Las actuales generaciones de europeos siguen viviendo del subproducto de las riquezas que les dejó la esclavitud durante un centenar de años. Basta regresar a los libros de historia para comprender cómo la economía puede construir un discurso positivo sobre la explotación sistemática de sus súbditos.

Debo el título de esta columna a Greg Grandin, autor del magnífico libro The empire of necesssity (sin traducción al español todavía). Esta extraordinaria obra regresa a la era de la esclavitud retomando un capítulo que hiciera famoso el novelista Herman Melville, para explicarnos cómo se construyó la historia de poder y dinero alrededor de la compraventa de seres humanos. Lo que los historiadores hispanoamericanos llamaron en sus libros la Revolución del Mercado no es otra cosa, dice el autor con evidencia en mano, que la normalización de una economía que sacrifica a un grupo humano para enriquecer a otro, sin mirar atrás dos veces.

Grandin cuenta la anécdota de uno de los más famosos piratas jacobinos, el francés El manco Mordeille, quien iba por los mares asegurando ser un hombre progresista,una especie de Robin Hood de los mares que odiaba a los más ricos y apoyaba a la Revolución Francesa. Pues el tal Mordeille, admirado por los navegantes españoles, capturó en 1804 el barco Neptune justo cerca de Montevideo (hoy Uruguay). El navío secuestrado venía de Liverpool cargado de esclavos negros. Cuando el muy revolucionario Mordeille abrió las puertas de la crujía se encontró con cerca de 400 africanos, hombres y niños de entre 12 y 25 años. De inmediato olvidó sus principios libertadores de los oprimidos y decidió vender a los esclavos por 80 mil pesos de aquél entonces. ¿Le suena conocido?

Grandin describe con lujo de detalle el sufrimiento de los esclavos, muy similar al que leemos en reportajes en los periódicos sobre transmigrantes y víctimas de trata de personas explotadas en fábricas. El barco Joaquín salió de África hacia América con 301 esclavos y sólo 30 llegaron vivos. Indignados, los jefes de la flota Real enviaron a  un grupo de médicos para estudiar por qué morían los esclavos. El resumen médico muestra que las mujeres y hombres negros morían de nostalgia, melancolía y sufrimiento (sumado a ello  estaba la falta de higiene, que viajaban en galeras pestilentes y infestadas de ratas, orines y heces).

Los políticos responsables de la economía de la esclavitud no sintieron pena alguna por el sufrimiento resultante del secuestro, de la tortura y el sentido de pérdida de la dignidad; lo que hicieron fue crear nuevas reglas para mejorar la economía esclava con menos sufrimiento, siempre centrados en tener menores pérdidas económicas (digamos que jugaron a darles derechos parciales a los esclavos). Los detalles narrativos de la convivencia entre esclavos y esclavistas nos recuerdan cómo difícilmente hemos superado la economía de la servidumbre; la sumisión como condición para la supervivencia. Antes y ahora, aunque hoy día seamos políticamente correctos, la esclavitud en su versión Neoliberal sigue siendo una salida para poner en portada los avances económicos del país.

Contrario a la realidad de la esclavitud, este libro no tiene desperdicio. La extraordinaria capacidad narrativa de Grandin hace leer una historia real como una novela de suspenso. En este libro encontramos una fuerte crítica sobre los paradigmas económicos, que tanto a principios de Siglo diecinueve como en el veintiuno, aceitan la maquinaria de la pobreza para mantener a una parte de la humanidad necesitada a tal grado, que es capaz de ver la esclavitud como destino manifiesto. De entre los esclavos rebeldes habrá siempre quienes reproduzcan el modelo explotador. La cultura no cambia por decreto de supervivencia, eso queda claro.

Grandin nos recuerda esas contradicciones que no debemos olvidar; aquellas donde el nuevo mundo transitó a la edad de las libertades y para llegar al enriquecimiento de algunas naciones creó la era de la esclavitud para otras. Si esto le parece un lugar común es porque ciertamente lo es. Ahora, como antes, los emperadores de la economía esclava aparecen como héroes del progreso y la riqueza en portadas de las revistas más prestigiadas, todos ellos han abrevando del imperio de la necesidad. En su comparsa están quienes pretenden vendernos la idea de que la esclavitud debe ser regulada, porque la pobreza y la desigualdad son verdaderamente inevitables. El reto está en entender la historia y comprender que seguimos creyendo eso porque el paradigma económico difícilmente ha cambiado y habrá que deconstruirlo.