Enrique Peña Nieto sale de viaje para vender lo que no es suyo. Sale de México con la calculadora en mano para ofrecer al mejor postor Petróleos Mexicanos.

Nada nuevo en el firmamento. Los mexicanos sabemos que el PRI deseaba volver al poder para rematar y concretar la venta de Pemex. Sabíamos que tarde o temprano ese dulce objeto de la tentación sucumbiría al arbitrio de la ambición desmedida del partido en el poder.

Al inquilino de Los Pinos se le olvida que Petróleos Mexicanos no es del gobierno, ni de su propiedad para disponer su presente o futuro. Se le olvida que Pemex es del pueblo, de los mexicanos.

El saqueo de la paraestatal se ha incrementado desde la llegada de Peña Nieto a la Silla del Águila. Y el mejor pretexto para justificar su venta a la iniciativa privada es el déficit endémico que padece. Cualquier persona puede entender que el fin de la corrupción de sindicato y funcionarios, sería el principio de un Pemex altamente productivo y exitoso.

Pero el señor Peña andaba de viaje y en Londres aprovechó para decirles a los ingleses y estadounidenses a través del Financial Times que se harían los “cambios constitucionales necesarios” para dar certidumbre a los inversionistas privados porque la liberación del sector de gas y petrolero ya había sido acordada en el marco del “Pacto por México”.

Peña Nieto va y declara en el extranjero lo que no dice en México. Si carece del valor suficiente para anunciar los detalles de su reforma energética en nuestro país, es obvio que prefiere decir fuera, lo que adentro no puede: que busca atraer la inversión de compañías privadas a Pemex en el terreno de exploración en aguas profundas, lo cual significaría una privatización de facto del sector energético.

Para ello, el PRI siendo fiel a su estilo, ya tiene todo “tamaleado”. Las fuerzas políticas del llamado “Pacto por México” se han puesto de acuerdo para rematar Pemex al mejor postor y explorar los mecanismos que hagan posible ampliar la capacidad productiva de la paraestatal a través de la participación del sector privado.

Pues bien, eso, aquí y en China, se llama privatización. Peña Nieto no puede esconder sus negras intenciones a pesar de que haya intentado rectificar y retractarse; a pesar de que aclare, a diestra y siniestra, que él nunca ha hablado de privatización. Para eso fue a Irlanda del Norte a la reunión de los ocho, para anunciar que la reforma se comenzará a discutir y a instrumentar en agosto.

La ambigüedad cubre al Ejecutivo. No quiere definirse, porque eso sería alertar a la población de la venta de Pemex; por eso prefiere jugar con bandera doble. Por una parte, asegura que la reforma será  “transformacional”. Sólo él sabe que quiso decir. Luego señala que las modificaciones requeridas incluirán “cambios constitucionales” a fin de “dar certeza a los inversionistas privados”.

Peña Nieto está obligado a explicar a los ciudadanos a qué “cambios constitucionales” se refiere. Nos tiene que aclarar qué quiere decir “dar certeza a los inversionistas privados” y lo más importante: debe comunicarnos la razón de semejante propósito.

El Ejecutivo se niega a precisar. No está dispuesto a ser transparente ni claro en sus planteamientos. Sólo nos repite la típica cantaleta: que Pemex no tiene capacidad de inversión para hacer frente a las exigencias del sector energético del momento y de esa manera se justifica la inversión privada.

Lo más sintomático de todo el montaje de simulación sobre la venta de Pemex es que nadie habla de la reforma fiscal para mejorar su situación. Es decir, si Peña Nieto cambiara el régimen fiscal de Pemex para que Hacienda deje de quedarse con el 90 por ciento de sus ingresos totales, las cosas cambiarían radicalmente.

Pero claro, el Estado no puede prescindir de esos recursos que los funcionarios y sindicalistas “listillos” se roban a manos llenas. Más del 40 por ciento del gasto público del gobierno peñanietista se alimenta de las ganancias de Pemex. ¿Para qué matar a la gallina de los huevos de oro?…

La clase política quiere seguir saqueando y robando las riquezas del pueblo. Y para ello qué mejor que vender a precio de ganga. Peña Nieto ya adelantó que la empresa Shale puede ir explorando zonas de inversión en el norte del país. Recordemos que ya hay siete trasnacionales explotando zonas marítimas y terrestres que no son de su propiedad.

La reforma energética de Peña Nieto está envuelta en el secretísimo, en la falta de transparencia y el ocultamiento. Se trata de dar una puñalada trapera, de enterrar el puñal por la espalda. Quieren robar en descampado, expoliar a sus anchas. Y para ello, utilizan el engaño, la simulación.

Pero los mexicanos no lo vamos a permitir. Peña Nieto tiene que explicar a los ciudadanos con detalle, en qué consiste la inversión privada en la industria energética. Debe aclarar si habrá límites para esas empresas al explotar nuestros recursos naturales. Nos tiene que decir qué tipo de contratos está manejando en lo oscurito y a cuántos años.

Pemex es de los mexicanos, señor Peña. Pemex no se vende. Tendrá que explicarnos por qué pretende reformar nuestra Constitución. ¿Quién le ha dado permiso para ello?

Nuestra Carta Magna es muy clara en sus artículos 25, 26, 27 y 28. Léala por favor. Sabemos que a usted no le gusta leer, pero por favor, haga un esfuerzo. En esos artículos se establece claramente la prohibición absoluta a la inversión privada en el sector energético. Por eso, le pedimos, le exigimos, el irrestricto respeto a las leyes. Y lo repito. No lo olvide: Pemex es de los mexicanos.