantes podían haber sido tabasqueños o chiapanecos, otro porque conversaban en castellano, pero sobre todo porque los efectos de la prosa de García Márquez me provocaron una insondable  sensación de familiaridad.

De haber leído antes Cien Años de Soledad me habría ahorrado el viaje a París para descubrirme latinoamericano. Ese tomo hacía las veces de espejo capaz de reflejar con gran potencia una misma identidad. El sueño de Bolivar puesto en las letras. La narración de una larga travesía bien tejida desde el Bravo hasta la Patagonia.

Cabe decir que la materia vinculante no es, en caso de García Márquez, la revolución socialista, ni las ideologías o el mismo odio que repudia al mismo enemigo. No hay pulsión panfletaria en esta pluma entrañable. Eso no quiere decir que Don Gabriel haya guardado distancia con Cuba y otras causas que a él le parecieron solidarias. Pero la cuestión latinoamericana de García Márquez estaba colocada en otra parte; radicó en volver universal un modo de vida que es típicamente nuestro.

No fuerzo a excederme con palabras lo que ya ha sido escrito. Los generales caídos, los amantes desgarrados, las abuelas desalmadas, los demonios y las selvas de toda América Latina fueron convocadas por la literatura de García Márquez, al tiempo que otros escritores tomaron coraje para seguirle en su exuberancia, humor y desparpajo.

No habría literatura del boom sin García Márquez y a nuestro subcontinente le faltaría una parte esencial de su alma contemporánea si su talento no hubiese producido tanto pretexto para el reencuentro. No seré el primero en afirmarlo: sin el Gabo América Latina no volverá a ser la misma. Tampoco lo volverá a ser París y todos los pretextos que nos servían de referencia a los latinoamericanos.

Hace pocos años mi amigo Jorge Volpi escribió un ensayo titulado La Pesadilla de Bolivar. De manera desafiante ahí advirtió que América Latina, como concepto compartido entre los habitantes del subcontinente, había muerto. Una de las razones que expuso fue precisamente que el boom había pasado de moda sin ser sustituido por otra corriente de escritores, pensadores, amigos, cófrades o cualquier cosa que replicara el espíritu de camarilla que en su día sostuvieron Vargas Llosa, Fuentes, García Márquez, Monterroso, Cortázar y otros.

Debo confesar aquí que, en alguna presentación de ese ensayo, aseguré que Volpi estaba equivocado. Argumenté que las nuevas fuerzas de la latinidad estaban en ese mismo momento expresándose en el sur estadounidense, una suerte de París extendido, donde miles de hondureños, salvadoreños, puertorriqueños, mexicanos, guatemaltecos, brasileños, etcétera, etcétera, estaban experimentando igual sentimiento al que le oí expresar a García Márquez en París, por allá de 1992. Para beneficio de mi reflexión, el día en que ocurría aquel conversatorio era 1º de mayo, la principal fiesta hispana en los Estados Unidos.

Jorge fue recatado en su respuesta, un tanto porque otras ideas vertidas en La Pesadilla de Bolivar merecían atención y también por prudencia: García Márquez logró comunicarse con los hispanos que viven del otro lado del Río Bravo pero la literatura chicana no ha sido todavía capaz de hablarnos con el mismo significado a quienes seguimos residiendo al sur del paralelo 29.

Si la pesadilla de Volpi se convierte en una profecía, estamos parados ante la mala hora en que esa tragedia dio comienzo. Sin García Márquez Latinoamérica se ha quedado huérfana, no porque haya perdido al padre, sino al más latinoamericano de sus escritores. Quisiera sin embargo imaginar que con su muerte muchos otros encontrarán la narrativa extraviada, esa que sería capaz de darle continuidad a lo que merecemos ser, no para repetir el siglo XX, sino para darle mejor humanidad y destino a la América Latina del  siglo XXI.