Y es el asombro el que se exacerba dentro de las prisiones. Foto: Cuartoscuro

Y es el asombro el que se exacerba dentro de las prisiones. Foto: Cuartoscuro

Sorprenden las decenas de antenas de televisión saliendo de las ventanas de las celdas. Sorprenden los cientos de internos que se ejercitan por horas, mostrando habilidades que cualquiera de nosotros envidiaría. Sorprenden los cánticos religiosos que salen de un galpón cuyo interior no podemos ver. Sorprende la población que ayuda a las autoridades penitenciarias con diligencia y rapidez. Sorprende cada uno de los filtros de acceso, los tres sellos con tinta invisible en el antebrazo derecho, el cateo, las restricciones que se ven en la entrada. Sorprenden los largos pasillos enrejados, como si se caminara dentro de una jaula, una extensa jaula flanqueada por enormes patios llenos de presos. Sorprenden los auditorios llenos, las bibliotecas atestadas, el interés de cada uno de los presentes…

         Sorprenden las miradas… y las historias que hay tras ellas.

         Para cuando se publique esta columna, el proyecto “Leer en prisión” ya habrá visitado cuatro cárceles. En cada visita se habrá presentado un novelista: Maruán Soto Antaki, Jorge F. Hernández, Emiliano Monge y quien esto escribe. Serán cuatro las cárceles visitadas, tres de ellas con una población de más de diez mil reclusos. Habrá doscientos libros más en las bibliotecas del sistema penitenciario. Y todo hace pensar que está funcionando.

         Sin embargo, hoy no busco hablar del proyecto, de lo que se espera de los presos, de sus carencias, sus problemas o de las posibilidades que existen dentro de esos enormes muros. Quiero, por el contrario, hablar de lo que nos ha significado a nosotros, los autores. A mí en concreto.

         Supongo que los escritores partimos del asombro. Es algo que nos resulta natural; el origen de nuestra necesidad por contar historias. Y es el asombro el que se exacerba dentro de las prisiones. Por cada una de las razones que expuse en el primer párrafo, por cientos más. Entramos a las cárceles con la encomienda de hablar alrededor de una hora. Salimos con la sensación de que nos hemos quedado cortos a la hora de escuchar. Y eso siempre es una lástima.

         Es difícil hablar con los presos de sus casos particulares. La prudencia puede más que el morbo. Por fortuna, el diálogo se da con las autoridades del sistema. Cuentan anécdotas, nos hablan de que la prisión es un organismo vivo, que se debe aprender a sentirlo, nos comparten su experiencia. Y hay algo que se nota en medio de sus relatos: saben de lo que hablan. Es cierto, el sistema penitenciario tiene problemas de muchos tipos. Pese a ello, están abiertos a propuestas, buscan mejorar las condiciones, están comprometidos con los internos. Al menos es lo que se nota al hablar con el subsecretario del sistema, con los directores de los penales, con los que parecen conocer por su nombre a cada preso.

         Entonces las sorpresas se multiplican. Ya no sólo se van convirtiendo en personajes los presos, también las personas que conviven con ellos muchas horas al día. Y es por eso que deseo la continuidad del proyecto: por lo poco que le puede aportar a quienes viven dentro de esas manzanas casi inaccesibles, por lo mucho que nos alimenta a nosotros, por el verdadero compromiso de quienes ahí trabajan, por todas las historias que terminarán escurriéndose entre nuestros dedos. A ver quién de nosotros es el primer valiente que escriba una novela carcelaria. Mientras eso sucede, continuaremos presentando libros y, por supuesto, cediendo ante el asombro.