¿Por qué se asume que basta con apresar a la cabeza de la mafia para que su empresa desaparezca? Ese mito se promovió durante la época de Felipe Calderón y a la fecha sobrevive incuestionado. Las mafias mexicanas no son como aquella comandada por Al Capone, y contra la fatuidad del argumento de Barack Obama, tampoco las autoridades mexicanas pueden asemejarse a Eliot Ness.

¡Terrible daño le ha hecho Hollywood al imaginario policial mexicano! No importa cuantos trofeos coloque el gobernante sobre su chimenea, nuestro fenómeno criminal dista mucho de ser como lo pintan.

El Chapo Guzmán y prácticamente todos los de su especie son solo la punta del iceberg de una antigua y grave expresión social. No podría explicarse su residencia en Culiacán, en la Sierra de Durango o en Mazatlán, sin la densa red de complicidades que lo protegieron durante cerca de catorce años.

Se desesperan algunos queriendo encontrar entre sus socios a políticos mexicanos encumbrados. Y seguramente los hay. Sin embargo, al menos en cantidad, la gran mayoría de sus cómplices son ciudadanos de a pié que viven agradecidos con él y la empresa que les ha dado sustento por varias generaciones.

En efecto, es la tolerancia social de los muchos lo que permitió que en México surgiera un fenómeno como el Chapo Guzmán y no a la inversa. No sobra aclarar que, como en una novela de García Márquez, este personaje es el más reciente de una larga saga de delincuentes muy apreciados por su comunidad y su región.

Vale aquí recordar que por ello un antiguo presidente de Badiraguato, Sinaloa, quiso un día hermanar a su pueblo con Macondo, aquel mítico lugar donde vivió la familia Buendía. Para fortuna nuestra, García Márquez se negó a coincidir con los deseos del munícipe y por ello la imaginación serrana de Sinaloa extravió un aliado.

Algún antropólogo (o brujo esotérico) tendría un día que explicar porqué justo en esa coordenada serrana, donde se avecinan Badiraguato, Santiago de los Caballeros, Mocorito y Santiago Papasquiaro han sido criados tantos hombres cuya existencia se hizo famosa por expresarse fuera de la ley. En la misma montaña vivió Heraclio Bernal, el famoso Rayo de Sinaloa que alguna mención negativa mereció en los informes de Porfirio Díaz, ante el Congreso, cuando lo señaló como uno de los bandidos mexicanos más peligrosos de su época.

No lejos de esa geografía surgió su socio, Ignacio Parra: roba vacas y asalta diligencias, célebre por su sociedad con Bernal – aunque este otro hombre era duranguense – pero sobre todo por haber sido el maestro de Doroteo Arango (Pancho Villa) durante la década en que el héroe revolucionario se dedicó a bandido social.

Por corrección política no debe permitirse el lector comparar a los héroes sociales que pertenecen a la época de los bisabuelos con Juan José, “El Azúl” Esparragosa, los hermanos Beltrán Leyva o con Rafael Caro Quintero, pero la coincidencia merece al menos preguntarse porqué todos, los de antes y los de ahora, son oriundos de la misma región del planeta, siendo la Tierra tan inmensa.

No sugiero aquí reducir todo el fenómeno mafioso sinaloense a la variable cultural, esa prostituta a la que los sociólogos siempre recurren cuando el rigor de su esposa la ciencia deja de brindar explicaciones. Sin embargo, algo más debería entenderse de la sierra noroccidental mexicana a la hora de comprender la violencia en México.

De lo contrario, las buenas conciencias van a seguir sorprendiéndose cuando cientos de personas salen a marchar en Culiacán para exigir que se libere al Chapo, al tiempo que el munícipe de la capital sinaloense atina a balbucear que él respeta la libre expresión y derechos concomitantes de sus conciudadanos.