Narcocorridos en un bar de Mazatlán
Por: Alejandro Páez Varela - junio 20 de 2011 - 0:04
Historia de unos días - 9 comentarios
A principios de los 1990, un muy amigo mío, reportero de un medio internacional que me empleaba como freelance, me llamó para decirme que iríamos a Michoacán tras las huellas de un grupo conocido como “Cartel del Milenio”. Quería documentar que una familia había asumido el control del tráfico de una droga química que “se cocinaba” en esa región. Se refería a los hermanos Valencia y a las metanfetaminas.
El viaje fue muy aleccionador. Caminamos entre sembradíos de mariguana y estaciones de policía; un taxista nos llevó con un primo que “cocinaba” cristal o cri-cri en las afueras por Apatzingán. A nuestro regreso al hotel, el tipo de la recepción dijo que habían llegado varios sombrerudos a buscarnos. Nos localizaron. Nos fuimos casi a escondidas en otro taxi hasta Morelia. El reportaje se publicó. Los narcos no se atrevían a tanto; hacer periodismo de investigación era posible.
Recuerdo que en Apatzingán mi amigo me pidió que nos metiéramos al mercado a comprar casetes pirata. Buscábamos de los Tucanes de Tijuana. Me dijo, y no se me olvida: “Mi fuente de la DEA en el consulado me recomendó que los escuchara”. Le pregunté por qué Los Tucanes. Me respondió que estaban siempre actualizados. Que le cantaban a los capos que estaban en la cúspide. Que podríamos sacar buenos tips. Compramos de Los Tucanes y de cuanto grupo de narcocorridos encontramos. Sí, era como un curso intensivo del Cártel del Pacífico, hoy dividido en varias organizaciones criminales.
Me pregunté entonces: ¿Por qué la policía no busca a los malandros que salen en estos narcocorridos? Si los atraparan, me dije, los grupos musicales dejarían de tocarlos por ellos mismos, o porque los “jefes” se lo ordenarían. Pero nunca los atraparon; de hecho, un narcocorrido normalmente recorre las andanzas de un capo mientras está vivo, y queda como un libro abierto; cuando matan al protagonista se le agregan una o dos estrofas que detallan la manera “heroica” en la que falleció. Desde entonces y hasta hoy siguen tocándose esas loas a los narcos. Pienso, como pensaba en esos años, que si hubieran buscado a los protagonistas seguramente los narcocorridos no sonarían más.
Mazatlán me gustaba hasta hace poco porque era como el norte de México pero seguro, con mar y pescado fresco; con escritores interesantes (Juan José Rodríguez entre ellos) y periodistas honestos formados en el diario Noroeste que son la compañía ideal. Hace más de tres años que los editores José Pérez Espino y Rita Varela íbamos seguido a trabajar en el periódico local. Nos gustaba meternos a un bar equis con buena rocola y cervezas heladas. Qué buenas tardes aquellas.
Cierta vez, entró a ese bar una sección completa de metales; músicos realmente cultos. Maravilloso. Juan Arvizu, el doctor Ortiz Tirado y José Mojica con flautas transversales, clarinete y saxofones. Imagínense. En esas estábamos, cuando entró un grupo de pelones que se acomodó en lugares estratégicos. Antes de que alcanzáramos a ponernos nerviosos vino el director de esa pequeña orquesta de metales y nos dijo: “Las siguientes canciones que pidieron, vienen por nuestra cuenta. Nomás espérenos tantito”. Nos dio frío. En eso pareció un chamaco escoltado, lleno de cadenas de oro, que corrió de la puerta al escenario. Se acomodó y empezó a cantar horrible, como Valentín Elizalde. Dejó unos buenos dólares, saludó a todos, y se fue. Eran sólo narcocorridos.
Los músicos, seguramente egresados de la Escuela de Música de la Universidad Autónoma de Sinaloa –de las más prestigiadas del país–, eran desempleados y tocaban al mejor postor. Lástima, pensé: estudiar para clásico y tener que dedicar tu arte a iletrados caprichosos sólo porque traen dólares y andan armados.
El narcocorrido está incorporado en nuestra sociedad desde hace muchos años, por razones variadas. Derivación de los corridos que cantamos durante y después de la Revolución, siguen siendo lo que eran: cantos de juglares… que se pervirtieron porque la sociedad y el gobierno lo aceptó. Pero están hasta en nuestros huesos. Están, baste decirlo, en Word, programa el que escribo en estos momentos; no me subraya la palabra como mal escrita. Es parte del diccionario de Microsoft.
Ahora hay una corriente de alcaldes y gobernadores, principalmente los de zonas con mayor violencia, que quieren prohibirlos. Me parece una estupidez. Si los prohíben, por supuesto que seguirán; como las drogas o la piratería serán consumidos por millones, como todo lo que prohibimos por razones morales, éticas o por malentendidos. Pero además si permitimos que se les prohíba como parte de esta nueva corriente de conservadurismo que asola al país habremos aceptado que las prohibiciones funcionan, y no es así. Una guerra basada en esos principios nos ha depositado 40 mil muertos en las manos para confirmarnos en el tremendo error.
En lo personal, aborrezco los narcocorridos. No me causan gracia los narcos y la música es cada vez más chafa, de malísima calidad. Cualquiera que se inventa dos estrofas atrevidas se vuelve héroe con acordeón. Chafa.
Sin embargo, es un error irse contra los músicos o contra el gusto popular. ¿Por qué mejor no atrapan a los narcos que se mencionan en los narcocorridos? Los músicos dan la cara y responden a un estímulo, a una cultura que, en ausencia de la educación del Estado, se ha extendido y se reafirmará si pretendemos, como con las drogas, “sanar a la sociedad” a punta de prohibiciones.
Prohibir el narcocorrido será como mandar quemar las fotos de María Sabina porque algunos gustan de los hongos alucinógenos, o prohibirle la entrada a México al compositor de jazz Bobby Mc Ferrin por haber escrito Don’t Worry Be Happy –canción inspirada en el poeta, músico y gurú Meher Baba– sólo porque algunos la relacionan con el estado que provoca la mariguana.









9 Comentarios en "Narcocorridos en un bar de Mazatlán"
Excelente. Alejandro, Mejor dicho no se puede, ojala y las gentes que intentan reprimir por la vía de la prohibición los narcocorridos lean y relean la nota para que capten las razones.
Una semana de la página, y ya es la mejor de México, adelante…
Soy de Mazatlán y el gobernador del estado es uno de los que menciona en su nota que pretenden prohibir los narcocorridos mediante decreto. Estoy de acuerdo: es una estupidez . La historia nos ha enseñado hasta el hartazgo lo que resulta de las politicas represivas. Tal parece que nuestros políticos no saben de historia (es más, parece que no saben nada de nada) Solo espero que Mazatlán le siga gustando. Aquí siguen el mar y el pescado fresco. Ah! y el Juanjo Rodríguez también. Saludos.
¿Por qué se constituye en problema el hecho de que se difunda este tipo de música? Porque representa, más que un homenaje a los narcos, un modelo que imitar. ¿Quiénes son la materia perfecta para absober sus mensajes implícitos e intentar luego emular estas “hazañas”?: los niños; los niños más pobres y los no tan pobres. Esta es la verdadera tristeza, la real pérdida de este país. Ya no valdría prohibirlos, pero sí revertir su difusión. Sin embargo, habría que llenar su falta con esas formas de la cultura que en este país siempre están en último lugar de importancia, porque todo se mueve en base a intereses particulares y en presupuestos gubernamentales que no alcanzan para maldita la cosa.
El narcocorrido es una forma de expresar lo que está pasando con el país; censurándolos no va a hacer que la situación cambie. Solo es querer tapar el solo con un dedo.
¡Abrase el debate! Pregunto: ¿Y que es más estupido:Prohibirlos o permitir que esa porqueria se difunda y siga envenenando la mente y el espiritu de nuestros niños. No cabe duda, en el espiritu de algunos intelectuales todavía se anida el purismo mogigato y la falsa idea de que acotar y enfrentar de manera comprometida a un fenomeno, coml el narco, es atentar contra la libertad de expresión. Se cuidan demasiado y prefieren la postura cómoda de dejar hacer dejar pasar, desde luego, porque no quieren correr el más mínimo riesgo. Soy alguien directamente agraviado por el feenómeno de la violencia y por la ineficacia del gobierno, pero mi libertad en todos los sentidos no se corresponde con la postura temerosa, mogigata, medrosa de quienes reconocen un fenómeno y al mismo riempo lo toleran, lo aceptan. No proponen más que generalidades que todos sabemos. Pero lo peor, poniendo como escudo una supuesta libertad de expresión. Vamos debatiendo en serio señores. ¿Se atreven?
En efecto, estas formas de expresión popular reflejan una realidad actual que nadie puede negar. Y si nos vamos hacia atrás, no más de cuarenta años en que estos corridos empezaron a difundirse, nadie, ni sociedad, ni autoridades educativas, ni gobierno, ni iglesia, hicieron nada por detener o frenar o al menos contrarrestar su influencia nociva. Y ahora, se espantan de que haya niños asesinando para las filas del narco… El miedo a la Verdad, la prostitución de la Belleza, el déficit de acciones políticas eficaces y contundentes, la venta de las conciencias por un trozo del sueño del consumo ante una realidad de hambre y de carencias… todo se confabula para ocultar la pesadilla del gobernante inepto, del profesor mediocre, del policía corrupto, del juez comprado, del clérigo impostor…
En México, el sistema se exhibe y funciona como una fachada, esto es, una apariencia de edificio, que al roderala para buscar en su interior, no encuentras solidez, ni abrigo, ni justicia. ¿Quiénes pondrán las piedras?
Hágase, pues, el debate, mejor dicho, la discusión -siempre civilizada.
No me agradan, al igual que al redactor de la nota, los narcocorridos; sin embargo, el prohibirlos sería motivar más su difusión, eso queda claro.
El autor propone directamente: si el tema de estos corridos dejara de existir, lo haría también, paulatinamente, la difusión de los mismos. Mientras exista narcotráfico, habrá narcocorridos.
Atendiendo a la creencia general uno pudiera considerar que los narcocorridos promueven el narcotráfico y envenenan la mente de los niños. Aquí no hay respuesta absoluta, pero sí diversas caras de la moneda. Es un “Sí y No”. Déjeme me explico:
Al igual que solo uno de cada cientos de millones de niños que ven Superman o Spiderman en la tele, intentan volar saltando de un edificio o trepar uno, son contadas las personas que, como efecto inmediato a la exposición de un narcocorrido, intentarán imitar su contenido.
Pero, ¿qué ocasionó entonces que ese niño en cientos de millones lo intentara? Causas, muchas, pero una de ellas sería, muy posiblemente, su contexto social y familiar. De la misma manera tendrán un mayor efecto los narcocorridos, no de manera inmediata, pero de forma paulatina, sobre aquellos miembros de la sociedad vulnerados.
Los Estudios Culturales, un conjunto de corrientes de pensamiento formado por diversidad de disciplinas tales como la sociología y la antropología, han demostrado justamente eso: los medios de comunicación no son capaces de afectar de forma directa al lector; sí son capaces de influir en su visión del mundo y promover ciertas ideologías y/o valores, pero rara vez se refleja de forma directa en su actuar. Estos estudios son concluyentes: el lector/espectador no es pasivo, no es tonto, no recibe y nada más, sino que procesa lo que recibe y lo transforma.
¿Todo esto a qué va? ¿afectan o no los narcocorridos? Sí, porque tal cual han mencionado, promueven e idealizan la figura del narcotraficante, atentan contra la cultura de la legalidad; sin embargo, estos son a la vez síntoma de una situación social y política específica. Prohibir a los narcocorridos sería “tapar el sol con un dedo”. ¿Por qué no mejor promover la educación? Si se tiene educación, se interpretarían de manera crítica estas canciones. ¿Por qué no mejor atrapar a los protagonistas de sus historias? Sin protagonistas, no habría historia que contar.
Finalmente, y quizá sea el punto en el que pueda haber mayor divergencia entre los interesados en el tema, prohibir narcocorridos es atentar contra la libertad de expresión. Y miren que siento que la libertad de expresión está malentendida y por ello sobreestimada -se sobreestima el mal concepto de la misma-, pero en este caso en específico, no se atenta contra un tercero de manera directa como para considerar esta “libertad” una amenaza para la “seguridad”.
Si se prohiben los narcocorridos, no tardarían en prohibirse las películas de acción, o los cómics con violencia, o por supuesto: los videojuegos. No más novelas de crímenes, no más historias trágicas. Resulta, por demás, absurdo. ¿No lo creen?
Para cerrar, dejo simplemente una pregunta, una curiosidad al aire: ¿por qué sólo he escuchado sobre narcocorridos y no sobre corridos heróicos en los que el protagonista sea la justicia? ¿Los hay -recientes-? Si es así, compártanmelos. Sería muy interesante.
¡Saludos!
hola Alejandro, soy Antonio te felicito por tu trabajo. en la actualidad es muy arrisgado pero cada quien tiene amor por su trabajo y le gusta ejercerlo. el tema de narco corrido no se va poder parar ya lo menciona alguien por ahi, todo lo prohibido se consume de toda manera; creo que lugar de prohibir las musicas de ese indole, el gobernador de sinaloa. ( y en algun momento el ex presidente vicente fox lo quizo hacer tambien durante su gobierno).
el gobernador deberia de hacer un “proyecto de musica” de su estado para que los jovenes se dediquen aprender musica culta a las que escuchan la sociedad privilegiada, u otros tipos de musica que no se hable de los narcos. entonces los jovenes tendrian en que entretenerse, en adquirir nuevos o diferentes genero de musica, tendrian en algo nuevo que cantar y escuchar e incluso componer canciones.. saludos…
mexico esta inundado de narcoplaticantes que junto con el narcocorrido fomentan la narcocultura. ya no son los hijos solamente madres con tatuajes de la santa muerte y rindiendo admiracion a delincuentes el precio que paga esta sociedad en vidas y en cultura es muy alto 40 mil muertos no son pocos sin contar los miles de desaparecidos sustraidos o secuestrados