Como si fuera el cura Hidalgo, un vecino de San Bartolo Ameyalco sonó la campana de la iglesia para convocar a la gente a participar en la revuelta. Se juntó un centenar de personas que se hizo de un arsenal de piedras, tubos, petardos y botellas de cristal. La consigna de todos era evitar que el gobierno tomara control de un supuesto pozo de agua que se encuentra a la vera del Camino Viejo a Mixcoac, a la altura de la colonia Las Águilas.

También desde las azoteas de las casas los vecinos se prepararon para defender su causa. Así, desde arriba y desde abajo, a las nueve de la mañana del pasado miércoles estalló un violento acto de rebeldía social que concluyó mal. Durante ocho horas se sostuvo una batalla callejera entre la policía de la ciudad y los habitantes enardecidos de San Bartolo. Al final el saldó fue de 51 agentes lesionados, 70 ciudadanos heridos y 17 personas detenidas.

El delegado de Álvaro Obregón, Leonel Luna, en entrevista con  Leonardo Curzio, aseguró que el origen del problema fue el engaño en el que cayeron los rebeldes. Según su dicho, no hay pozo de agua que defender en esa colonia. Lo único que la autoridad quería concluir era una obra de red hidráulica conectada al sistema Lerma Cutzamala. Sin embargo, se quejan los vecinos porque, cuando se opusieron a que los trabajadores continuaran con su tarea, en vez de propiciarse una mesa de negociaciones, el delegado envió a la fuerza pública.

No es novedad que entre gobernantes y gobernados sea pobre la conversación. Tampoco que la violencia se coloque en medio cuando las palabras no funcionan. De a poco, la ciudad de México se nos va desfondando. La confianza entre unos y otros está quebrada y, peor aún, la confianza entre los integrantes del grupo gobernante también padece fracturas.

Es común escuchar a los delegados que se reconocen como parte de la corriente perredista que encabezan René Bejarano y Dolores Padierna – Izquierda Democrática (IDN) – que los problemas de su demarcación son responsabilidad del gobierno de la ciudad, es decir, de Miguel Ángel Mancera y su circulo cercano. En revancha, cuando se interroga al segundo grupo, de inmediato los manceristas utilizan a  las huestes de IDN como explicación.

Tan antiguo como el ser humano es el recurso de la conspiración. En vez de observar con detenimiento los problemas, de reflexionar, atender y resolver, se prefiere ubicar como causa única a una persona o grupo de personas, supuestamente organizadas para provocar el mal. Así se humaniza la dificultad. Mejor culpar a un enemigo tangible que verse arrojado a una cueva insondable de causas y consecuencias desconocidas.

Sobre todo por pereza mental, los bejaranistas acusan a unos de haber tocado la campana en San Bartolo Ameyalco. Por idéntica razón sus adversarios señalan al delegado, perteneciente a IDN, por haber convocado a la fuerza pública sin ninguna necesidad. Para hacer la cuenta corta, la desconfianza entre unos y otros – entre la autoridad de la ciudad y la autoridad de la delegación – da origen a la explicación oficial sobre esta tragedia. La fuente del problema es la conspiración, gritan al unísono ambos bandos. Ahí sí que coinciden.

La inercia que impide ver más allá de la politiquería vecinal no permite ubicar la fuente del enojo  que viene cocinándose desde hace tiempo. ¿Por qué habrían de preocuparse los vecinos por un pozo viejo si el agua corriente y potable llegara todos los días a sus casas?

Ésta podría ser la razón detrás de la revuelta: 40% de la población en cinco delegaciones capitalinas – Álvaro Obregón, Iztapalapa, Tlalpan, Milpa Alta y Tláhuac –no cuenta con ese líquido fundamental, a menos que una pipa venda a pie de calle los litros que el servicio público es incapaz de proveer.

Es de no creerse que la ciudad de México racione así el agua entre sus habitantes. Y todavía más infame que su venta sea objeto de negocios económicos y políticos por parte de los líderes principales del partido gobernante. Votos a cambio de agua, ese es el método de extorsión frente al cual los habitantes de San Bartolo se rebelaron. No sería extraño que otros muchos barrios capitalinos comenzaran a mostrar síntomas similares de furia en contra de la autoridad.

Los funcionarios responsables de proveer agua potable en la ciudad de México saben que hay pozos cuya capacidad podría aliviar la injusta escases. Sin embargo, los vecinos no tienen confianza de que estas obras tengan propósito sincero. En este contexto llama la atención el eslogan con que el jefe de gobierno de la ciudad de México propone gobernar: “Capital Social.” Este es un concepto estrictamente relacionado con la confianza entre las personas de una misma comunidad.

Si la confianza es baja también lo es ese capital. En sentido inverso, si la gente es capaz de creerse entre sí y de confiar en el gobierno, entonces tal capital se multiplica.

Miguel Ángel Mancera y Leonel Luna administran una ciudad que se está gastando muy rápido el capital social con que comenzaron a gobernar. De nada sirve la teoría de la conspiración para revertir esa tendencia. El problema del agua en la ciudad de México es grave y el de la desconfianza aún mayor.