Entre los aficionados mexicanos al futbol es vieja la costumbre de ofender al portero del equipo opositor, justo antes de que despeje un balón lejos del área o cuando se dispone a enfrentar un tiro contra su portería, como consecuencia de un penal. El propósito: colocarlo en situación vulnerable para que se equivoque.

Lo curioso de esta tradición es el lenguaje que se utiliza para ejercer presión sobre el guardameta contrario. Entre una larga lista de vocablos posibles, los espectadores mexicanos escogen uno: ¡puto! Término cuyo significado es “persona del sexo masculino que ejerce la prostitución con otro varón.”

¿Por qué gritar esa palabra en vez de un improperio alternativo? No estaríamos obligados a hacernos esta incómoda pregunta si la FIFA no hubiese abierto una medida disciplinaria por el uso de términos discriminatorios que nuestros espectadores hicieron en los estadios de Fortaleza y Natal.

Ya escuché las expresiones enojadas de los aficionados que ridiculizan tal decisión. Con sorna califican como mojigato e hipócritamente “correcto” este señalamiento que juega contra una costumbre larga y aparentemente inocente. Los más radicales exigen garantías para decirle “puto” a quien se lo merezca, porque la libertad de expresión debe privar sobre cualquier otra prerrogativa humana, en concreto cuando se es espectador de un partido futbolero y la emoción nubla toda regla de cortesía.

Sin embargo, es difícil negar que ese abucheo tiene como propósito explícito colocar en posición de estrés al responsable de proteger la portería enemiga; fragilizarlo para que extravíe el balón, para que traicione su camiseta, para que se descuide, para que su tiro no lleve fuerza – no sea viril –, para que el arquero no ofrezca resistencia  frente a los embates ajenos. La intención es afectar anímicamente al portero, en un momento clave, con un adjetivo humillante.

Gritar “prostituto” al guardametas adversario es coherente con la intención de vulnerar su seguridad, disminuir públicamente su masculinidad, hacerlo dudar de sí mismo frente a la hombría de su contrincante. La palabra “puto” – puesta en este contexto –reproduce una metáfora fálica cargada de sexualidad denigrante entre varones.

Por lo anterior es que puede afirmarse que ese grito en los partidos de la selección mexicana contra Camerún y Brasil tiene una connotación homofóbica y discriminatoria.

El problema surge cuando el artículo 3º de los estatutos de la FIFA advierte que está estrictamente prohibida la discriminación de cualquier tipo en contra de un país, una persona privada o un grupo, por motivos de orientación sexual. Y ahí mismo se establece que, en caso de presentarse una conducta inadecuada, se procederá a la suspensión o expulsión de quien cometa el acto discriminatorio.

Este último argumento complica un tanto las cosas ya que no fue un jugador quien le grito “prostituto” al portero del equipo contrario, sino los espectadores. ¿Cómo y por qué sancionar a la selección de un país por las acciones de su porra?

Mientras la medida disciplinaria contra México está siendo revisada, las escuadras Rusa y Croata padecen una situación similar, y es que algunos de sus fans mostraron banderas neo-nazis durante los partidos contra Brasil y Corea del Sur.

Si las autoridades de la FIFA siguieran una política de cero tolerancia contra la discriminación, cabría esperar una amonestación para esas selecciones y quizá también para la nuestra. Por lo menos una tarjeta amarilla.

¡Qué paradojas! Habrá sido en Brasil donde los mexicanos nos vimos obligados a revisar las razones por las que coreamos la palabra “puto” durante los partidos de futbol.