México es hoy el país con las mayores desigualdades dentro de las 34 naciones que integran la Organización  para la Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE). Algunas de ellas son verdaderamente vergonzosas: el peor en seguridad para sus habitantes, el peor en materias educativas, el peor en el tema de la pobreza, el peor en el rezago salarial…

México es, también, el país que más tratados de libre comercio ha firmado en el mundo, bajo la premisa de que esos acuerdos internacionales lo dotarán de herramientas para abrirle paso a su economía a nuevos mercado, lo que, según cada Gobierno federal que los signa, traerá más empleos y desarrollo, y por añadidura bienestar para todos.

Pero no. Esa premisa del neoliberalismo económico que los gobiernos mexicanos siguen desde hace tres décadas no se han cumplido.

Al contrario, la riqueza ha llegado sólo para un puñado de empresarios y de miembros de la clase política, mientras que la mitad de su población se hunde en la miseria.

Esa pobreza, que en millones de personas es extrema –es decir, no tienen ni para un bocado de alimento al día– es, además, el caldo de cultivo de donde se nutre el crimen organizado en sus diferentes ramas, lo que ha sido un detonador de la violencia que hoy vemos todos los días en las calles de nuestras ciudades y pueblos.

Durante 30 años, los gobiernos del PRI y del PAN no han podido cumplir sus promesas de progreso, porque las políticas públicas no están orientadas al desarrollo interno, a la educación, a la ciencia, a la salud, y sólo se concentran en dar prebendas a los grupos económicos cercanos al poder en turno.

Así, México se ha convertido en una fábrica de pobres que engrosa las filas del crimen organizado y que, en el camino, le da votos a todos los partidos políticos, con líderes sin escrúpulos, que buscan el poder por el poder.

Esa es la herencia de tres décadas de neoliberalismo en México. Y eso significa también un reto enorme para la sociedad: dar un vuelvo y cambiar de una vez por todas el estado de las cosas.

Se puede en las urnas, de manera pacífica. Por eso, hoy, antes de que este Gobierno cumpla sus tres años de vida, muchos mexicanos ya tienen la vista puesta en 2018. Es la cita del cambio y, aunque aún falte la mitad del sexenio, ya muchos se alistan para dar la pelea.