No estamos dimensionando las masacres que está habiendo en nuestro país. Somos una sociedad que no aprendimos de: Tlatlaya donde la indignación fue somera, Ayotzinapa parecía que forzaría cambios, pero no. Y Apatzingán pasó como un caso más sin ningunas consecuencias. Masacres donde está involucrado el Estado. El común denominador: fuertes indicios de que fueron ejecuciones extrajudiciales. A eso nos estamos acostumbrando. La duda sobre lo que verdaderamente está pasando en este país crece día con día.

 Medios

Al parecer ya nada nos sorprende y nuestro nivel de tolerancia crece convalidando la voluntad de las autoridades para no hacer olas. Es la única manera de entender cómo puede –otra vez- sucederá algo como lo que pasó el 22 de mayo en el Rancho del Sol, en el municipio de Tanhuato, Michoacán (sí, otra vez Michoacán). El retrato en las portadas de los principales diarios al día siguiente apuntaban a que era un triunfo del gobierno –dígase un triunfo de la sociedad- en el combate a la delincuencia organizada. Los titulares y su información eran difícil de digerir. La información únicamente narraba “el incidente” como si habláramos de un choque de tránsito y no la muerte de 42 personas a manos de la Policía Federal.

Las portadas notaban una clara ausencia del periodismo elemental. Con el uso de verbos como “eliminan”, “matan”, “abaten”, entre otros, daban a entender que algo bueno había sucedido. Excélsior inclusive lanzó una portada de antología “Federales matan a 42 delincuentes”, así, sin más.

excelsior 22 mayo

Las ocho columnas de los diarios señalaban que se había ganado una batalla dando a entender que estamos en guerra. Era muestra de un moribundo periodismo que no se acercaba a las preguntas mínimas de cuestionamiento de los dichos del poder. Nadie tuvo acceso a la zona y su cobertura fue basada en la descripción de los hechos con base en una narrativa oficial.

 Portadas 23 de mayo

Voces de intelectuales y organizaciones de la sociedad civil tímidamente señalaron inconsistencias de la narrativa en relación con el enfrentamiento, todas basadas en las fotografías que generosamente el gobierno había dispuesto para la prensa y  el cuento oficial, perdón boletín. El lugar, los balazos y el estado de los cuerpos, contradecían o por lo menos ponían en entredicho la versión oficial. La duda sobre los dichos gubernamentales es legítima, por ello, preguntar, cuestionar e indagar también lo son. Vaya elementos indispensables para cumplir con el objetivo del periodismo profesional y ético que es informar. Lo que sobre sale es que ante la duda de qué pasó en el Rancho del Sol, la prensa en su mayoría no está haciendo nada y omitiendo una de sus responsabilidades sociales primarias: el buscar información.

Como ejercicio de información, me metí a la página de la Comisión Nacional de Seguridad para conocer el  comunicado de prensa. No había nada, únicamente uno breve que daba cuenta que en los enfrentamientos en el Rancho del Sol había muerto un policía federal. De las otras cuatro decenas de cuerpos: Nada. Una Corta conferencia de prensa de diez minutos, de Monte Alejandro Rubido fue suficiente para “informar” a la sociedad.

Ante el vacío periodístico, los dichos gubernamentales se propagan. Para atenuar las dudas sobre el actuar de la Policía Federal, Monte Alejandro Rubido, Comisionado Nacional de Seguridad, simplemente dijo: “Lo de Tanhuato no fue ejecución”. Sin mayores pruebas más que sus dichos. Y ahí está el problema. Ni una sola pregunta en la conferencia de prensa en dónde se mataron a 42 personas. Tomar como verdad los dichos del gobierno va en detrimento directo del derecho a la información. Este y todos los gobiernos son opacos por naturaleza. Se sienten cómodos con poca crítica y escrutinio. Los que disentimos y preguntamos somos antipatriotas y conspiracionistas. La carga de la prueba está en el gobierno. Los que tienen que aportar hasta la saciedad pruebas de que el enfrentamiento en Tanhuato no fue ejecución extrajudicial es el gobierno. Mientras solo aporten sus dichos la duda no solo es legítima, sino necesaria. Y podríamos ir más allá, parecería que el gobierno piensa que aportar la información verídica y pruebas es un dádiva, mientras que en estricto sentido en una democracia, es su responsabilidad.

Atacar las dudas va en contra de la razón misma. Cuestionar el ejercicio de  Incertidumbre ante la verdad o falsedad de un enunciado raya el carácter autoritario del poder. La duda cómo método de conocimiento. En Descartes la duda adquiere un carácter metodológico, al conferirle sólo un valor provisional, en tanto no se alcance alguna verdad de la que no se pueda dudar. La duda metódica es el método de Descartes en el que este duda de todo. Por supuesto, el hecho de que la duda sea metódica conlleva que Descartes no dudaba por amor al arte o porque le pareciera divertido. Tal vez le resultara divertido o a lo mejor lloraba cuando dudaba, pero lo cierto es que el objetivo de Descartes era encontrar verdades absolutamente ciertas, esto es, de las que no se pudiera dudar, para fundamentar así el conocimiento.

Descartes duda de todo aquello de lo que sea posible dudar sin excepción y sin ningún tipo de cortapisas. Descartes va a por lo más difícil, de modo que comienza por dudar del testimonio de los sentidos, puesto que algunas veces le engañan, es posible dudar de ellos. Y si dudamos de nuestros sentidos, ¿cómo no dudar de la Policía Federal?

Cuestionar a la autoridades no me hace menos patriotas. Debe quedar que no se “ataca a las autoridades” cuando la duda, y menos desde el periodismo, va por delante. Si la naturaleza del Estado es la opacidad, la del periodismo es la indagación, duda, pregunta y cuestionamiento. La duda ante los dichos oficiales, curiosamente, busca fortalecer el estado de derecho no lo contrario.

Dudo porque puedo dudar. Dudo porque me dan motivos para dudar. Dudo porque es legítima mi duda. Dudo porque está demasiado fresco en mi memoria Tlatlaya, Ayotzinapa y Apatzingán.