Fotografía: Carlos Estrada (@cestrad5)

Queridos lectores: vengo a saldar una deuda con ustedes. El 25 de agosto publiqué en este mismo espacio un texto titulado “Para nosotras las mujeres: sexo” donde relataba las peripecias sexuales de mis amigas. Fui increpada por no hablar de mis propias experiencias de un modo tan explícito. Prometí que después publicaría un relato erótico de alguna vivencia personal.

Así que aquí les dejo este cuento mío (publicado en mi libro Damas de Caza) a modo de saldo por aquella deuda y, si me permiten, a modo de regalo en estos días que andamos todos tan regaladores.

Pensamiento lógico

A los cinco años tenía dos juegos favoritos. El primero era descomponer las palabras y su significado. Así convertí a la maestra de preprimaria en “Tureya” y al micrófono en “tucrófono”. En la escuela los compañeros se burlaban y me repetían entre carcajadas – Mireya –  Yo, convencidísima reflexionaba, por eso, es tuya: “Tureya”.

Mi segundo juego favorito comenzó con una curiosidad meramente científica. Mi hermana que cursaba tercer grado de primaria se pasó una tarde metiendo un frijol en  un algodón húmedo y luego en un frasquito de vidrio. -Va a crecer una planta de frijoles, dijo.

Cuando pregunté por qué, repitió la razón que había escuchado de su maestro en la escuela – porque está en un ambiente húmedo y oscuro-.

Húmedo y oscuro, me quedé pensando…

Efectivamente, al tercer día ya germinaba el frijol y asomaba una pequeña ramita blanca. Para el cuarto día brotó una especie de hojita que confirmaba a todas luces la factibilidad del experimento de mi hermana: del algodón mojado con el frijol dentro nacería una gran planta leguminosa.

Mi hermana argumentó que todo eso se debía a sus poderes mágicos para hacer crecer plantas. Ella era mi guía, mi heroína,  mi modelo a seguir. A partir de ese momento la ascendí al grado de gurú porque el milagro del frijol me había impactado.  Sin embargo, una y otra vez me  dije a mí misma que eso no podía ser magia. Pasé varios días tratando de entender cómo había sucedido.

Una noche, además del frijol, la admiración y la duda, empezó a crecer en mí la envidia.  Estaba cansada de escuchar lo maravillosa que era mi hermana por haber tenido éxito con su maldita legumbre.  Y entonces, click, recordé lo del ambiente húmedo y oscuro.  Con todo sigilo bajé a la cocina y busqué el saco de los frijoles en la alacena.

El corazón me reventaba en el pecho,  lo encontré, metí la manita y cogí un puño que deposité en la bolsa del pijama y caminé despacito, casi sin  respirar hasta el baño. Me bajé los pantalones, los calzones que tenían bordada la palabra Martes en letras románticas y me metí un frijol en la vagina lo más profundo que pude. Los que me sobraron los tiré en el  retrete y jalé la palanca haciendo desaparecer las pistas de mi delito.

A la mañana siguiente me levanté y, como de costumbre, entré al baño a hacer pipí.

En cuanto me senté y solté el primer chorro sentí cómo salió el frijolito y cayó en el agua, me levanté de inmediato y lo vi ahí, flotando. Empezaba a angustiarme cuando tuve la idea salvadora: -lo que pasa es que es muy chiquito, tengo que probar con algo más grande para que no se salga- pensé.

Cuando regresé de la escuela, anduve rondando por la cocina, evaluando cuál sería la semilla ideal para mis propósitos hasta que reparé en las manzanas rojo brillante que mi madre había dejado en el frutero de la mesa. Qué bonitas manzanas, jugosas, grandes. Cuántos aplausos recibiría cuando hiciera crecer dentro de mí un espectacular árbol de manzanas y no una simple plantucha de frijoles como la de mi hermana.

Tomé una y me la llevé a la habitación. Esperé a que llegara la hora en que todos estuvieran dormidos.

Bajé al baño igual que la noche anterior, cerré la puerta con seguro, me saqué la ropa  y me senté en el piso. Tome la manzana, abrí las piernas y comenzaron los intentos para que entrara. De tanto frotar la fruta contra mi sexo empecé a sentir un calor extraño. Era una sensación dulce y aguda, húmeda, diferente. Me gustaba.

Por un momento olvidé la consigna y seguí frotando,  mi respiración se volvió pesada,  cerré los ojos y seguí hasta que llegó el milagro. Tenía ganas de gritar, pero pensar en las consecuencias del grito me contuvo, apreté los labios. Abrí los ojos de nuevo, la manzana estaba blanda, mojada y mucho más brillante que en la mesa del comedor. Yo temblaba. Soplé largo y despacio para recuperarme. Por un rato me quedé ahí, sentada y calladita.  Volví a dejar la manzana en el frutero, nunca supe quién se la comió y aún prefiero no saber.

No creció el árbol de manzanas en mi vientre pero corté la mejor, una que no provocó discordias y sí una gran armonía porque a partir de ese momento olvidé por completo la obsesión de competir con la planta frijolera de mi hermana.

Han pasado muchos años y he descubierto otros tactos, otros jugos igualmente milagrosos, pero no dejo de pensar en esa fruta que estimula y humedece. El agua dulce, el sonido de derrumbe y el blanco imperfecto que se revela en el interior después de arrancar con una mordida la elástica piel roja, son poderosas y perturbadoras imágenes que ningún esfuerzo lógico o científico podrán anular. Aquí sigue, absoluta, la magia de aquella inolvidable iniciación orgásmica.

@AlmitaDelia

22 de diciembre de 2012