Hace apenas 12 años y seis meses que el PRI gobernaba México. Eran sus últimos días en la presidencia. Estábamos a punto de alcanzar la transición hacia otro partido: el PAN.

Incluso los que nos opusimos, desde nuestras breves trincheras, al llamado “voto útil”, celebrábamos que el partidazo estuviera con un pie en la calle. Los más optimistas decían que empezaba su desmantelamiento, y otros lo imaginaban incorporándose a los canales de una normalidad-legalidad democrática.

Y ya ven, no sucedió así.

Ahora, cuando veo al PAN hecho pedazos y a la izquierda debilitada por su ambición de poder; cuando pienso que muchos ciudadanos no tendremos opción para las próximas elecciones, me pregunto: ¿de quién es la culpa de que durante décadas no se formara una nueva clase política alejada de la corrupción, leal a sus principios, con la honestidad como baluarte y con ganas reales no de ejercer influencias o de enriquecerse, sino de servir a la Nación?

Viene esto al caso porque, con apenas seis meses de gobierno, los ciudadanos de México no podemos siquiera respondernos a una pregunta de párvulos en cualquier democracia más o menos creíble: ¿de cuánto es y de dónde viene la fortuna del Presidente de la República?

Increíble, pero no lo sabemos. Uno piensa, entonces: ¿y qué hicimos todos esos años?

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Hechos: el gobierno de Enrique Peña Nieto alcanza los primeros seis meses casi como llegó: sin despejar las grandes, grandes dudas que existen sobre su honestidad. La mayor deuda de esta administración, me temo, es clara: es la transparencia. No ha podido despejarse de la mancha de ser un grupo político que busca el poder sin medir consecuencias y sin importarle la legalidad; no ha logrado zafarse de las prácticas del viejo priismo y da un paso para adelante y varios para atrás.

A Peña no le importa sentarse con Juan Díaz de la Torre, líder del SNTE, a pesar de que las investigaciones lo señalan abiertamente de las mismas corruptelas de las que se acusó a Elba Esther Gordillo. A Peña no le importa pasearse por las instalaciones de Pemex con el jeque, Carlos Romero Deschamps. No le interesa tampoco que Víctor Flores, el líder de los ferrocarrileros, sea parte orgánica de su partido.

Estos gestos de tolerancia hacia la oscuridad corren en paralelo con otros: la justicia sigue siendo una zona gris, o más bien oscura. La familia de Gordillo sigue sin ser investigada y se mantiene operando. No se sabe claramente qué pasó con la explosión de la Torre de Pemex; no se sabe qué sucedió con la supuesta investigación a Genaro García Luna. Se desconoce qué sucederá con el presunto desvío de recursos de Sedesol en Veracruz y en tanto, el PRI salva al virrey Javier Duarte de comparecer ante el Congreso, derecho de los mexicanos negado autoritariamente por una mayoría que vela por los acuerdos en lo oscurito.

Ojalá y sólo fuera un tema de la administración pública. En realidad, la falta de transparencia empieza con la vida personal del Presidente de México.

¿Nunca sabremos de cuánto es y de dónde viene la fortuna de Enrique Peña Nieto? No, parece. Al más puro estilo de los gobiernos del PRI, como ciudadanos se nos negó esa información. La declaración patrimonial dice que el Presidente recibió donaciones –obras de arte, propiedades– cuando era Gobernador del Estado de México. ¿Donaciones? ¿De quién, por qué, por cuánto? Así como así, suena a corrupción o a sobornos. La declaración no habla de montos ni da nombres y no les importa. Cuando se dio a conocer, el Presidente recibió una carretada de críticas… que le hicieron lo que el viento a Juárez. Nadie más ha vuelto a hablar de ello.

La falta de transparencia personal va más allá de… lo personal; es, parece, un tema de familia. Vea: la periodista Linaloe Flores detalla que en marzo de 2012, la fecha en que arrancó la vida en escena nacional de Rivera, una búsqueda en el Registro Público de la Propiedad del Distrito Federal realizada por SinEmbargo reveló que en esta demarcación no hay un solo bien registrado bajo su nombre. “Es una mujer que no posee casas ni terrenos en el territorio donde nació, ha vivido y vive. Donde ha trabajado de manera formal durante 25 años”, cuenta la reportera.

Y si recordamos además al tío de Peña, al ex Gobernador del Estado de México Arturo Montiel, podríamos decir que la familia –como el Presidente y su gobierno– es proclive a la oscuridad: nadie ha logrado obligarlos a transparentarse.

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A mi manera de ver las cosas, podremos hablar de transparencia en este gobierno cuando sepamos de dónde vino la fortuna del Presidente Enrique Peña Nieto y, por consecuencia, cuánto posee junto con su esposa, Angélica Rivera.

Si esa información no es proporcionada, es porque estamos frente al viejo PRI… ochenta años después.

Un gran retroceso para nuestra incipiente democracia. Una verdadera lástima.

@paezvarela

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