Sí, lo entiendo, advierto que a partir de la lectura de este texto seré fustigada en redes sociales, las amenazas, los insultos y las descalificaciones correrán por cuenta de los amigos de la sociedad defensora de la conspiración perenne. Esta es  una opinión, el análisis personal, independiente, libre y propio de quien tiene algo que decir desde la perspectiva de los derechos humanos.

Hay algo profundamente inquietante en Nicolás Maduro. Asombra la facilidad con la que confunde ideas y narra hechos inexplicables con la investidura presidencial que, en otros casos, llevarían directamente al psiquiátrico a cualquiera que se atreviese a declarar, entre muchas otras cosas, que un pajarillo le cantó al oído y él supo inmediatamente que el ave que revoloteó a su lado encarnaba al santo espíritu del ex presidente muerto Hugo Chávez. Si Enrique Peña Nieto, Barak Obama o Angela Merkel a quienes constantemente analizamos, criticamos y cuyos actos desmenuzamos en la prensa diariamente, se atreviesen a decir que un pajarillo les habló al oído, el mundo se hubiese reído y acto seguido, el Congreso estaría cuestionando la salud mental de su presidente.

El caso de Maduro se toma a chacota porque hace muchos años que él mismo y otros han ridiculizado su propio liderazgo en ese país, con un discurso que mezcla el realismo mágico con el catolicismo populachero, impregnado de un misticismo cumbanchero musicalizado, misógino y salpicado de intolerancia creativa, así dan la nota mundial. Pero más allá de las alucinaciones y desplantes presidenciales, este es un país donde la corrupción se oculta bajo el manto patriarcal de una izquierda trasnochada y populista que se niega a la transparencia y a la protección de los derechos humanos.

En Venezuela no hay más: o estás con  el fantasma de Chávez, con Dios y con Maduro, o con el diablo que son los Estados Unidos y cualquiera que discrepe con sus acciones y formas de gobernar. No hay cabida para la visión sociocrítica, no hay cabida para el análisis derechohumanista, no hay cabida para la libertad de expresión. Esta bipolaridad no es de extrañar. Después de todo quienes hemos vivido los regímenes con diferentes durezas dictatoriales, sabemos lo rápido y fácil que es para los heraldos del neoliberalismo rapaz tomar la plaza y convertir a los gobiernos en servidores del capitalismo salvaje.

También se entiende, sin duda, el miedo que habita el corazón del hijo putativo de Chávez, sobreviviente con sus compañeros de un intento de golpe de estado. No escapa a nuestra mirada la real actitud de ave de rapiña que Washington y sus capitales han tenido y tienen con Venezuela como el gran productor petrolero del mundo. Faltaríamos a la verdad en negar que por menos que el petróleo bolivariano, los norteamericanos han iniciado guerras, conquistado países e invadido territorios.

Sin embargo es justamente en ese contexto en el que ahora más que nunca Venezuela debe abrirse a la mirada y a la voz del mundo. Porque la actitud paranoide contra activistas, medios y periodistas nacionales, y de muchos países, logra justamente lo contrario de su propósito supuestamente libertario.

Hay una suerte de estrategia sagaz en esta potente descalificación a la crítica y al análisis periodístico de las últimas revueltas en Venezuela. Basta hablar con grandes pensadoras e activistas de Panamá, Venezuela, Costa Rica y México para entender la cualidad aplastante de este imposible diálogo venezolano.

Si Maduro pretende que las sociedades del mundo, incluido México, entiendan verdaderamente lo que está haciendo en su país con respecto a los derechos humanos, a la libertad de expresión y de prensa, a los derechos de las mujeres, en la lucha contra la trata de personas y en contra de la pobreza alimentaria, que no nos venda demagogia. Ya tenemos suficiente con la que los neoliberales intentan entregarnos en charola de plata, por los medios vendidos al Estado, con la compra de votos, con la descalificación rapaz de los políticos capitalistas, que negados a la transparencia, persiguen a periodistas, amenazan y mandan matar a activistas. Porque si de algo sabemos las y los periodistas con experiencia en los derechos humanos, es cómo se ha construido (en derecha e izquierda)  el edificio argumentativo que criminaliza la protesta, que negocia libertades a plazos, que silencia a golpes de fusil y desacredita el disenso.

Si algo entendemos es justamente que de todos los sistemas, la democracia imperfecta es el más deseable, que el paternalismo que da limosna a cambio de silencio destruye familias y pueblos. Sabemos que la opacidad de un gobierno genera rebelión, que la rebelión incita a la ira y ésta se desata cuando los derechos políticos y las libertades civiles quedan secuestradas por regímenes enconchados, anquilosados y corruptos.

Tenemos tantas experiencias similares en Europa, en Asia, en América Latina; las dictaduras son de izquierda y de derecha, ya nadie se engaña sobre esto. De allí que duela tanto Venezuela, su gente toda, sus emigrantes, sus expulsadas, su futuro mismo.

Cualquier líder político que tenga ímpetu mesiánico está destinado a convertirse en paria, y desde ese aislamiento se convierte –la historia lo ha demostrado-en un dictador ciego, sordo, soberbio, monologante. Ahora como nunca Venezuela precisa de la defensa de la libertad de expresión, de una prensa plural y libre, de periodistas que sean capaces de analizar, criticar y opinar sin temor al escarnio público, a la violencia y las amenazas, a la descalificación y a las campañas de descrédito personal.

La pluralidad social, ideológica y política son una realidad en Venezuela; intentar arrollarlas bajo el argumento de que la CIA está detrás de cualquiera que quiera mantener su negocio a flote, de quien escriba críticas al sistema o de quien opine diferente y desee un régimen democrático, es justamente imitar aquello que más reprochan los chavistas radicales y su gabinete.

La unilateralidad, la imposición ideológica, la colonización moral y política a la que tanto teme Maduro es justamente la que aplica para mantener su liderazgo intocado.

El escritor y periodista Juan Villoro ha dicho que el periodismo es un arte, una virtud moral que se encuentra bajo continuas amenazas, es un compromiso ético. De allí que Venezuela no pueda ser vista en su real dimensión y fuerza sin una prensa libre y una libertad de expresión individual que revele su diversidad y riqueza social. Estas libertades, como el resto de los derechos humanos, no son negociables.