Seguro ustedes tienen una historia similar. En mi caso, en la Guadalajara de la segunda mitad del siglo pasado había una leyenda viviente llamada Ángel “Zapopan” Romero. En Jalisco era un ídolo local y, luego lo supe, también un deportista de prestigio nacional. Fue un ciclista que antes de cumplir los 23 años se retiró de las competencias tras ganar de manera consecutiva cuatro ediciones de la Vuelta de México (1951 a 1954). Décadas después de su hazaña, el “Zapopan” Romero tenía una tienda de bicicletas, que según mi recuerdo era enorme, y una fama que hacía que nuestros padres lo pusieran como ejemplo de alguien que había superado la pobreza a través del deporte y con base en la cultura del esfuerzo.

Claro está que luego de pocas tardes en la pista de carreras fue obvio que no me dedicaría a competir sobre dos ruedas, pero me quedó la costumbre de, al inicio de cada verano, hojear las secciones de deportes para seguir pormenores del Tour de Francia, la máxima competencia del ciclismo mundial. Por eso, la noticia dada a conocer ayer sobre Lance Armstrong, a quien le fueron retirados los siete títulos de la prueba reina, se traduce en una necesidad por corregir la propia historia personal, se siente una incomodidad por no saber qué hacer con el recuerdo de admiración que se llegó a sentir ante la proeza del estadounidense.

El caso Armstrong nos sirve de referencia del caso Bryce Echenique. En un comunicado dado a conocer este domingo, los doce académicos de El Colegio de México –los primeros que de forma organizada formularon una protesta contra la entrega del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances a Alfredo Bryce Echenique– apuntan al meollo de este manoseado tema: el daño que se puede hacer a los estudiantes.

En respuesta a la decisión de mantener la entrega del premio al escritor peruano, aunque cancelando el homenaje y la presencia del autor de Un mundo para Julius en Guadalajara, los académicos fustigan de nueva cuenta al jurado. Y aunque aprecian el intento de revisión que hizo la asociación que otorga el galardón, terminan por advertir “el desprestigio que esto implicará para la FIL, para la Universidad de Guadalajara, para CONACULTA y para el FCE” dado que a los integrantes del jurado todo lo discutido “no les parece lo suficientemente grave como para repensar su fallo”.

Los académicos concluyen: “El mensaje que, bajo las condiciones actuales, el Premio FIL 2012 de Literatura envía a la comunidad cultural mexicana, a los estudiantes de este país (de todos los niveles, no solamente universitario) y a la ciudadanía en su conjunto no puede ser más negativo”.

Lo anterior es aún más evidente si se recuerda que de las 600 mil personas que asisten cada año a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara la cuarta parte disfruta del pabellón de FIL Niños, un espacio mágico que gusta tanto a padres como, por supuesto, a sus hijos. Además FIL Niños es visitado por casi 40 mil alumnos que van directamente de sus escuelas a esa sección estelar de la FIL.

El destino quiso que lo sucedido a Armstrong y a Bryce coincidiera en el tiempo. Como pasa con muchas otras actividades, el ciclismo y la escritura son campos donde ciertas figuras se pueden convertir en inspiración para adultos, para jóvenes y para niños. Aunque pueda parecer desproporcionado comparar estos casos, la verdad es que son parecidos en la utilización de la trampa para ir más allá de los límites de las capacidades humanas. Pero también es obvia la diferencia: autoridades del mundo del ciclismo han querido que nadie dude de que el próximo campeón del Tour de Francia será un ídolo legítimo, y quien quiera que gane en esa carrera sabrá que si hace algo indebido pagará caro por ello: perderá premios y gloria. En cambio, el jurado del Premio FIL le ha robado este año a chicos y a grandes la ocasión de tener un nuevo ídolo.

Nadie se merecía lo que ha pasado con el máximo premio de la FIL. Menos que nadie los que trabajan durante más de un año para organizarla, así como aquellos jóvenes y niños que esperan con ilusión a que llegue la máxima fiesta literaria de Iberoamérica. Y lo peor es que todavía no me queda claro cuál será la lección que en México sacaremos de todo este embrollo.