Hace ya más de medio siglo, Bertrand Russell escribió algo que -como si la humanidad retrocediese o se hubise estancado- no deja de tener vigencia: “La forma importante del poder económico en las relaciones internacionales es ahora la posesión de materias primas y de alimentos; y las materias primas más importantes son las necesarias para la guerra. (…) Tomemos el petróleo, por ejemplo: un país no puede luchar sin petróleo y no puede poseer yacimientos petrolíferos si no puede luchar. Una de las dos condiciones puede fallar: el petróleo de Persia no tenía utilidad para los persas porque carecían de ejércitos adecuados, y las fuerzas armadas de Alemania serían inútiles para los alemanes si no pudieran obtener petróleo”. Esta reflexión podría enlazarse perfectamente con la escrita hace algunos años por Paul Roberts en su libro El fin del petróleo, en donde afirma categórico: “en el mundo del petróleo, no se toma ninguna decisión importante sin tener en cuenta el mercado de Estados Unidos ni, por supuesto, se deja nada al azar”. Es obvio, pues, que la reforma enérgetica mexicana no es la exepción, ni en el contexto que expone Roberts ni en el que evidencia Russell, de ahí que los riesgos que ésta traerá consigo para el desarrollo de México sean irrebatibles, por más que añadan adendas (más bien justificatorias, más bien insostenibles) a la legislación. El grueso de los beneficios no serán para México, serán, lo sabemos, para las transnacionales (principalmente de USA), y esto no sólo lo dicen los expertos, sino el mismo sentido común. Aquello que quede en nuestro país quedará en manos de la plutocracia que manipula a la oligarquía que nos gobierna, que lo invertirá en la manutención de su poder político y jamás en lo verdaderamente trascendente: educación. Nuestro petróleo emigra por las mismas razones que emigran los ciudadanos: porque aquí no encuentra oportunidades científicas ni técnicas que le sepan sacar su verdadero provecho. Sin educación (sin ciencia, sin técnica, incluso sin filosofía, ahora tan necesaria y tan ausente) nunca podremos ser libres de dirigir nuestro propio destino, y siempre nos encontraremos subyugados a la voluntad de los fuertes. Los legisladores que hoy aprueban la reforma energética lo hacen movidos por un beneficio personal, sin pensar en las implicaciones que esto tendrá para el bienestar de millones de mexicanos futuros. Si esto no lo saben, no merecen ser representantes populares; si lo saben, en cambio, peor, pues aparte de no merecer ser representantes populares, deberían ser duramente incriminados. Son ellos los que deben pagar por este crimen (una de cuyas facturas saldrá en más de un billón de pesos) y no, como siempre, la sociedad.

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