La primera viñeta de la narrativa política del occidente democrático es la de un edén social que floreció en pequeñas ciudades-estado, las polis de la Grecia antigua. Ahí los hombres eran ciudadanos libres, esencialmente iguales y se reunían en la plaza pública para deliberar sobre los asuntos comunes. El diálogo servía como método para tomar decisiones: exponer, ponderar y deliberar en asamblea es un modelo que se transmite desde entonces como el fundamento de un orden benéfico –no opinarían igual los esclavos y las mujeres de esa época– que ha inspirado proyectos políticos orientados a representar esa legitimidad.

En este relato del origen, hay una clave en la que poco se repara: el meollo de la política y la democracia es un acto de comunicación. Por eso, para comprender cualquier régimen es indispensable mapear el diseño de los canales de flujo y contraflujo de la acción comunicativa, en función de que las transformaciones sociales, culturales, económicas y políticas pasan por la evolución de los circuitos y las plataformas que soportan la difusión de ideas, así como la transmisión de mensajes.

Es un hecho que todo cambio en los medios de comunicación cala profundamente en lo social. El código-fuente de nuestra era digital se despliega por una revolución en las telecomunicaciones, solo posible por la aparición de las Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación (NTIC). Hoy sabemos que esas NTIC son un conjunto de instrumentos, pero sobre todo una realidad que atraviesa transversalmente a las sociedades y que postula una forma de vida donde el ser humano y el sistema en red se articulan profundamente: en el mundo operado por éstas mediaciones técnicas, todo hacer debe pasar por un funcionar. Esta vinculación casi orgánica implica trastocar las relaciones sociales por el hecho tecnológico.

En algunas partes del mundo se habla hoy de Tecnodemocracia, Tecnopolítica, Democracia Electrónica y Ciberciudadanías; aparecen las primeras Etnografías Virtuales, en las que son objeto de estudio los Nativos Digitales. La vida política internacional ha sido sacudida por fenómenos como Anónimus y Wikileaks; en diversas latitudes se discuten las ventajas y los retos del “clicktivismo” y se multiplican grupos como Causes o “Armchair Advocates” –defensores de sillón– que promueven firmar peticiones, crear Trending Topics y donar recursos desde un escritorio, bajo la filosofía del menor esfuerzo. Buena parte de la realidad pública transcurre en ágoras virtuales –físicamente invisibles– que adquieren progresivamente mayor densidad asociativa.

El movimiento #YoSoy132 es producto de su época desde el nombre. Si el desafío transgeneracional ha sido democratizar el país, la bisagra para lograrlo en la etapa digital es la democratización del sistema de medios de comunicación. El aspecto crucial de tal diagnóstico es que el duopolio televisivo tiene un gran poder, pero sobre todo es el espacio por excelencia para construir poder. Así, Enrique Peña Nieto es el producto mediático de cuando la oligarquía más rancia y el periodismo menos ético van a la cama para engendrar una figura vendible. Hoy EPN es presidente y algunos de nosotros seguimos en pie de lucha, consientes de que nada va a cambiar mientras sea más fácil renunciar a una causa justa que a un cargo público.

Desde la Mesa de Democratización de Medios hemos realizado una tarea que significó invertir cientos de horas en estudio, investigación y diálogo con diversos actores –ciudadanos, activistas y especialistas– para desarrollar una sólida plataforma de trabajo. De ello se desprende la presentación pública del Documento de Exigencias Mínimas (DEM) así como de nuestro Proyecto de Reforma Constitucional,  en donde postulamos el suelo mínimo y el techo aspiracional a los que se dirigen nuestros esfuerzos. Hemos seguido puntualmente la Reforma en Telecomunicaciones y participamos en todas las instancias posibles para dinamizar el tema y dar a conocer estas propuestas. Ahora nos avocaremos a crear nuestros propios medios.

Posdata: Rebelarse a la política de un mundo que se dirige a la catástrofe es un acto lógico, positivo y de sincronía con la realidad. No hay duda, nuestra época es muy dura y ridiculiza la ingenuidad: buscar la palabra “esperanza” en un diccionario de Ciencia Política es como indagar por “unicornio” en una enciclopedia biológica. Sin embargo, es la Esperanza necesaria –incluso como mecanismo biológico de supervivencia– porque nos da razones para existir. De rebelión, lucha, desengaño y esperanza –una más madura– se han teñido los meses que ya se amontonan para sumar un año. Y aquí estamos.