“Es que son unos huevones”, le escuché decir hace unos meses a un hotelero mexicano respecto a los profesores que se manifestaban en contra de la reforma educativa. No sé si piense lo mismo ahora.

Y digo no sé, porque tal vez nuestro querido hotelero ya se dio cuenta (justo la semana pasada, al llevar a sus huercos al colegio) de que prácticamente ya no habrá vacaciones de verano. Eso: se dio cuenta de que su negocio está a punto de quebrar porque una reducción en el turismo interno será, precisamente, el tiro de gracia que acompañe a la reducción del turismo extranjero que ya causó la guerra contra el narco.

¿Pensaron en eso en la Secretaría? ¿Pensaba en eso Claudio X. González al defender la reforma educativa en días pasados? ¿Pensaron en eso los transportistas, restauranteros y demás comerciantes que viven del turismo? Parece que no. Lo peor del caso es que las consecuencias económicas no sólo afectarán al turismo sino a muchos otros ámbitos productivos y, para más inri, también bajará el nivel educativo. Ya lo vimos en España.

La experiencia de la madre patria (o de la patria que se dio en la madre)

Cuando la Unión Europea propuso su “economía del conocimiento” para la Agenda de Lisboa en el 2000, a todos les pareció maravilloso. Ya se sabe, los europeos tienen ese complejito de creerse la cuna de la civilización: “Sí”, dijeron, “tengamos muchos más egresados de maestría, muchos más doctores en ciencias, somos Europa”. Lo que no pensaron fue en crear una estructura económica que les diera un trabajo adecuado a estos egresados.

Seguramente usted los ha visto, deambulan por nuestras ciudades turísticas con su mochilita. Y no es que sean huevones, simplemente están deprimidos. Porque después de estudiar más de 20 años para doctorarse en Óptica Cuántica y soñar que hacían Física de punta, el único trabajo que les ofrecieron en España fue de profesor en una secundaria en lugares cosmopolitas como Villahedionda. Peor aún, los egresados también se dieron cuenta de que cualquier albañil marroquí ganaba más que ellos.

Entonces vinieron las protestas. España instauró la remuneración a los desempleados, “el paro”, para darles tiempo de conseguir un trabajo a la altura de sus sueños. Este trabajo no llegó. La banda se dio cuenta de que era más costo-efectivo estar desempleado y cobrar el “paro” que aceptar una chamba mediocre. La pequeña y mediana empresa española, que no contrató inmigrantes de forma ilegal, se fue a la quiebra. Creció el racismo. Se quisieron ver muy legalistas y atacaron durísimo al comercio informal. El gobierno español también se fue a la quiebra. Aumentó aún más el racismo. Disminuyó el nivel académico, tal vez, para que los estudiantes no se hicieran tantas ilusiones. La banda siguió sin jale y, hoy día, más 1 de cada 4 personas está desempleada en España y, en algunas regiones, más del 40% de la población económicamente activa.

En México aún no llegamos al ocho por ciento (sí, las cifras pueden estar maquilladas aquí en México, pero también en España).

¿Pasa algo similar cuando se exige certificado de preparatoria para ser chofer?

La cajera erudita y el migrante

A mí no me ha sucedido, pero tal vez a usted sí. Llegar al súper con Pedro Páramo bajo el brazo y que la joven cajera le comente que es un buen libro, pero que ella prefiere la poesía de Paz. Preguntarle al dependiente por qué la botella de cloro es en realidad hipoclorito de sodio y que me explique que el cloro en estado puro es un gas venenoso. O que el repartidor de garrafones me recuerde cómo resolver un binomio de Newton.

En teoría, estas tres escenas deberían de ser comunes o, por lo menos, posibles. ¿Por qué? Porque si son jóvenes, de unos 19 años, estos tres tipos de trabajadores “acaban de ver” en la escuela dichos temas. Pero no sucede. Y si uno pregunta, cosa que sí he hecho, tampoco lo saben. Es decir, exigir certificado de preparatoria para puestos de uno a tres salarios mínimos parece no haber contribuido en trabajadores más cultos y capaces que cuando sólo se exigía la primaria o, incluso, cuando sólo se exigía saber leer y escribir.

¿Por qué? Se me ocurren dos razones: 1) no a todos nos gusta estudiar y 2) estudiar tantos años genera sueños que en México, como en España, no se pueden cumplir. Así, se genera una bola de nieve de frustraciones. Los egresados de preparatoria exigen su lugar en la universidad, la universidad pública no tiene lugar para tantos. Los licenciados e ingenieros exigen un trabajo adecuado y, sorpresa, se encuentran con que ganarán de dos a cuatro salarios mínimos (menos que un buen mesero o un taxista).

Aquellos que atisban eso de antemano y tienen a un narco de confianza, como mencionaba en el artículo anterior, le entran al negocio. Los que no tienen a un narco de confianza pero sí un pariente en el tianguis, al comercio informal (pero, maravilla, ahora el Gobierno Federal, como antes el español, también quiere atacar este tipo de actividad económica). Y el que es bueno para algún oficio (y es malo para la siempre rebuscada contabilidad fiscal o tiene un pariente en el Gabacho), migra a los Estados Unidos.

Eso. México tiene un bono poblacional que no está aprovechando. Pues buena parte de su población económicamente activa está perdiendo el tiempo en preparatorias y universidades mediocres, se une al comercio informal o ilegal, o migra a dónde sí hay oportunidades laborales para sus capacidades (sin restricciones absurdas como el kínder y la preparatoria obligatorios).

Qué bueno que la Secretaría quiera que todos los mexicanos se sepan la tabla periódica de memoria, que conozcan cada uno de los organelos celulares y sus funciones, que hayan leído a Rulfo y a Paz. Es maravilloso. Pero la República de Sabios es el sueño de un ñoño que cree que todos son a su condición. Y no, no todos los seres humanos somos iguales ni deseamos lo mismo. Para que un país tenga una sociedad y una economía sanas, tiene que tener una legislación que permita a sus ciudadanos desarrollar sus capacidades.

Esto es precisamente, más allá de su golpe al turismo interno, lo que imposibilita la reforma educativa. ¿O qué, usted no tiene un pariente que estudió hasta segundo de primaria y se hizo rico?

Extra: Eduardo Antonio Parra acaba de publicar su último libro de cuentos, Desterrados, y sí, aquí Parra se consolida como el mejor cuentista mexicano vivo.