Este autor de descendencia mexicana e irlandesa se enroló en la patrulla fronteriza para comprender mejor la dinámicas migratoria entre México y Estados Unidos. Ahí, presenció horrores como la brutalidad policiaca, la destrucción de familias y la deshumanización de los cuerpos.

Las filas indias de migrantes en grilletes, las ropas desperdigadas por el desierto, las fosas comunes y los cadáveres de niños devorados por coyotes son la verdadera línea divisoria de la frontera.

Por Olmo Balam

Ciudad de México, 1 de febrero (LangostaLiteraria).- Francisco Cantú, ciudadano estadounidense de tercera generación con ancestros mexicanos e irlandeses, graduado en Relaciones Internacionales, un día consideró que para comprender mejor la dinámicas migratoria entre México y EU era necesaria la experiencia directa. Partió hacia Arizona y se enroló en la patrulla fronteriza.

Con ese impulso comienza La línea se convierte en río: Una crónica de la frontera, libro que indaga en los dilemas de su autor, miembro de una organización paramilitar al mismo tiempo que escribe y busca entender desde afuera un fenómeno del que ya es parte.

Su participación en la patrulla ocurre en los primeros años de la guerra contra el narco de Felipe Calderón y los amagos de Barack Obama para reformar las leyes migratorias, por lo que el texto está situado durante uno de los puntos más críticos en la historia de la migración de ambas naciones.

Esta es la crónica de un escritor que trata de aprehender lo limítrofe. Cantú narra cómo encuentra en el desierto, antes que un campo de estudios, un campo de batalla. Y también cómo fue asimilando la violencia de la patrulla fronteriza contra las caravanas en éxodo de México y Centroamérica.

Tras meses de cazar seres humanos y sobrevivir a los peligros de los animales, la hostilidad del páramo, o los sicarios, el temor más grande de Cantú es el destino de su consciencia: “Tengo miedo de que la violencia ya no me impresione”.

La línea se convierte en río es más que una crónica sobre los cuatro años de Cantú en la border patrol, también es un ensayo sobre la empatía y el horror en el territorio ambiguo de la frontera. El libro intercala el relato del autor en primera persona y su rutina con breves digresiones teóricas sobre la otredad, sus sueños, y esbozos históricos en los que se cuenta la conformación a lo largo de dos siglos de una barrera antihumana en lo que los españoles nombraron el Malpaís, o lo que Joel Garreau denominó como Mexámerica.

La traducción es de Fernanda Melchor, quien vertió al español los diálogos novelescos de Cantú con su madre, las breves pero intensas porciones teóricas del libro, la atmósfera encrespada entre dos lenguas en conflicto, el inglés de los gringos y el español de migrantes y latinos.

Migrantes centroamericanos en el cruce fronterizo de El Chaparral en Tijuana, México. Foto: Guillermo Arias/AFP

La línea, el cerro, la barda o el río, delinean límites más o menos concretos que, sin embargo, toman todo su peso y fatalidad gracias a la imaginación política, que instrumentaliza la violencia a través de sus instituciones.

Así, las filas indias de migrantes en grilletes, las ropas desperdigadas por el desierto, las fosas comunes y los cadáveres de niños devorados por coyotes son la verdadera línea divisoria de la frontera.

Cantú se vuelve capaz incluso de reconocer las huellas sutiles de la frontera en el cuerpo de quienes han pasado por ese territorio, “una consciencia de las dimensiones físicas y abstractas de ésta, una persistente impresión de su peso.”

La valla fronteriza entre EU y México termina en el Océano Pacífico en el Border Field State Park cerca de San Diego, California (30 de abril de 2017) Foto: Reuters/Mike Blake

Entre una cacería y otra, Cantú se queda observando la geografía compartida por estados como Arizona, Nuevo México, El Paso y Ciudad Juárez, demarcaciones sin perímetros materiales. Las tormentas eléctricas y los tornados, las llanuras volcánicas y el río Bravo se erigen con una majestad que empequeñece a la naturaleza humana y su compulsión por trazar fronteras y separar a la gente. La línea divisoria, el limbo de nadie, sólo existe en la imaginación de quienes necesitan una zona de guerra entre pobres y ricos, sur y norte, morenos y blancos.

Francisco Cantú no oculta las implicaciones de su papel de patrullero: la brutalidad policiaca, la destrucción de familias y la deshumanización de los cuerpos. Pronto, esta violencia empieza a infectar su propia imaginación con pesadillas y le deja una fisura en el alma: la herida moral de los que presencian y realizan atrocidades.

Pero la imaginación que producen los protocolos de deportación o la posibilidad de un muro trumpiano, tiene su reverso. “El que imagina sabe, y lo sabe desde dentro, que nada es natural. Nada es inevitable”, en palabras de Cristina Rivera Garza, cuyo eco se recoge en estas páginas.

Así como Cantú naturalizó los procedimientos de su patrulla de manera gradual, también es posible imaginar al otro sin volverlo enemigo, ni presa u objeto de estudio académico (esa otra forma sutil de deshumanizar).

Esto ocurre cuando Francisco conoce y se hace amigo de un oaxaqueño radicado en El Paso cuya historia cambia su vida y lo que percibía sobre la migración.

¿Cómo asimilar lo que es distinto pero, al fin y al cabo, humano? Tal vez con un libro como este, cuyo espíritu comparte algo de la Antígona González de Sara Uribe:

“Contarlos a todos. / Nombrarlos a todos para decir: este cuerpo podría ser el mío. / El cuerpo de uno de los míos. / Para no olvidar que todos los cuerpos sin nombre son nuestros cuerpos perdidos”.

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