Guillermo Valdés, ex director del Centro de Inteligencia y Seguridad Nacional (Cisen), le dijo a Milenio Televisión apenas el sábado pasado que el arresto de Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera “descabeza el cártel de Sinaloa”. Ay, Dios, qué doloroso. Lo sabía desde antes, pero la declaración de este inútil –¿o cómo llamar al que no pudo ubicar al capo en su momento?– me confirma que jamás tuvo una sola idea de cuán importante era su trabajo y, sobre todo, cuán importante era estar informado. Seguro estaba más ocupado en espiar a los opositores políticos de Felipe Calderón. Seguro.

Ahora importa poco que se exhiba como un ignorante, pero, ¿se imaginan a ese mismo individuo, que ignora que “El Chapo” tiene jefes (por allí se habla de un ex Gobernador) y pares (como Ismael “El Mayo” Zambada) y una estructura que se gobernará en su ausencia, era el que dirigía el trabajo de inteligencia durante el sexenio pasado? ¿Se lo imaginan?

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Por supuesto que el arresto de “El Chapo” exhibe a Calderón Hinojosa y le da grandes bonos a Enrique Peña Nieto. Después de dos sexenios fallidos en seguridad (Vicente Fox Quesada dejó ir a Guzmán y el siguiente mandatario provocó una tragedia de dimensiones aún sin cuantificar), pareciera que la caída del narcotraficante sin un solo disparo era un asunto de voluntad: por lo que sabemos, pasaba gran parte de su tiempo en Culiacán, en donde tuvo forma de construirse túneles y escondites ligadas con pasadizos. Puf. ¿Pues en dónde lo buscaron durante el anterior sexenio? ¿En Estambul?

Pero lo serio no es eso, o solamente eso. Lo dramático es que este arresto hace ver toda la estrategia de seguridad de Calderón como una estupidez que arrojó unos cien mil muertos, cerca de 30 mil desaparecidos y daños colaterales incuantificables, como el impacto en la economía y en la imagen de México en el extranjero. No se me puede quitar de la cabeza que Germán Martínez, el único presidente en la historia del PAN que ha renunciado a su cargo tras el fracaso, intentó sacar raja política de la violencia: esa fue su campaña de las elecciones intermedias de 2009, y seguramente por sugerencia del propio Presidente Calderón (ningún calderonista se movió sin consultarle los detalles).

Ahora Peña Nieto se ha colgado la medallita. Y no es una menor: es el premio de premios. Gana él, pierde Calderón y pierden otros, de rebote: pierde, sobre todo, el modelo intervencionista de Estados Unidos en las colonias que administra, como Colombia y México, y me explico: nunca como con Calderón, las agencias de seguridad de Washington operaron con toda libertad en el país. Peña Nieto tuvo que empujarlas de regreso a la frontera y aunque este arresto, en teoría, se da con ayuda de Estados Unidos (o eso difundió la prensa norteamericana), también llega en un momento en el que las relaciones bilaterales se habían enfriado en materia de seguridad.

La lección de Peña es: no es necesario que los gringos se metan hasta la cocina para que algo funcione. De hecho, cuando se meten a la cocina –sigo con la lección de Peña– hay muertos y no hay resultado.

El PRI es profundamente más astuto que cualquier otro partido. Este triunfo lo capitalizará, no quepa la menor duda, pero no de manera burda como intentaron los calderonistas sin tener siquiera esa medalla en el pecho.

Frete a su propio fracaso, Calderón no pudo quedarse callado, como es su costumbre. El arresto de “El Chapo”, dijo en Twitter, es producto de los esfuerzos que él dirigió, ajá. Literal: “El equipo creado especialmente en la @SEMAR_mx ha sido muy perseverante. Localizó a Lazcano, a Treviño y ahora a Guzmán Loera. Felicidades”…

Cínico. Perverso.

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Que “El Chapo” era una especie de Pacho Villa, escuché. Que era un “buen tipo” que “defendía a la gente”.

Díganle eso a las madres de los cientos de miles de muertos y desparecidos  en Chihuahua, en Tamaulipas, en Coahuila, en Baja California y en el resto de México. Díganle eso a las cientos de miles de familias enlutadas por la mezquindad de un puñado de hombres que quiere todo. Díganle a los niños que crecerán sin padre y sin madre que “El Chapo” y toda la bola de asesinos, cobardes y mentirosos, son “héroes”.

Como si fuera un torneo de futbol, hay quien toma bandos por región. Lamentable.

“El Chapo” se pudrirá en el infierno, por supuesto. Y ojalá también se pudra en prisión junto con todos los que, como él –sin importar de qué cartel sean– han dado de beber sangre a sus ambiciones personales.

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Coincido con Edgardo Buscaglia: para que reamente podamos hablar del fin del Cártel de Sinaloa, deben caer los que están detrás y a un lado de Joaquín Guzmán Loera. No son, por supuesto, los socios que tienen apodos; son justo los que no los tienen: los políticos y empresarios que lavan su imagen, le facilitaron una vida de fugitivo y le permitieron incorporar al sector formal miles de millones de dólares.

¿En dónde está el dinero de “El Chapo”?, me preguntaría hoy. ¿Lo sabremos, a partir de su arresto? Francamente lo dudo.

No quiero menospreciar el esfuerzo: su detención es el evento de seguridad nacional más importante posiblemente en décadas. Pero está incompleto aún.

Si, como vimos, era un asunto de voluntad llevarlo a prisión, ahora se debe mostrar que esa voluntad es firme. Deben caer los cómplices, aunque entre ellos estén varios simpatizantes del PRI.